viernes, noviembre 09, 2007

Carmen Planchuelo, Rojas con telarañas negras

viernes 9 de noviembre de 2007
Rojas con telarañas negras
Carmen Planchuelo
Q UIZÁS cuando termines de leer lo que hoy te voy a contar, pienses que no es más que el producto de mis muchas horas robadas al sueño. Me dirás que eso me pasa por doblar turnos uno tras otro, que la noche hace ver las cosas de otra forma, que uno ve donde no hay y que soy un tipo raro. Bueno eso ya lo sé. Estoy acostumbrado; por eso soy poco dado a confidencias, por eso casi no tengo amigos y prefiero pasar mis horas libres corriendo por la orilla del mar, mirando la luna por las noches o enfrascándome en esos cuentos en los que no sé por qué siempre hay algo de mi... pero como tú eres especial a tí sí te lo voy a contar y también porque si no saco de mi lo que ví, lo que pienso y lo que siento se me va a enquistar dentro y no sé por donde me saldrá. A veces pienso que éste miedo mío a los demás no es mas que timidez, que sólo en escasas ocasiones consigo vencer y que sólo con gente que tampoco es como el resto, puedo dejarme llevar y abrir mi atormentado corazón. Cuando salí de mi último turno pensé que lo mejor era coger el coche, ir a casa lo mas rápidamente posible y dormir. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba despierto. Desde hace años duermo poco, aunque esté en casa y tenga toda una noche por delante sin nada más que hacer que descansar, me cuesta conciliar el sueño, da lo mismo si estoy cansado o no, me meto en la cama y mi mente empieza a moverse por otros caminos que nada tienen que ver con la rutina del día. Mi mente se puebla de recuerdos de infancia, unos felices otros no; pienso en lo que pude ser y no soy, me vuelven las dudas, los viejos dolores, las alegrías marchitas, las decepciones pero sobre todo siento que por algún lugar de este mundo o de otro alguien me espera, alguien que al que sí puedo contar lo que a nadie más, alguien que con pocas palabras sabe qué quiero decir, que con solo mirarnos nos vamos a entender... a ése alguien cuando estoy solo, cuando en la casa tan solo se oye el suave respirar de mi hijo que duerme, le escribo desde mi rincón preferido todo lo que surge de mi corazón y de mi cabeza. A veces me da la madrugada escribiéndole versos que no sé por qué escribo en rojo... salen de mi sin mucho pensar, es como si tuvieran vida propia y cuando ya no pueden más, me dicen que les deje salir, que alguien les espera y yo les abro la puerta y les dejo irse. Como te decía, esa era mi idea: ir a casa pero me sentía cansado, también tenia hambre y sed y pensé que seguro en casa no había nadie y a mi ponerme a guisar, aunque sea una tortilla, no es algo que me guste y menos después de tantas y tantas horas despierto, así que deje el coche donde estaba y me encamine a uno de los baretos cercanos al hotel, por supuesto me podía haber quedado en la cafetería del hotel pero necesitaba salir de allí, cambiar de aires, ver otras caras o mejor, ninguna cara; que bastantes y bien variadas las había visto ya. Octubre tenia ya un pie en Noviembre y empezaba a refrescar, aquí el tiempo ya sabes que siempre es bueno pero, en cuanto se va el sol, los huesos se dan cuenta y si no te mueves los músculos se te quedan agarrotados, así que a buen paso crucé la calle y busque algún lugar donde cenar algo que no fuera una hamburguesa de plástico, bañada en sospechosa salsa de tomate y mostaza, a mi me gusta comer sencillo pero bien, un par de huevos a ser posible de corral y unas papas fritas amarillitas y curruscantes, un buen café solo y para casa. Los sitios que encontré tenían demasiado bullicio y yo quería un poco de tranquilidad, como mucho alguna música de fondo. Después de dar un par de vueltas encontré que “La casa de María” estaba de nuevo abierta. La verdad es que me hizo ilusión; es un lugar de esos normales donde siempre te preparan algo que comer y no te ponen pegas con la hora, se come lo que hay y punto. El personal es amable y no se sienten en la obligación de dar conversación así porque sí. Llevaba tiempo cerrada por reformas. Por fuera estaba como siempre, pintada de azul y con un enorme pez dibujado en la fachada. En verano la terraza está muy animada y la puerta siempre esta abierta pero en vísperas de Todos los Santos la vida del local se desarrollaba puertas adentro. Empuje la puerta y entré con cierta prevención, ya se sabe que cuando a los dueños les da por “modernizar”, es para echarse a temblar pero no, aquí afortunadamente las cosas seguían como siempre: un espacio amplio que lo parecía mas por los espejos que casi cubrían las paredes, mesas cerca de las ventanas y una barra con “barra” de metal y reluciente, que pocas quedan ya... no había mucha gente, la luz era suave y alguien había puesto música en la maquina, no me preguntes qué pero sé que no era algo molesto. Nada mas entrar lo primero que vi fue a ella. Estaba sentada en uno de los taburetes de la barra, no había nadie mas cerca así que mi mirada toda en ella se quedó. Era imposible no reparar en su presencia roja y negra. Mientras me acercaba la pude observar, lo primero que vi fueron sus piernas cruzadas, mas que sus piernas en realidad sus medias, que cosa, en mi vida había visto algo tan extraño, eran rojas y negras, cuando estuve mas cerca me di cuanta de que eran como el traje de Spiderman pero mucho más atractivas. Me senté en la barra yo también y como ésta no es muy grande era imposible no quitar los ojos de la mujer, que por cierto mientras le daba vueltas al vaso que tenía en la mano, hablaba por teléfono completamente ajena a mis ojos que se resistían a dejar de observarla. Era guapa, de esas guapas que cuanto más cerca estás, más te lo parecen. No llevaba el pelo ni muy corto ni muy largo, lo que si recuerdo es que brillaba, como brillaban sus ojos oscuros y su sonrisa, debía esta muy contenta pues de ella irradiaba algo alegre y a la vez misterioso, yo creo que el misterio estaba en sus labios pintados de rojo intenso, no estaban nunca quietos: unas veces los fruncía, otras los estiraba, a veces se los mordía un poco, otras se pasaba la lengua por ellos como si necesitaran humedad. También eran muy rojas sus uñas y me di cuenta de que llevaba unos extraños guantes de esos que dejan a la vista la mitad de los dedos y las uñas, claro. Eran como de red de pescar, solo que en negro. Iba toda vestida de ese color: una falda estrecha pero normal y un jersey de cuello alto que le marcaba el cuerpo pero sin estridencias, se había subido un poco las mangas por eso destacaban tanto los guantecillos, o como se llamen. En algún momento se pasó la mano por el pelo para retirarse los rizos que el caían por el rostro y pude ver que llevaba unos pendientes muy largos, uno no es conocedor de estas cosas pero me pareció que eran como las lágrimas de la lámpara del hall del hotel de donde venía, sí como lagrimas rojas o mas bien como gotas de sangre... eran muy largos y le caían desde el lóbulo de la oreja hasta el pecho. Cuando dejó de hablar por teléfono, cambió de postura y pude ver de nuevo sus piernas envueltas en rojo y negro. Eran como un imán, en mi vida me había sentido atraído por unas medias, claro que no tenían nada que ver con las medias de las demás mujeres, es que parecía que tenían vida propia. Tan absorto estaba que me sobresalté cuando de repente escuche: - - No seas tímido, hombre, mírame tranquilamente las piernas que... no te voy a morder. ¿Te parecen raras mis medias? Y se rió. - ¿? - A que te gustan ¿verdad? A mi también, ¡me encantan!. Acércate, son telarañas, ¿ves? Telarañas negras sobre un campo rojo de sangre. Solamente las llevamos las chicas malas. Pronunció estas palabras con un tono medio de broma,de inocencia de... no sé cómo definirlo pero que desde luego estaba muy lejos de ser el de las chicas malas o al menos de lo que yo considero chicas malas. Y se volvió a reír Yo no sabia donde meter la cara, que hacer, que decir pero la mujer estiró las piernas voluptuosamente delante de mí y me miró con una mezcla de ternura y picardía que hizo que toda la vergüenza que por un momento se había apoderado de mi, desapareciera con la misma rapidez. - ¿Te cuento la historia de mis medias?. Al decirlo me sonrió, bebió un poco del liquido rojizo de su vaso, se volvió a pasar la lengua por los labios rojos y comenzó a hablarme sobre sus medias rojas con telarañas negras. Mientras hablaba unas veces cruzaba una pierna, otras la otra, a veces las juntaba y mis ojos iban de su boca a sus piernas y a veces me quedaba enganchado en sus pestañas. Me miraba como si me conociera de toda la vida. - - Pues verás, hace unos meses vagando por ahí, me ví de repente en un mercado antiguo, ya sabes de esos que ya casi no quedan, que tienen techos altos decorados con escenas de dioses entre nubes de colores y con el último tramo del techo de cristal. En el mercado, en otros tiempos, se vendía comida, productos del campo que traían a la ciudad los campesinos pero eso ya pasó a la historia y en el mercado hoy lo que se vende son discos pasados de moda o pirateados, libros, joyas y bisutería, artesanía y ropa, por supuesto ropa un poco especial, cosas de segunda mano o nuevas pero raras. En uno de los puestos las encontré, o ellas a mi que no te podría asegurar quien eligió a quien. Era uno de esos garitos de moda gótica: capas como para volar, corpiños ajustadísimos con cintas y cremalleras, vestidos con mil aberturas, encajes y trasparencias, faldas de picos, todo negro, de terciopelo, de raso, también de licra, en fin toda esa parafernalia que está tan de moda, aunque no lo vea por este rincón del mundo... Yo estaba encantada ante tanta cosa bonita y exótica, aunque por supuesto no me resultaba nueva. A mí me gusta disfrazarme un poco ¿sabes?, no sé, es como si la ropa me hiciera vivir otras vidas, otras cosas y... ¿tu nunca has sentido eso?-me preguntó. Me miró con todo su cuerpo, no sólo con los ojos. - - Pues no, la verdad es que no, a mi la ropa no me dice gran cosa, claro que las mujeres sois presumidas y le dais mucha importancia a eso. Pero lo de vivir otras vidas, sí, eso sí lo siento. - - ¿Y cómo vives tú otras vidas?. Cada vez estaba sentada mas cerca de mi, podía olfatear su olor a violetas. Cuando hablaba algo en ella hacia que te olvidaras de todo lo demás menos de sus piernas rojas que se balanceaban y que a ratos reposaban en el apoyapiés de mi taburete. A nada que hubiera hecho hubiera podido poner mis manos en sus redondas rodillas, pero, a pesar de las ganas, me contuve. - Pues mira, vivo otras vidas escribiendo versos... de esos que no riman pero que sí son versos. Cuando bajé mi mirada, porque no me quería encontrar con sus misteriosos ojos escrutadores ni con su boca roja ni con los pendientes que subían y bajaban al igual que sus senos... que parecían gotas de sangre derramándose sobre ellos, me fije en sus zapatos. Eran la perfecta continuación a las medias de telaraña. Por supuesto eran negros, no muy altos pero sí de tacón. No tuve mas que inclinar un poco mi mano y pasé uno de mis dedos sobre la punta de uno de ellos, lo hice sin pensar en nada mas, todo mi deseo se concentró en ese gesto. Ella no se molestó, todo lo contrario, se colocó de forma que su pie descansara fácilmente en la palma de mi mano. Que cosa tan rara de zapatos, qué bonitos, que de mujer diferente... eran como de escamas negras, se ataban al tobillo y entre este y el empeine corría una delicada tirita también de escamas negras, las líneas simulaban una T o una cruz. Mis dedos se paseaban por encima de ellas, otras veces por la tela roja de las medias, otras por las telarañas negras... era algo mágico tener entre mis manos este tesoro. Mientras yo acariciaba su pie, ella siguió contándome la compra de las medias rojas. - - Pues verás, como llevaba un rato largo dando vueltas por el puesto, la dueña muy solícita me preguntó si buscaba algo en concreto, si me podía ayudar. Yo le dije que no se molestara, que en realidad estaba extasiada con la tienda y que todo me gustaba pero que como estaba de paso por la ciudad y no podía llevar mucho equipaje en el avión pues... que me tendría que conformar con mirar o como mucho llevarme algo poco pesado. La joyería era preciosa pero se escapaba a mis posibilidades. Esto no lo dije pero Carmilla, que así se llamaba el puesto y tiempo después supe que su propietaria, se debió percatar de ello y de una forma sutil, delicada y a la vez comercial me dijo que había cosas que no estaban a la vista y que seguro sí me podría comprar y “llevar en el avión”. Salió de detrás del pequeño mostrador negro que a modo de vitrina exponía preciosas piezas de joyería: brazaletes de plata con granates y azabaches, pendientes de cruces adornados de esmaltes, broches de lagrimas de ópalo, clavos y alfileres de todo tipo, gargantillas como heridas, sortijas grandes y pequeñas para las manos y para los pies... se acercó a mi y me dijo: ven, seguro que esto te gusta. Abrió una caja en forma de cofre y de ella sacó unos cuantos pares de medias. Las había de todo tipo: de encaje negro, de listas de colores oscuros, algunas con unas pequeñas calaveras blancas, y las de telaraña. Toma, me dijo, estas medias te las vas a llevar, son algo muy particular, están teñidas con algo especial, el dibujo reproduce la tela de araña que tejen las de mi jardín. - No encontrarás nada igual y además... son mágicas, seguro que algo inusual te pasa con ellas. Ambas nos reímos ante este comentario. Carmilla me las envolvió primorosamente en papel de seda, se las pague y le dije adiós. - ¿Y te ha pasado algo especial con ellas?, le pregunté. - Uhmmm. Las estreno hoy... El local empezó a llenarse de gente disfrazada para alguna fiesta nocturna de esas de brujas y fantasmas que se han puesto de moda. La paz reinante desapareció y mi compañera me dijo que era tarde, que tenía que irse. Yo también, le dije. - Si quieres te llevo a tu casa. ¿Vives lejos? - Sí, vivo lejos pero llego en un vuelo. No, no te preocupes. Cuando llegamos al lugar donde yo había aparcado el coche, me envolvió con sus brazos y me besó en los labios, en los párpados, en el cuello... me sumergí en su olor y en el calor que emanaba de su cuerpo. No pude precisar el tiempo que duró nuestro abrazo. Cuando se separó de mí, me sonrió y me dijo que arrancara que ella se iría enseguida. Y así fue, cuando miré por el espejo retrovisor ya no estaba. Se había desvanecido en la oscuridad de la noche de Octubre de la misma forma que el carmín que en mi piel habían dejado sus rojos labios. Y sé que no ha sido un sueño, ni una cosa de mi imaginación ni producto de las noches en vela, pues desde entonces tengo como una pequeña rojez en el cuello, muy pequeña, que no duele pero que siento y cuando la toco, de nuevo vuelvo a sentir el mismo calor, el mismo dulzor y la misma felicidad que la noche que pasé charlando con la mujer de las medias rojas con telarañas negras.

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