jueves 8 de junio de 2006
La niña diferente del continente
ÁNGEL CÓRDOBA
Por ALFONSO CUÉLLAR ARAÚJO. Editor general de la revista Semana
DESDE que tengo memoria, siempre se ha querido encasillar a Colombia en las generalizaciones sobre América Latina y aplicarle el mismo análisis de otros países de la región. Y viceversa. Craso error. En su larga historia republicana, Colombia ha sido más la excepción a la regla que la norma. No cayó en la trampa mortal de las dictaduras de los 60 y 70. No conoció la hiperinflación de los 80. No apoyó la invasión argentina de las Malvinas en 1982, una decisión que le representó ser calificada como el Caín de Latinoamérica. Y hasta el domingo pasado, no había reelegido a un presidente desde 1942 y de manera inmediata, desde 1892. Sí, 1892.
Aunque la aversión a la reelección presidencial no es solamente una fobia colombiana, en pocos lugares tuvo mayor acogida dentro de la población. Después de director técnico de la selección nacional de fútbol, no había posición más desagradecida que presidente de Colombia. Cuatro años, el período constitucional, era suficiente para cualquiera. Hasta ahora. La abrumadora victoria de Álvaro Uribe -62 por ciento de los votos, el triple del segundo- derrumbó ese mito. Cuando abandone el poder en 2010, habrá gobernado más que cualquier mandatario colombiano desde el siglo XIX. Un hecho extraordinario para el país, pero de un impacto incierto en Latinoamérica.
Los medios internacionales y uno que otro analista han interpretado el triunfo de Uribe, un político de derecha, como un freno en seco al llamado giro a la izquierda de la región. Otros, no menos optimistas, lo califican como un quiebre en la tendencia. Otro craso error. Al igual que la primera elección de Uribe en mayo de 2002 no significó una revolución conservadora en América Latina (la izquierda empezó su racha ganadora en Brasil en octubre de ese año, seguido por Néstor Kirchner en Argentina en 2003 y Tabaré Vázquez en Uruguay en 2004), su reelección se debió a factores locales. Las condiciones excepcionales de Colombia -un conflicto armado de cuarenta años y que ha llevado a la derechización del electorado- no existen, afortunadamente, en otros países latinoamericanos.
La otra lectura del fenómeno Uribe se circunscribe a comparar las excelentes relaciones de Colombia y Estados Unidos con las pésimas que mantiene este último país con Venezuela. Para nadie es un secreto que Washington considere a Uribe como su principal aliado en la región y en cambio, a Hugo Chávez como su pesadilla sin fin. Por algo llovieron las felicitaciones estadounidenses al reelegido mandatario colombiano. En una Casa Blanca ávida de buenas noticias, la victoria de su gran amigo cayó como un regalo del cielo. Eso explicaría en parte por qué, en una efervescencia poco vista, tanto el presidente George Bush como la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, hicieron ver su complacencia con el resultado electoral. Pero sólo en parte. La otra razón y posiblemente de mayor peso en el largo plazo es sencilla y cruda: Colombia es el país que más recibe ayuda directa estadounidense fuera del Oriente Medio (después de Israel, Egipto e Irak). Y este compromiso de Washington en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo precedió la actual política de animadversión que existe con Caracas. En otras palabras, la alianza entre Colombia y Estados Unidos es más la conjunción de intereses bilaterales que una coordinación regional.
Con la excepción del apoyo explícito de Uribe a la invasión de Irak en 2003, que nuevamente diferenció a Colombia de sus principales colegas latinoamericanos, el Gobierno de Bogotá ha preferido la discreción en su política internacional, especialmente frente a Venezuela, su segundo socio comercial. Con una extensa y permeable frontera y ante un presidente vecino tan voluble e impredecible, la diplomacia del buen tacto y el bajo perfil han sido los caminos escogidos por Colombia.
Por lo anterior, no es factible esperar que Uribe asuma el rol de contrapeso a Chávez. Primero, no le conviene cazar peleas ajenas: que el mandatario venezolano grite solo sus arengas antiyanqui y que los norteamericanos le contesten a su manera. Segundo, para nadie es un secreto las simpatías de algunos chavistas por la guerrilla de las FARC. Una abierta confrontación entre los dos países generaría riesgos adicionales e innecesarios a Colombia. Frente a Chávez, el Gobierno colombiano parece haber aplicado la frase del general chino Sun Tzu que popularizó Al Pacino en la película «El Padrino II»: «Mantén cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos». Y, curiosamente, Chávez también. Profesó su admiración por Uribe días antes de las elecciones y quedó como un príncipe ante varios sectores de la opinión pública colombiana.
Si bien hubo sospechas de un apoyo chavista a la izquierda colombiana, este respaldo nunca se materializó públicamente, como sí ocurrió en Bolivia y Perú, por ejemplo. Es precisamente en este último país donde se pudo producir el tan anhelado quiebre de tendencia. La victoria de Alan García versión 2006 -ortodoxo en lo económico y amigo de Washington- en las elecciones del pasado domingo contra el candidato de Chávez, Ollanta Humala, supone que los detractores del presidente venezolano tendrán no solamente el gallo de pelea que añoraban, sino una prueba de que el chavismo tiene límites. Una noticia, vale la pena anotar, que no pasará desapercibida en Colombia, la niña diferente del continente.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario