jueves, junio 08, 2006

La gran mentira de ZpM

viernes 9 de junio de 2006
La gran mentira de Zapatero
José Meléndez
A juzgar por como se han desarrollado los hechos en los últimos días, cualquier ciudadano tiene perfecto derecho a pensar que el presidente del gobierno de la Nación es un embustero. Es sabido que el ejercicio de la política se enreda a veces en una maraña de promesas sin cumplir, de pactos oscuros y de estrategias que rondan los límites de la decencia. Pero un político no puede mentir, y sobre todo si es el jefe del gobierno, sin arrostrar el descrédito de perder la confianza que la ciudadanía ha depositado en él. Eso es exactamente lo que ha hecho José Luis Rodríguez Zapatero en un tema de Estado como es el terrorismo y a lo que se expone con su conducta. Los días transcurridos desde el martes 30 de mayo en que comenzó el debate sobre el estado de la Nación, al último martes, 6 de junio, en que se cerró dicho debate han puesto de relieve una reprobable manera de hacer política del presidente del gobierno, apoyándose en una gran mentira que todavía, al ser descubierta, no reconoce. Ha engañado al jefe de la oposición, arrancándole el acuerdo de no tocar el tema de ETA en el debate mientras autorizaba en secreto al secretario general de los socialistas vascos para sentarse con Batasuna en una mesa de diálogo y Patchi López lo anunciaba cuando terminó el debate entre Zapatero y Rajoy y caían sobre éste todo género de críticas por su aparente pusilanimidad en sus intervenciones parlamentarias. Un colosal engaño y una gran mentira, puesto que tanto Zapatero como sus acólitos repetían que no habría precio político alguno en el mal llamado proceso de paz. Solamente eso descalifica a un político en su idoneidad para empuñar las riendas del gobierno de la nación. Zapatero ha cifrado su permanencia en el poder en dos asuntos, vitales para el futuro de España, como son el nuevo concepto de territorialidad, del que es abanderado el Estatuto de autonomía de Cataluña y la pacificación del País Vasco, un eufemismo sonoro para la gente pero escaso de contenido porque en el País Vasco no hay guerra, sino la acción criminal y tenaz de un grupo de terroristas, alimentado por el nacionalismo vasco radical que aspira a las mismas metas y contra el que solo se puede luchar con las armas legales de que dispone un Estado de derecho. Es innegable que estos dos asuntos, magnificados en la estrategia de Zapatero para manejarlos a su conveniencia, están ligados entre sí y el presidente del gobierno ha puesto todo su empeño en sacarlos adelante “como sea”, que es su marca de fábrica, aunque ese “como sea” tenga el prohibitivo precio de las concesiones aunque estas choquen con los principios ideológicos, con la sensatez e, incluso, con la ética más elemental. No hace falta recordar como sacó adelante el Estatuto catalán cuando este naufragaba sin remedio, a costa de sus socios en gobierno –ERC-, de ofrecer lo que pedía a la oposición en Cataluña de su propio partido y a la defenestración política de Pascual Maragall. El resultado final de este embrollo se verá pronto. Pero si es necesario tener muy presente cómo se ha desarrollado hasta ahora su “plan de paz” en el País Vasco. A juzgar por lo que ahora sabemos, tanto Zapatero como sus ministros y sus portavoces llevan un año engañando a la oposición del PP y a la opinión pública con sus constantes afirmaciones de que no había ningún genero de contactos con ETA o Batasuna y de que el único comunicado que el gobierno esperaba de la banda –el calificativo de “terrorista” ha desaparecido hace semanas del vocabulario gubernamental- era el de su disolución y la entrega de las armas. Cuando ETA anunció su tregua permanente. Zapatero y su equipo anunciaron una fase de verificación de las intenciones reales de los terroristas, pero, al mismo tiempo, el fiscal general del Estado, Conde Pumpido, “recomendaba” a los fiscales que tuvieran en cuenta el “nuevo escenario” en sus decisiones judiciales y caía sobre el juez Grande-Marlaska una tremenda presión para que no enviase a la cárcel a Arnaldo Otegui y sus secuaces. Y cuando ETA amenazó en el diario proetarra “Gara” que si el gobierno no mostraba un claro signo de voluntad negociadora volverían a matar –La “kale borroca” y las extorsiones a los empresarios nunca han cesado- Zapatero tardó menos de 48 horas en anunciar en Baracaldo el inicio del diálogo con ETA. Ahora, ante las amenazas de un recrecido Arnaldo Otegui de volver a romper la baraja, nos llega el anuncio, hecho con engaño, premeditación y alevosía, de que el PSE se sentará a una mesa para dialogar con Batasuna. Esto no tiene más que un calificativo y hay que decirlo claro: cobardía ante las amenazas, porque la verificación que deben haber hecho los servicios de inteligencia gubernamentales es la que sabemos todos, que las amenazas de ETA se cumplen. Esto es lo que denunció el pasado martes Mariano Rajoy en la tribuna parlamentaria y la causa de que el PP haya roto toda relación con el gobierno. Y esto es lo que piensa la mayoría de los españoles que no están fanatizados ni seducidos por el engañoso talante del presidente del gobierno. No vale la torpe defensa que hizo Zapatero de sus decisiones, amparándose como siempre en el pasado para resaltar que José María Aznar también negoció con ETA. En 1.998, Batasuna tenía a su cúpula dirigente en la cárcel, pero no estaba ilegalizada como partido, no existía todavía el Pacto Antiterrorista ni la Ley de Partidos, ETA no estaba en su situación actual de desmembramiento, acoso policial y asfixia económica e internacional y, sobre todo, las conversaciones en Ginebra duraron menos de 24 horas al constatar los negociadores gubernamentales que ETA no se movía ni un centímetro en sus demandas. Y no vale la afirmación de que no se pagará ningún precio político por la paz porque esa política de claudicaciones hace temer lo contrario. Y tampoco le vale a Zapatero y los suyos la machacona repetición de que el Partido Popular no quiere la paz, porque en ese caso, como acertadamente señaló Rajoy, socialistas tan relevantes como Felipe González, Rosa Diez, Maite Pagaza, Gotzone Mora o Nicolás Redondo, además de una gran mayoría de españoles, tampoco la quieren. La encrucijada de Zapatero, que sabe perfectamente las dificultades que representa el seguir adelante con su proyecto pacificador en contra del Partido Popular y de sus diez millones de votos, está en elegir entre continuar en la misma línea o retractarse, lo que significaría la vuelta a los asesinatos de ETA. Los indicios muestran que optará por la primera opción, aunque nunca podrá impedir la vuelta a los asesinatos si no accede a la amnistía de los presos etarras, acepta un nuevo Estatuto de autonomía en el País Vasco, encaminado a convertirlo en el futuro en una nación soberana y permite la anexión de Navarra a Euskal Erría, porque la pretensión etarra y nacionalista de las provincias vascas de Francia es cuestión del gobierno de París. Y ese es otro cantar. Mal le pintan las cosas a nuestro presidente en sus anhelos de reelección. Y tan como está la situación, por un evidente error de estrategia, la mejor salida son unas elecciones anticipadas.

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