domingo, diciembre 30, 2007

Ignacio San Miguel, Jesucristo como objeto comercial

domingo 30 de diciembre de 2007
Jesucristo como objeto comercial
Ignacio San Miguel
L OS lectores de toda la vida normalmente apreciamos la buena literatura y nos apartamos de los superventas debido a su baja y adocenada expresividad y sus argumentos de fantasía descontrolada. No se trata de un falso elitismo, sino del hecho constatado de que el tedio nos invade desde las primeras páginas. Y si encima sabemos que el argumento es irreal y sin ninguna justificación seria… Esto me ha desanimado a iniciar siquiera la lectura de “El código Da Vinci”. Por lo que he oído después sobre su argumento, he comprendido que mi decisión fue la correcta. Preveía que los absurdos camparían por sus respetos y no me equivoqué. Porque pretender que Jesucristo estuvo amancebado con María Magdalena y que tuvieron descendencia, y que parte de esa descendencia la constituyeron los reyes merovingios de Francia… Y que en el cuadro de Leonardo “La última cena” se puede comprobar que los rasgos del discípulo amado son, en realidad, los de una mujer, precisamente María Magdalena… Y otros disparates más, como el comienzo de la novela en que alguien es asesinado en el museo del Louvre mediante puñaladas en su vientre. Pero tiene tiempo, antes de morir, para trazar con su propia sangre unos signos misteriosos en el pavimento, los cuales han de llevar al que los descifre al misterio de Jesucristo mediante la pintura de Leonardo de Vinci. Y así... Provoca el desaliento ver a jóvenes leer con avidez este libro como si estuvieran descubriendo algo importante que hasta ahora se nos había ocultado a todos. ¿Y ya se preguntarán qué bagaje de conocimientos puede tener Dan Brown, el autor, para ofrecernos tan tremebundos descubrimientos? Esperemos que algunos, por lo menos, así lo hagan. Hace bastantes años, después de muchas dudas, me decidí a ver la película “La última tentación de Cristo”. Está basada en la obra del mismo título de Nikos Kazantzakis, autor de mayor altura literaria que Dan Brown, sin duda. No he leído esta obra, y tampoco puedo decir que haya visto la película enteramente, pues lo cierto es que no pude soportarla hasta el final y abandoné el cine un poco después de mediada la proyección. Me resultó fastidioso y lamentable contemplar a un Jesús convertido en un pobre hombre sometido a voces o impulsos supuestamente llegados de lo alto y que lo torturaban obligándole a representar un papel no deseado. Un pobre neurótico, en suma. Hay bastantes obras, como “La pasión según Jesucristo”, de José Saramago, que han procurado conseguir ventas con el escándalo. Y es lo fallido de esta pretensión, el escándalo, en bastantes lectores y espectadores, entre los que me encuentro, así como el aburrimiento invencible que nos invade ante estas obras, lo que me ha hecho reflexionar. Sobre el escándalo, es fácil comprender que en esta época que atravesamos estamos bastante curados de él. Son tantos los dislates que se hacen y dicen que no es posible destinar a cada uno de ellos una actitud escandalizada. Pero el tedio tiene un origen que los autores de estas obras sobre Jesucristo no sé si han tenido en cuenta. Aunque tampoco creo que les importe que una porción minoritaria de personas se aburran con sus obras, si el resto las compra. Sea como fuere, a mí y a otros nos ocurre que el personaje Jesucristo, si se le apea de su divinidad, no nos resulta ni muy impresionante, ni muy interesante. Y es que ¿puede haber algo más fascinante y estremecedor que un ser humano en el que Dios mismo está encarnado? Esa fue siempre la creencia tradicional. Por el contrario, un simple rabí, por muy recta que fuese su vida y santa su enseñanza, a muchos nos impresiona relativamente poco. Por mi parte, no me siento inclinado a venerar y adorar a otro ser humano, por muy santo que sea. Claro que si resulta que ese ser humano no es un simple ser humano… las cosas cambian. Sin embargo, estos libros y películas llenos de chismorrerías fantásticas, obras en puridad blasfemas, tienen gran éxito entre el gran público. Son obras que no parten de ninguna base documental, ni siquiera lógica; son el mero producto de la imaginación de engañabobos de sus autores, movidos por el afán de lucro. Oportunismo de granujas. La tolerancia con que estas obras son acogidas en el mundo occidental, a diferencia del furor que inspiran en el ámbito musulmán cualesquiera faltas de respeto que se puedan tener con sus creencias, no hay por qué achacarla a nuestro mayor grado de civilización, sin duda existente, sino a nuestra inmersión en una decadencia debilitadora y que no parece tener remedio. Y si la mayor parte del clero ha permanecido silenciosa y sumisa, no ha sido por dulzura evangélica, sino por la gran extensión del descreimiento en sus filas. La apostasía silenciosa de la que se habla de vez en cuando. En un hábitat favorable como este, es inevitable que proliferen obras como estas, que convierten a Jesucristo en un simple objeto comercial, susceptible de todo género de abigarradas atribuciones y de diversas aventuras, ninguna muy favorable a su persona. La conversión de Cristo en producto de mercadotecnia quizás comenzó con “Jesucristo Superstar” en 1970, una pavada musical que tuvo mucho éxito. Pero las raíces de la desacralización son antiguas, muy antiguas. Y, como todo va unido, junto con un Cristo desnaturalizado, nos encontramos en una época sin fuste, con la moral derruida, marcada por el escepticismo, cuando no la hostilidad hacia el hecho religioso, y por el desprecio hacia la vida humana (aborto) y la orientación a las perversiones de la ley natural (homosexualismo). Esa es la sociedad querida por nuestros gobernantes, cuya meta es la destrucción de todo poder, siquiera espiritual, que no sea el suyo. Con este planteamiento disolvente no pueden ver sino con ojos complacientes cómo unos y otros van despojando a Cristo de su condición divina. Es como si le arrancasen los galones al más prestigioso general de un ejército enemigo. Pero es ahora cuando los inconformistas, siempre reacios a convertirnos en ovejas, nos vemos obligados a manifestar que el nuevo Cristo que nos presentan nos resulta soberanamente aburrido y lamentable. Nosotros no tenemos más que una opción. Aut Deus aut nihil.

http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4349

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