jueves, noviembre 08, 2007

Amestoy, La otra bolsa de valores, en numeros rojos

jueves 8 de noviembre de 2007
La otra bolsa de valores, en números rojos
Alfredo Amestoy
E N el lenguaje bursátil, como en los frontones de pelota vasca, no está bien visto hablar de “rojos”. Los colores que distinguen a los contrincantes en la cancha son el azul y… el “colorado”; nunca el rojo, que eso aún recuerda a los perdedores de la guerra civil. Y en el parquet, para olvidar lo ocurrido en Wall Street en l929, tampoco procedía hablar de números rojos. Se referían a “ligeras pérdidas” o a “pérdidas generalizadas”. Pero, últimamente ya se empieza a utilizar “números rojos” para las pérdidas y “números verdes” para las ganancias. Sirva la “excusa no pedida” para justificar, como siempre, algo que queremos quede manifiesto: nuestra alarma por la profusión de “números rojos” que se observa en la cotización de los otros “Valores”. Luego repasaremos la lista de valores en baja… y en alza - que pocos pero haylos -; aunque, ya que de “números” hablamos, mencionemos las dos cifras más representativas y que mejor reflejan el “crack” moral que sufre este país. En este momento, en España, cada tres minutos se produce una ruptura matrimonial; y, cada cinco minutos, un aborto. Estos serían los dos números más “rojos” de la tabla. Y son los que más destacan porque son como la punta del “iceberg”. O, mejor, como la punta de los cuernos que dicen que, junto con un gran rabo, luce el diablo… cuando va de uniforme. Porque aquí hasta el diablo ha colgado el uniforme y va “de paisano”. En España, más que al toro tendríamos que coger al diablo “por los cuernos”, ya que este personaje, al que le hemos levantado en Madrid el único monumento que tiene en el mundo, campea aquí como Pedro por su casa y es el que parece mandar en el país. Porque, ¿quién sino él es quien ha provocado la caída de determinados valores? La verdad es que la maquinación, siempre “diabólica”, para “alterar el precio de las cosas” es un delito en España. La habilidad del maligno para conseguirlo es proverbial. Su truco, sencillísimo: vender felicidad. Y es que, sobre el papel, ante la felicidad como valor supremo, el resto de valores quedan postergados y minimizados. La prueba es que la búsqueda de la felicidad figura como primer objeto y piedra angular de los ciudadanos en la Constitución norteamericana. Su búsqueda y su hallazgo. ¿Puede alguien renunciar a tan noble postulado? Parece que sí. EL MITO DE LA FELICIDAD EN la última Instrucción Pastoral de la Conferencia Episcopal Española, se dice, por ejemplo, que “la Cruz es el camino para la Vida”y que “no hay fecundidad sin sufrimiento”. ¡Ah! O sea que ¿el sufrimiento es un valor? Pero ¡qué cosas dicen estos obispos¡ ¿Con ese programa pretenden hacer proselitismo? Pues ¡van listos¡ No deben andar muy desencaminados, sin embargo, ya que alguien (muy poco sospechoso de “beato” o clerical y, más bien tildado de laico y de liberal) como Gregorio Marañón, coincide en resaltar este “valor” del sufrimiento, hoy tan en crisis por ser tan contrario a la búsqueda incesante de la felicidad. El Doctor Marañón, curiosamente, alude en su comentario al mercado bursátil cuando afirma: “A los que tienen por barómetro de su felicidad el listín de cotizaciones de Bolsa, hay que dejarlos de lado porque no son dignos de la categoría humana. Nuestro Séneca decía que la más grave ceguera para los humanos entendimientos es la felicidad. Y lo han repetido todos los filósofos y las religiones. Pero lo olvidan los hombres. Desde niños nos han enseñado que el mundo es un valle de lágrimas pero, así como el auténtico dolor empieza a humedecer nuestros párpados, ponemos el grito en el cielo”. A la luz de cómo quiso el Altísimo que se produjera la Redención habría que reconocer que el sufrimiento es el valor más sublime. Pero sorprende que sea una figura de la medicina - y ya sabemos que para cualquier médico el dolor es un fracaso y algo a erradicar, o paliar o prevenir-, el que lo considere incluso conveniente y casi necesario. Marañón explica: “El hombre actual ha perdido no la capacidad de sufrir, que ésta es inseparable a su condición animal, sino la noble y alta voluntad de sufrir que es típica de la jerarquía humana. Ha perdido la fe en todo aquello que puede convertir el sufrimiento en holocausto necesario y fecundo. El hombre actual, en su inmensa mayoría no cree en Dios ni en sí mismo, que es otra forma de creer en Dios por carambola. Y por ello ha perdido esa aptitud maravillosa, casi divina, de convertir el sufrimiento en fuente de paz y de progreso interior y, a la larga, también de progreso material”. La caída en el mercado de “Valores”… ¡claro que afecta también al “progreso material”! Hoy no se valoran los deberes, los quehaceres ni siquiera los afanes. Esta indolencia preocupaba a don Gregorio hasta advertir que “a las gentes que quieren vivir al socaire de los derechos sin deberes…(convendría recordarles) que hay que echar sobre la espalda la pesadumbre del deber y seguir la vida, pendiente adelante, con el fardo a cuestas. De Mussolini es esta sentencia genial: “se acabó por mucho tiempo la vida cómoda, la vida fácil”. Y, por única vez en su vida, coincidía con el dictador italiano Marañón, uno de nuestros intelectuales más liberales: “En la otra, en la vida áspera y difícil, está escondido el tesoro de la felicidad”. CÓMO “EDUCAR”A LOS CIUDADANOS ESTAS declaraciones no cuentan con la simpatía del electorado y no esperemos encontrarlas ni por asomo en la famosa asignatura “Educación para la ciudadanía”. Frases como la de Churchill pidiendo a su pueblo “sangre, sudor y lágrimas”, hoy puede ser atribuída a los efectos del alcohol que seguro habría ingerido el premier británico. A propósito de cómo se educa a otras ciudadanías, viene a cuento la descripción que hace Augusto Assía, en “Cuando yunque, yunque”. “Las virtudes de la ciudadanía, según los principios ingleses, consiste en la fidelidad a las costumbres del país, la tolerancia y la continuidad”. Y nos explica un tipo de vida que, paradójicamente, se aproxima a la que postulaba el fascismo: “La educación de un gentleman, dice, es una de las obras más complicadas, precisas y equilibradas que existen en el mundo: Durante los tres primeros años, todos los pupilos del Colegio de Eton, tienen que servir como asistentes a los pupilos mayores, limpiar sus habitaciones y hacer sus camas, lustrarles los zapatos y cepillarles los trajes, prepararles el té y hacerles los recados con la misma ciega e irremisible obediencia que un soldado ha de acatar las órdenes de un superior.” Alguien puede pensar que se trata de un canto de los valores castrenses que igual que a los españoles nos llevó “ desde el Imperio hacia Dios”, a los británicos les había llevado “desde el Imperio a la Libra esterlina”. Pero la educación que recibían allí los pequeños ciudadanos difería poco de la de los mayores. Veamos: “Dentro de cualquier escuela primaria inglesa, enseñarles a los chicos a nadar, a jugar al fútbol, lo mismo que a usar sus manos en las carpinterías y herrerías, constituye una tarea tan elemental como la de enseñarles a deletrear o a sumar. No hay país donde el trabajo manual posea tanta dignidad y sea tan apreciado como en Inglaterra… Cuando en l926 los obreros declararon la única huelga general que registra la historia de Inglaterra, a los tres días todos los servicios ferroviarios, alumbrado, traída de aguas, comunicaciones demás instituciones fundamentales, funcionaban normalmente atendidas por voluntarios de las clases medias y elevadas. La cosa sorprendió al mundo y a los propios obreros ingleses que a los diez días tuvieron que entregarse sin condiciones.” Un fenómeno parecido se registró durante la Segunda Guerra Mundial cuando las mujeres fueron capaces de hacerse cargo del funcionamiento del Reino Unido. Se nos podrá decir que invocamos un referente excepcional, Gran Bretaña. Es verdad. Pero Alemania, en aquel momento tan distante ideológicamente, promovía la forja del espíritu de sus ciudadanos de manera semejante. He tenido la oportunidad de tratar a los vástagos de dos familias españolas muy especiales: a los hijos de don José Ortega y Gasset y a los de don Eugenio d’ Ors. Coincidían en que todos fueron educados en Alemania. Pues bien, su versión acerca del tipo de educación que recibieron y el regimen disciplinario que les aplicaban apenas difiere. Y es que la jerarquía de los valores en la universidad germana era similar a la que imperaba en Inglaterra. LOS VALORES NO PASAN DE MODA TAMPOCO faltarán quienes nos reprochen que no somos justos ya que estamos circunscribiéndonos a un mismo continente y a una misma época. Les podemos contestar con la opinión que sobre esta cuestión exponía un personaje tan particular como el autor de “El mundo feliz”, Aldous Huxley. Para él, en materia de principios y valores no existía ni el espacio ni el tiempo, “ a pesar de que los códigos de moral presentan infinita variedad de fundamentos y preceptos”. “Entre todos ellos, hay cierta comunidad de validez moral, por diversos que sean entre sí”. Y nos recordaba que “el hombre, sea cual fuese su concepción de la vida, posee una misma o muy semejante escala de valores en cuantas sociedades y razas pueblan el mundo”. Huxley, muy conocido por su obra literaria, no lo es tanto por los muchos valores que atesoraba y que tuvo la oportunidad de mostrar en lo que constituye aleccionador ejemplo. En mayo de l961, cuando tenía 66 años, y pocos días después de conocer que padecía un cáncer, del que pronto moriría, pasó por el trance de ver cómo se incendiaba su casa, destruyéndose completamente su biblioteca, sus archivos y sus trabajos, muchos inéditos, convirtiéndose de repente, así lo escribió: “en un hombre sin pertenencias, sin pasado y sin futuro”. Tanta adversidad no impedía que Aldous Huxley, creyera firmemente en la existencia de los valores permanentes y universales que acompañaban al hombre y que “donde quiera y en cualquier época, le veremos rindiendo tributo a la bondad, a la belleza, a la sabiduría”. Esta universalidad de los valores, por encima de épocas y lugares es una constante que es aceptada incluso en momentos históricos tan iconoclastas y por gentes que, culturalmente, representan lo licencioso y lo disoluto; la licencia en la moral y la disolución en la moral y en las costumbres. En España, el escenario pervertido y perverso, amoral y anticlerical por excelencia, quizás sea la España Ilustrada, de don Ramón de la Cruz, de Moratín, de Iriarte y, cómo no, de Samaniego. Y será este último, Felix María de Samaniego el mejor epígono del espíritu enciclopedista. Tan opuesto a la religión era el fabulista que fue juzgado, condenado y recluido por el Tribunal de la Inquisición mientras en la Francia jacobina reinaba el Terror. Sin embargo, cuando se refiere a la necesidad de que impere un orden y un canon dice que “estas leyes son eternas, universales, propias de todos los tiempos y países, de que ninguno tiene, al menos hasta ahora, privilegio de dispensarse”. En cuanto a la presencia de los valores en el teatro y la necesidad de someterlo a control y censura- él, condenado y hasta encerrado por libertino- dice: “Ningún objeto es más importante, más digno de censura ni más necesitado de ella. El crédito y acaso la felicidad de la nación, las ideas, las costumbres de los individuos, la honestidad, la humanidad, la sólida piedad, la verdadera gloria, el honor, el patriotismo, todas las virtudes naturales, morales y civiles, se interesan en su reforma y claman altamente por ella.” El aspecto que ofrecía el teatro, y la sociedad que reflejaba, bastante semejante al actual, debía ser preocupante y justificar la recuperación de valores que ha enumerado Samaniego. La relación de las “costumbres poco recomendables” y la “variopinta gama de personajes mal educados” que han invadido el teatro – tan similares a los que hoy pueblan nuestra televisión- es bien curiosa. Samaniego se despacha así: “Las majas, los truhanes, los tunos, héroes dignos de nuestros dramas populares, salen a escena con toda la pompa de su carácter y se pintan con toda la energía del descaro y la insolencia picaresca; sus costumbres se aplauden, sus vicios se canonizan o se disculpan y sus insultos se celebran”. Pero la apostilla del fabulista es el mejor resumen: “Sin un orden impuesto por la razón no existe Belleza ni Perfección”. La apelación a la razón, propia de un “ilustrado”, refuerza esta demanda de uno de los tres grandes valores. En efecto, la Belleza es uno de los tres reyes de la otra Bolsa de Valores. ¿Cuáles son los otros dos? Uno de ellos la Verdad. No sólo por unanim idad sino porque con la Verdad se produce un hecho,que no se le escapa a Marañón : “para el espíritu de los elegidos la Belleza y la Verdad no son dos musas diferentes, sino una sola, a lo sumo de dos caras”. LOS TRES VALORES MEJOR COTIZADOS A pesar de tan alta cotización y el general aprecio que siempre ha disfrutado, hoy en día la Verdad no vive en España su mejor momento. Como señalaba hace poco Gonzalo de Berceo en “Alfa y Omega”. “En la llamada asignatura “Educación para la ciudadanía” ni una sola vez aparece en el texto del proyecto la palabra “verdad”. Y añade el columnista: “Y ya se sabe que, si no hay verdadero y falso, tampoco hay bueno y malo”. No hemos debido esperar demasiado para que aparezca asociada a la Verdad… la Bondad. Celebramos que al igual que los intelectuales, los artistas comparten esta opinión. El arquitecto Miguel de Oriol e Ybarra, estudioso de todos los nexos entre la acción y ejecutoria humana y la Divinidad y maestro en la interpretación del lenguaje del Templo como medio de comunicación con el Misterio. Los griegos, para Miguel Oriol, son explícitos en su persecución de la Belleza, ambición que se mantendría ya constantemente confesada, hasta la terminación del tiempo. “Junto a la Verdad y la Bondad, la Belleza con forma el objetivo triple e indiscutido del vector humano que de lo único que cree estar seguro es de no dirigirse hacia el caos”. Y concluye Oriol con una pregunta, un poco enigmática: “ Hoy se duda de todo. ¿Se ha perdido el interés por el trío? Quizás el posible enigma o misterio que contiene la pregunta depende de su aproximación al hermetismo o a la “hermética”.Y no es caprichosa la alusión al “trío”… Oriol, sin pretenderlo, se ha acercado a la Cábala, cuerpo de doctrina religiosa que ha servido para que algunas sectas del judaísmo interpretaran las Escrituras. Hasta las letras del alfabeto se agrupan en “tríadas”. También las potencias se agrupan en tres “tríadas”. Curiosamente, la Belleza, que representa el mundo Afectivo o Moral, va unida al Amor y a la Justicia. No deja de ser esta referencia a la Cábala otra vecindad que avala la universalidad y “polivalencia” de determinados valores ahora en crisis. Frente a más de un centenar de “Valores” que en un gran trabajo literario y lexicográfico inventarió el profesor Román San Juan, la mayoría francamente devaluados, algunos mantienen su cotización. LA MENTIRA, CULPABLE DE LA DEVALUACIÓN. LO acepta la Conferencia Episcopal en la Instrucción de la Asamblea Plenaria ya aludida que “reconoce en la sociedad de hoy aspectos positivos…en la sensibilidad moral emergente en torno a determinados valores”. Y cita concretamente “la solidaridad con los necesitados, respeto por los derechos de la mujer, de los niños, de los ancianos y de los enfermos”. Se observa también que crece el amor y el cuidado de la naturaleza, “que los cristianos amamos y respetamos como creación y don de Dios para el bien de sus hijos, los hombres”. Es evidente la indulgencia y generosidad de los obispos al destacar como valores en alza la solidaridad, el reconocimiento de los derechos de la mujer o el respeto a la naturaleza, banderas de los movimientos progresistas al quedar desprovistos de ideología y programa. Pero también es reseñable el énfasis de la Instrucción Pastoral cuando adjudica nuestra crisis de valores al “rápido enriquecimiento, multitud de ofertas para el ocio, exceso de ocupaciones” y sobre todo… a la codicia que, dicen, es “una verdadera idolatría”. La forma en que Oriol corrobora esta afirmación en su manifiesto es sorprendente: “Los deseos y codicias descarnadas de razas y nacionalidades, cultas y ricas, acrecientan la ira universal, dificultan la convivencia; la vieja complacencia en el amor a la belleza, ha sido sustituida por la adoración al pedestre beneficio material”. O sea que se empieza a acusar al capitalismo de lo que es: “idólatría”. Miguel Oriol va, incluso un poco más lejos que los obispos: “La vanidad ha convertido al Arte, suprema creatura del hombre cuya estrella era El Templo, en mercado de subastas que engaña y pone en valor la mentira”. Igual que la codicia ha desplazado a la Belleza, la mentira sustituye a la Verdad, que en esta otra Bolsa de Valores se erige como el título de más alta cotización en la tabla axiológica. La mentira se impone por doquier y se adueña de nuestras vidas…y de nuestras haciendas. Disfrazada de medias verdades, eufemismos y ambigüedades, la mentira está a punto de terminar con una serie de valores importantísimos. La confianza y la lealtad, el honor y la honradez, el orgullo y la dignidad. Si hay algo que ha perdido valor es la palabra empeñada, “hipotecada” se dice en Argentina donde ahora hacen una película sobre este tema. Pero esta versión de la mentira que invalida ya cualquier promesa, es otra cuestión. Y merecerá la pena una reflexión sobre esta novedad: “lo prometido ya no es deuda”.

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