jueves, mayo 11, 2006

¡El amor, la mujer ideal y el dolor de los cuernos

viernes 12 de mayo de 2006
¡ El amor, la mujer ideal y el dolor de los cuernos!
Félix Arbolí
D ESDE mis días infantiles andaluces, cuando descubrí que las chicas no eran adversarias a las que había que atacar y contradecir en nuestras charlas y juegos , sino a las que había que tratar con halagos y carantoñas para conseguir su atención, se convirtieron en auténticas protagonistas de mi cotidianidad. Luego los años y la experiencia la convirtieron en meta de los más puros y pervertidos sentimientos a los que se pueden aspirar y en el complemento ideal de nuestra vida, aunque a veces puedan surgir problemas, algo normal y muy posible en una convivencia prolongada e intima. Lo reconozco he sido y sigo siendo, a pesar de mi edad ya pasada de rosca, un constante admirador de la mujer. En términos coloquiales y más claros, bastante mujeriego. Nunca he considerado posible poder llevar una vida normal sin tener cerca a una mujer y este defecto o virtud, según se aprecie y considere, me ha proporcionado más infortunios que agrados, ya que era empeño en el que me entregaba plenamente sin sopesar a priori las consecuencias que una elección equivocada podría producirme. He tenido más sinsabores y amarguras que momentos de felicidad. Pero, ya lo dice el refrán, “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” y en mi caso se ha quedado corto, no en lo de animal, que visto desde una especial perspectiva también pudiera ser, sino en el número de tropiezos ya que los míos han superado con creces tal cantidad. Mi llegada a Madrid en los años cincuenta, procedente de una región, hoy llamada “realidad nacional” y antes Andalucía, donde la mujer vivía obsesionada en conservar su virginidad como uno de los dones más inestimables que la naturaleza le había concedido, me supuso un descubrimiento sorprendente comprobar la mayor liberalidad y distinta forma de pensar y obrar de la mujer madrileña o residente en Madrid, donde la “virginidad” se suponía una virtud exclusiva de la Madre de Dios. . El contacto con esta Eva sin esos conceptos un tanto trasnochados me causó una difícil, aunque placentera adaptación, no exenta en algunos casos de contratiempos y sinsabores. Para muchas mi forma de proceder era totalmente anormal.. Me miraban como el auténtico pardillo que aún creía en unos valores para ellas obsoletos y más de una interpretó mi postura de respeto y consideración, como síntoma de falta de masculinidad. Hubo algunas incluso que me lo insinuaron sin la menor vacilación, aunque su duda quedó pronto aclarada y superada al comprobar mi reacción cuando hallaba un campo dispuesto y abonado para la siembra . A pesar de mis esfuerzos e intentos desesperados por encontrar esa mujer que todos llevamos idealizada, no era asunto fácil en esa jungla asfáltica donde las personas pierden su identidad o la ocultan para no ofrecer pistas delatoras de su verdadera personalidad y sentimientos. Ya no se trataba de provincianas que todos sabíamos quienes eran y cómo respiraban a la hora de la verdad. Aquí en la Villa y Corte, donde no se conocen ni los propios vecinos, la que parecía más idónea resultaba, al tratarla unas breves jornadas, totalmente opuesta a los juicios y conceptos que nos habíamos trazado y por ello había que evitarla antes de sentirnos involucrado seriamente. ¡Cómo engañaban las muy taimadas, o qué ingenuo era yo en mi manera de pensar!. Mi supuesto ideal en forma de mujer se llamaba Julia y me la presentó una amiga de San Fernando, Cádiz, que se hallaba en Madrid tratándose una rara enfermedad en sus manos con el prestigioso Doctor Marañón. Una lástima, ya que en todo lo demás era normal. Más aún, guapa y muy simpática. Mi inesperado y feliz “descubrimiento”, tenía una pensión por Atocha y mi paisana y su madre residían en ella durante sus permanencias para las curaciones y exploraciones médicas. Al principio todo iba de maravillas. Empezamos a salir desde el primer día en que nos presentaron y todo parecía indicar que iba a ser una relación seria y duradera. Estábamos muy compenetrados y lo pasábamos estupendamente cuando nos hallábamos juntos. Era mi chica, (pensaba inocentemente) y andaba tremendamente ilusionado con este hallazgo. Una mujer con la que me agradaba estar a todas horas y tenerla como absoluta protagonista de todos mis pensamientos. En el argot vulgar “enamorado como un cadete”, aunque no acierto a comprender qué relación pueda tener el alumno de la academia militar con la intensidad amorosa. Aunque la pensión estaba en Atocha, su domicilio particular estaba en una calle próxima a las de López de Hoyos y Mantuano, no recuerdo el nombre exacto, a donde yo iba a recogerla y despedirla a diario. Tras varios meses de relaciones formales, ya hablábamos de boda e hicimos partícipes de nuestros planes a las respectivas familias. Al menos yo, ella me aseguró que también, aunque no pueda asegurarlo. En el ministerio donde trabajaba, alternando con mis intentos periodísticos, hoy Cuartel General de la Armada, mis compañeros comentaban mi buena suerte y animaban mis impulsivos deseos de casorio, harto de aguantar las incomodidades de una pensión, donde no sólo tenía que soportar a patronas mandonas y abusivas, sino a los empeños de algunas en más de una ocasión por “enrolarme” con sus rollizas y desfavorecidas hijas, como si el hecho de trabajar en un ministerio fuera el premio del “euro millones” repartido mensualmente. ¡Qué ignorancia más grande!. ¡Si supieran las estrecheces que tienen que soportar los “curritos” de la Administración, que sólo tienen la ventaja de la seguridad de la plaza, si ésta ha tenido lugar mediante oposición!. (No me refiero a los enchufados y los del “dedo”, que es otro cantar tan diferente como una sardana de unas sevillanas). . Estando en Oviedo, donde residía mi familia y pasaba las vacaciones, una de las noches al salir de un cine me encontré una cartera, en la que junto a cierta cantidad de dinero, estaba la documentación de su propietario. Al día siguiente fui a entregársela. Daba la casualidad de que era un popular locutor de la Voz de Asturias según me dijo, ya que en mis cortas estancias en la capital del Principado lo que menos me preocupaba era oír la radio. Agradecido, se empeñó en invitarme en un bar cercano y allí nos contamos nuestros quehaceres y demás. Al saber mi gran pasión por el periodismo y los trabajos que ya había realizado en esta profesión, quiso llevarme a su emisora y presentarme al director, que me ofreció la corresponsalía de la emisora para Madrid. A este director, volví a encontrármelo en Madrid, años más tarde, dirigiendo el desaparecido diario “El Imparcial”, donde me brindó la oportunidad de trabajar, en una columna titulada “Así opina la calle”, en la que en clave de humor, cotilleos vecinales y callejeros, enfocaba los asuntos de actualidad. Gracias a este inesperado y oportuno encuentro, conseguí un pequeño pero interesante incremento al sueldo ministerial. Un incentivo que me hacía ver más cercana y fácil nuestra boda. Aprovechando el viaje a Madrid de un conocido, aunque me quedaban unos días para agotar el periodo de estancia en las tierras de Don Pelayo, quise regresar para darle la noticia personalmente a Julia. Mi madre me dio un pequeño obsequio para que se lo diera en su nombre y todo feliz y entusiasmado, gozando por anticipado la alegría y la sorpresa que le iba a dar, regresé sin avisárselo. Como no me esperaba, pensé que lo mejor sería que me fuera al taller de un antiguo amigo y paisano, por donde debía pasar para regresar a su domicilio y presentarme de improviso cuando ella se acercara. Sabía que aún no había llegado a su casa, pues había llamado y la “tata”, como llamaban desde pequeños a la antigua criada vasca, me lo había confirmado. Esperaba todo nervioso verla aparecer y poder besarla y abrazarla; sentirla cerca. Advertí su inconfundible figura subiendo la calle, pero advertí que no venía sola. La acompañaba un tipo, algo grueso y más mayor, según pude apreciar. No se trataba de un familiar ya que andaban lentamente y enlazados amorosamente por la cintura. Mas aún, la cabeza de ella se apoyaba en el hombro de él. La sorpresa me la dio ella a mi, pero en un giro opuesto de trescientos sesenta grados al que yo pretendía darle a ella. Estuve a punto de un infarto. Me quedé sin saber cómo reaccionar, ni que hacer, al observar con rabia, dolor y humillación como se iban acercando entre besos y carantoñas. No se si hice lo correcto, ya que ignoro la decisión que debe tomarse en estos casos, ( no se han escrito libros de consejos para tales trances, ya que son difíciles de seguir y asimilar), pero esperé escondido a que rebasaran el local y cuando llevaban unos metros recorridos, salí a buen paso y los rebasé sin mirarlos, como si fueran unos extraños. Ella me vio y se soltó rápida del gordo, llamándome. Continué la marcha y entré en el bar próximo a su domicilio donde acostumbraba a esperarla. Tuve que salir precipitadamente. No podía estar en ese local tan lleno de recuerdos. Bajé a toda velocidad y ella se interpuso en mi camino, esperando que me detuviera para hablar. No lo hice, aunque insistió. . --¡Deja que te explique, por favor!. No te vayas, espera y hablamos... No hice caso, aunque la humedad de mis ojos y la angustia que reflejaba mi cara, eran pruebas inequívocas de mi desesperación y amargura. La vista se me nubló y estuve a punto de estrellarme contra un taxi que subía la calle y cuyo conductor me increpó duramente mientras hacía sonar insistente el claxon. En ese instante era ajeno a todo cuanto me rodeaba . --- Félix, por favor, deja que te explique... No pude aguantar más. Sentía auténtica rabia al ver y oír a esa mujer que tanto sufrimiento me estaba causando y había hecho desaparecer en un instante todas mis ilusiones. --- No tienes que darme explicación alguna. Hasta hace unos instantes, éramos novios formales. A partir de ahora no significas nada para mi, no me interesa tu vida, ni tus sentimientos. Por lo que a mi respecta nada tienes que ver conmigo. ¡Déjame en paz y olvida que existo!. Apreté el paso y desaparecí de su vista, aunque su imagen, fija en mi recuerdo, me mortificaba dolorosamente, hasta alcanzar unos límites que yo creía era incapaz de poder soportar. La amarga noche transcurrió lenta y desesperada, al sentirme burlado y traicionado por la mujer con la que yo había aspirado y deseado unir mi vida. . En la soledad del cuarto de mi pensión, presa de una total crispación, esperé la llegada del nuevo día lleno de dolor e impotencia . Pero de un dolor interno, el producido por las “protuberancias en las sienes” ante las traiciones amorosas, más cruel y dañino que el que se siente físicamente. Todo mi mundo, planes, sentimientos y futuro, se desmoronaron por completo como si se tratara de una pirámide de naipes a la que han quitado la carta que la soporta. No he vuelto a saber nada de ella. La herida se cicatrizó, aunque a pesar del tiempo transcurrido, este episodio de mi vida madrileña continúa mortificándome, no se ya si por la humillación sufrida o el amor traicionado, o ambas cosas a la vez. .

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