viernes 12 de mayo de 2006
Respirando hondo
Miguel Martínez
E N uno de esos cursos con los que las organizaciones intentan potenciar las habilidades comunicativas de su personal, y que tienen como objetivo mejorar la interacción entre las diferentes escalas de su estructura, y de todas éstas con el público/cliente, afirmaba el docente la necesidad de encajar las dificultades con parsimonia y con filosofía, facilitando a los asistentes -entre los que se encontraba un servidor- técnicas y conductas que generalmente llevaban a superar los obstáculos con optimismo y con actitud positiva. Ante una circunstancia dada, que nos altera y nos pone de los nervios, defendía el profesor que no era propiamente la circunstancia la responsable de nuestra pérdida de control, sino nosotros mismos, pues el sujeto enfrentado a la circunstancia adversa siempre tenía la posibilidad de abordarla con calma y cautela, lo que le permitiría estudiarla con detenimiento y autocontrol, siendo así más fácil posicionarse ante ésta de la mejor manera posible para superarla con sentido común: “Lo que tiene arreglo se arregla, y una vez arreglado ya no existe el problema. Lo que no tiene arreglo no se puede arreglar y, por tanto, no merece la pena preocuparse”, manifestaba el docente. “No soy responsable de la cara que tengo pero sí lo soy de la cara que pongo”, concluía. Y como técnica para levantar estados de ánimo, proponía respirar hondo y rememorar situaciones pasadas muy agradables, y que nos hubiesen proporcionado mucho placer y/o felicidad. Este simple ejercicio, que por placentero provoca la segregación de dopamina en nuestro organismo, debiera de bastar para rebajar nuestros niveles de estrés y probablemente conducirnos a ese estado de ánimo positivo que se resume en aquello tan manido de que a mal tiempo buena cara. Sale uno de la sesión con el tiempo más que justo para llegar a casa, comer y volver al trabajo, y, en la habitual parada para comprar el pan, la opulenta panadera de amplio escote que mis queridos reincidentes recordarán de pasadas ediciones vuelve a faltar, y en su lugar hay un mozalbete más lento que el caballo del malo y más parado que el reloj de una estatua. Ante él, una abuelita con el monedero en la mano: -Esa barra no, que está muy quemada. Dame otra más blanquita. -¿Ésta? -No, ésa está muy poco hecha. La otra de detrás. -¿Ésta? -¡No, hombre! ¿No ves que ésa está aún peor? La otra de la derecha. -¿Ésta? - No, no. A tu otra derecha, que me hago un lío con la derecha y con la izquierda cuando no llevo reloj, que, como se me ha quedado sin pilas, mi yerno lo ha llevado a la relojería y dice que hasta el martes no estará. Ya ves tú, tres días para cambiar una pila. Donde estén los relojes de cuerda de toda la vida… Yo tuve un Cauny que me trajo mi Paco de Melilla, cuando hizo la mili, que me duró más de veinte años, hasta que un día mi nieto el pequeño, el de mi hija Loli, la que se fue a vivir a Sitges, lo echó por el váter y tiró de la cadena, y como era tan chiquito, el reloj, ¿eh?, que mi nieto está muy hermoso, pues coló y me quedé sin él. El panadero la mira embobado y un servidor se dice: “no es esta mujer quien te pone nervioso, eres tú mismo. Respiro hondo y me acuerdo del gol de Giuly en el campo del Milán”. Y, por lo bajini, suelto un “Aleluya” cuando la abuelita por fin se decide y elije la barra de pan. -Ahora me vas a poner unos cruasanes de esos chiquititos, ponme siete u ocho. ¡No! Ése no, hombre, no ves que está chuchurrido, el otro de la derecha. -¿Éste? -No, ése, el de tu otra derecha. Y un servidor respira y respira y rememora el segundo gol de Ronaldinho en el Bernabeu, el de Koeman en Wembley, el de Cruyff en el Calderón, y hasta –pese no haber nacido aún- el de Zarra en Maracaná. -Y ahora me vas a poner cuatro o cinco magdalenas. Blanquitas, que si están tostadas mi nieto no las quiere y yo ya no puedo comer cosas de ésas, que entre el azúcar y la tensión... Y mira que me gustan , ¿eh? Y un cuarto de hora después, este que les escribe abandona la panadería –o lo que queda de ella después de que la abuela haya arrasado con casi todo el género- con su barra de medio debajo del brazo, y contento, de una parte por haber revivido grandes momentos de la historia azulgrana, y de otra -con más motivo aún- por no haberle dado en los morros con la barra de pan a la abuela, y con la bolsa de magdalenas en los hocicos del pasmado que la atendía, que era lo que en realidad –se lo confieso- le pedía el cuerpo a un servidor. -Vaya horas de llegar. Aquí todos esperando el pan y fíjate qué tarde es, que luego no da tiempo de nada. -Es que una abuela pesada… -No te entretengas más, hombre, que te tiene que dar tiempo de sacar el perro. Suspiro profundo y rememoración del gol de Krankl en la final de Basilea del 78, del 12 a 0 a Malta, y del Scalextric regalo de reyes del 73. Sale uno de casa, con la comida aún en el gaznate, y con el tiempo allí donde la espalda pierde su casto nombre. Carta en el Buzón. Hacienda nuevamente. El borrador de la declaración no augura nada bueno. Viendo la hora que es, un servidor se decanta por coger la moto, en vez del coche, pese a que el cielo amenaza lluvia. A medio camino hace su aparición la madre de todas las tormentas. Al respirar hondo se empaña la visera del casco, y al abrirlo, para que se desempañe, una nutrida congregación de gotas de agua, unas sobre otras en impúdica y opaca orgía, se concentra en los cristales de las gafas. Ineludible parada en el arcén para secar lentes y visera. Camión que circula por la calzada y que pisa un charco de agua, color chocolate, que ducha y tiñe de marrón a un servidor. La madre de todas las tormentas se convierte en la madre de su madre -o séase la abuela-, y es imposible respirar hondo sin que se empañe -si está cerrada- la visera- o se inunde el casco -si está abierta-. No recuerda ya uno más goles ni regalos que le generen dopamina, muy probablemente debido a que los neurotranmisores que han de transportarla se hallan parados en el arcén, secándose visera y casco, salpicados por camiones de glóbulos blancos que acuden prestos a neutralizar las bacterias que habitaban en el agua fangosa que un servidor acaba de ingerir. Huelga de endorfinas, dopamina y neurotransmisores. Probable secesión y huelga a la japonesa de los mecanismos que reaccionan al polen y que producen estornudos, escozor de ojos y picores varios. Llega uno al trabajo diez minutos tarde, empapado y hecho un guiñapo. El primer compañero que se cruza por las escaleras: -El jefe te anda buscando. Vete con cuidado que hoy tiene mal día. Dice que cómo es que no has llegado aún. Respiro hondo, pese a que compruebo que el agua ha arruinado todos los documentos que iban dentro de la mochila, cuya etiqueta presume de ser 100 % impermeable. El segundo compañero que se cruza en el pasillo: - Joder, Miguel, vaya cara de mala leche que traes. ¿No te acuerdas de lo de esta mañana? Respira hondo, hombre, respira hondo. Un servidor respira hondo -al hacerlo le sobreviene un acceso de tos bronquítica- y como puede le larga al compañero: - Antonio, majete, vete a la míerda*, ¿quieres? *Acento colocado de forma consciente sobre la “i”, con la finalidad de otorgar más énfasis y dimensión al vocablo. Pueden comprobar cómo, con esta simple variación fonética, se consigue una mayor contundencia en la palabra. Pruébelo cuando no le funcione lo de respirar hondo. Arreglar, lo que se dice arreglar, no es que se arregle mucho, pero se queda uno algo más relajado.
jueves, mayo 11, 2006
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