martes, enero 22, 2008

Miquel Porta, El libre indirecto de Bernd Schuster

martes 22 de enero de 0208
El libre indirecto de Bernd Schuster
MIQUEL PORTA PERALES, Crítico y escritor
... En Cataluña existe una opinión publicada, nacionalmente correcta, que plantea el fin de la relación entre Cataluña y España. Se trata de un independentismo travestido de soberanismo que está esperando una sentencia negativa del TC para adquirir cuerpo y forma. ¿Qué hay en el Estatuto catalán que tanto interesa al nacionalismo catalán? Una situación de privilegio que otorga a Cataluña una relación bilateral con el Estado con la correspondiente cesión de competencias políticas, económicas y simbólicas...

AQUELLA noche del mes de noviembre, en Sevilla, el Real Madrid no tuvo suerte. «El Madrid da la cara y se la rompen», titulaba al día siguiente ABC. Resulta que, según el cronista, «el Sevilla le partió la cara en dos ocasiones consecutivas y ya no fue capaz de recuperarse por mucho que lo intentara». Y, por si ello fuera poco, «la expulsión de Sergio Ramos por doble tarjeta amarilla acabó por diluir las posibilidades de remontada». En definitiva, «el Sevilla, con un hombre más y dos goles de ventaja manejó el partido a su antojo y cerró una victoria que le permite no alejarse definitivamente de los puestos a los que aspira, que no son otros que los que conducen a la Champions». Tras la derrota, el entrenador madridista, Bernd Schuster, compareció en rueda de prensa y, a la pregunta sobre el árbitro, contestó con un libre indirecto: «¿De dónde es el árbitro? ¿Es catalán? Ahí lo tiene. No digo más. Con esto basta para mí. Eso lo dice todo. No hay más que hablar».
Al conocer las palabras de Bernd Schuster, dudé. ¿Por qué dijo lo que dijo? ¿Quizá —«el fútbol es así», aseguran— se trata de la enésima manifestación de un entrenador que achaca la derrota al trencilla de turno? Pero, entonces, ¿por qué Bernd Schuster, en lugar de cargar únicamente contra el colegiado, tuvo que referirse a su procedencia geográfica? ¿Por qué Bernd Schuster —que fue bien recibido en Cataluña, donde vivió durante bastantes años y, si no me equivoco, tuvo descendencia— adjetivó su queja? Y en eso que, pocos días después, mientras buscaba una respuesta a tales preguntas, José Montilla —dos discursos en un mismo día— habló en Madrid. El presidente de la Generalitat catalana, después de denunciar las «infames campañas contra Cataluña» y la «manipulación de los sentimientos de miles de españoles», después de asegurar que existe un «creciente desapego» de la sociedad catalana hacia España, afirmó que «una sentencia —del Constitucional— que devaluara el contenido del Estatuto podría generar un enorme desafecto en gran parte de la ciudadanía catalana». Y añadió, en clara alusión al golpe de Estado de 1936 y a la intentona de Milans del Bosch y Tejero, que «lo que hoy son maniobras para bloquear la más alta instancia para interpretar la Constitución, hace veinticinco o setenta años eran maniobras para obtener el poder por medios no democráticos». Fue entonces cuando formulé la siguiente hipótesis con el objeto de responder a las preguntas que me inquietaban: en sus declaraciones, Bernd Schuster recogía esa impresión de desconfianza que se extiende por amplias capas de la sociedad española acerca de los catalanes; la impresión que los catalanes —para ser exactos, los nacionalistas catalanes de derecha e izquierda— buscan un trato preferente, un trato distinto —porque se sienten distintos— al del resto de los ciudadanos españoles. El deporte, una vez más, devenía una metáfora de la realidad.
El libre indirecto de Bernd Schuster, esto es, la hipótesis de la búsqueda del privilegio por parte de los políticos nacionalistas catalanes, merece ser contrastada. A mi parecer, las palabras de José Montilla constituyen una auténtica piedra de toque. Dejemos a un lado las «infames campañas contra Cataluña» —¿desde cuándo la libertad de expresión y la crítica de los proyectos del nacionalismo catalán obedecen a una infame campaña?— y la «manipulación de los sentimientos de miles de españoles» —¡qué poca capacidad de discernimiento concede José Montilla a los españoles!— para concentrarnos en la idea nuclear del discurso de José Montilla: si el Tribunal Constitucional falla en contra del Estatuto de Cataluña, se «podría generar un enorme desafecto en gran parte de la ciudadanía catalana». José Montilla, sin duda, presiona al Tribunal Constitucional con la amenaza —¿cómo lo sabe?— de la desafección de los catalanes hacia España. Y el caso es que la teoría de la desafección de José Montilla se está extendiendo en Cataluña como si de un rizoma se tratará. En efecto, en Cataluña existe una opinión publicada, nacionalmente correcta —camino de ser mayoritaria—, que plantea el fin de la relación entre Cataluña y España. Se trata de un independentismo travestido de soberanismo que está esperando —anhelando, incluso— una sentencia negativa del Tribunal Constitucional para adquirir cuerpo y forma. ¿Qué hay en el Estatuto catalán que tanto interesa al nacionalismo catalán? Una situación de privilegio que otorga a Cataluña una relación bilateral con el Estado con la correspondiente cesión de competencias políticas, económicas y simbólicas. «No hay más que hablar», por decirlo a la manera de este politólogo sobrevenido que es Bernd Schuster. Pero, sí que hay algo más que hablar.
Las palabras de Bernd Schuster fueron remitidas a la Comisión Antiviolencia. Sin embargo, nadie remitió las palabras de José Montilla al organismo político competente. Y eso que podrían interpretarse como una coacción al Tribunal Constitucional y una inducción a pensar que el democrático recurso de inconstitucionalidad es lo más parecido a una suerte de golpe de Estado encubierto. Definitivamente, José Montilla es un privilegiado a quien nadie pide cuentas de sus declaraciones. Un José Montilla que, sin capacidad de liderazgo, busca atenuar la desafección de los catalanes hacia el Govern que preside, brindando —él, que prometió gestión en un lugar de identidad— emociones nacionalistas —también ecología y memoria histórica selectiva— a una ciudadanía que de la resignación estoica ha hecho una manera de sobrevivir a la incompetencia, irresponsabilidad y oportunismo de una clase política que, en lugar de esforzarse para conseguir una Cataluña mejor, lo hace para diseñar una Cataluña distinta. Y ahora, cuando la política de las cosas no funciona —por una mala gestión de los recursos y una planificación y ejecución deficientes—, cuando Cataluña parece entrar en un periodo de dulce decadencia política, económica y cultural, ¿adivinan ustedes de quién puede ser la culpa? La teoría conspirativa de la historia, el victimismo y sus fantasmas, salen a escena: la culpa es de una tecnoestructura española —política, económica, mediática y funcionarial— siempre al acecho. Y de ahí —dicen— una colisión de legitimidades que conduciría a la desafección y al derecho a decidir. Y de ahí el libre indirecto de un Bernd Schuster que, en todo ello, percibe la búsqueda del privilegio.
Tengo para mí que Álvarez Izquierdo, el colegiado catalán del encuentro que enfrentó al Sevilla contra el Real Madrid, además de buscar el amparo del Comité Catalán de Árbitros —al fin y al cabo, el Sevilla ganó gracias a los goles de Keita y Luis Fabiano—, debería haber elevado una protesta formal contra José Montilla —desconozco ante qué instancia— por promover una mala imagen de Cataluña y los catalanes que él pagó en carne propia. Mientras tanto, Rodríguez Zapatero contempla el espectáculo —¿de qué otra manera si no?— con el semblante sonriente. Y no porque sea de un F. C. Barcelona que necesita la derrota del Real Madrid, sino porque espera sacar rédito político —el mantenimiento del poder— de la particular Liga —el cambio del modelo de Estado— en la que nos ha embarcado. Aquella noche del mes de noviembre, en Sevilla, el libre indirecto de Bernd Schuster rebotó, finalmente, en la barrera. Y así estamos.

http://www.abc.es/20080122/opinion-la-tercera/libre-indirecto-bernd-schuster_200801220854.html

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