miercoles 14 de noviembre de 2007
Exceso verbal
Patxi Andión
La sociedad civil se pregunta por los motivos de los voceríos, los exabruptos y zarabandas en los que el ciudadano cae de vez en cuando, cada vez más asiduamente y, por lo que se ve, cada vez más interclasistamente. Los ciudadanos son seres vivientes y a veces no pasan de supervivientes, en función de las dificultades de todo tipo que encuentran hoy para dominar su ira.
Los ciudadanos se lanzan al mar del estrés cada mañana, y se ven inmediatamente rodeados por la violencia volumétrica a su alrededor. El ruido amenaza desde los churros mañaneros al ciudadano y se enrosca en su vida cotidiana consiguiendo que se le vayan cargando las meninges y de vez en cuando que explote como si pudiera realizar un viaje de vuelta al violento que creía desterrado de su conducta. Las situaciones en las que el hombre se encuentra a menudo a merced de su sentimiento, paradójicamente, son cada vez más numerosas que aquellas en las que puede refugiarse en su intelecto. Como si en una obra audiovisual se tratara, la vida diaria del ciudadano apela mucho más a su universo sensible que a sus ideas y, al igual que las imágenes, expresan muy deprisa las cosas, pero les cuesta un Potosí explicarlas mejor.
El exceso, estimado en este contexto, puede parecerse a una fuga de entereza. Nada más lejano y falso. El exceso no es sino una puesta a prueba del sistema que lo acoge, rodea y maniata. Cuando el ciudadano se excede, significa que traspasa los límites previstos, los que la buena educación, la cordura, el sentido común o la simple catadura servil enuncian. Pero el hombre, siempre que se excede, está probando la fortaleza de las marcas, el sentido de los límites y, con ello, cumple una función social de trascendencia, pone a prueba su catadura social ante la norma, el uso.
Como el hombre es cada vez más el hombre comunicado, cada vez más depende de su sistema de comunicación, y por ello, trasciende al lenguaje instancias de acción que en épocas anteriores de su desarrollo cívico no pasaban de su brazo armado. Así, se engalla con quien sea golpeando al otro con su verbo, elevando el tono de voz y despidiendo desde sus dientes la mejor selección de su palabroteo de gresca. Los conductores se vilipendian desde las ventanillas de sus automóviles, mientras acompañan el exceso con el gesto oportuno que enfatiza el insulto y recuerda al brazo antepasado armado. Las amas de casa se escupen a la cara las mejores opiniones guardadas y maduradas en compañía del detergente en cuanto se sienten despreciadas en la cola de la pescadería y, así, mascullan envites a voz en grito todo hijo de vecino que, de pronto, pierde pie y desbarra en el vómito palabrotero.
Sea presidente electo de país, monarca en activo, vocero de partido de oposición o líder sindical en ejercicio, los excesos verbales nos rodean como una cenefa ruidosa y violenta, dado que no se usan arcos y flechas, el arma que mejor se arroja es la palabra elevada al límite perceptivo del dolor, el umbral máximo de percepción de intensidad que nuestros oídos soportan hasta llegar a los 130 decibelios. Sin embargo, el umbral del dolor o límite máximo en el umbral temporal está ligado a la atención. Somos capaces de soportar todo aquel suceso sonoro al que prestamos suficiente atención durante el tiempo que seamos capaces de hacerlo, y ahí precisamente radica la principal función del exceso verbal, aun cuando pueda decirse con voz queda: definir el límite, marcar el terreno y avisar. Ni está bien, ni mal, la película nos remite al límite sensible para dejarnos algo vacíos una vez ejecutado el exceso. Pero aquí no sirve arrepentirse. El Hombre es dueño de lo que calla y esclavo de lo que dice.
Se descuelgan las bellotas al dulzor de las horas sobre polvo, aún. Noviembre.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=14/11/2007&name=andion
miércoles, noviembre 14, 2007
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