Catástrofes a la carta (Margarita Rivière)
06.11.2007 -
No es lo mismo hacer que un tren circule que llenar de agua un estanque. Alguien ha confundido esta elemental cuestión en el cruce de cables que ha llevado a tres ejes ferrioviarios catalanes -Cercanías de RENFE, Ferrocarriles de la Generalitat y AVE- a cortocircuitarse hasta paralizar casi una tercera parte del servicio de entrada y salida diario en Barcelona. Doscientas mil personas directamente, y muchísimas más indirectamente, afectadas es un volumen suficiente como para hablar de una crisis de los servicios públicos que, en cierta medida, recuerda la gran crisis de los ferrocarriles ingleses en la etapa Thatcher que los laboristas han tenido que enmendar. No se trata de una 'cuestión catalana' más, sino de un tema político de primera magnitud que afecta a cómo se llevan a la práctica las grandes promesas de transformación del país. La enorme distancia entre el diseño centralizado en un despacho madrileño y la realidad da como resultado un desastre, previamente anunciado por los ciudadanos en su experiencia diaria, de los servicios de movilidad y transporte en Cataluña y pone al poder público del Estado contra las cuerdas: esta es la situación. No hay que banalizar lo que sucede en Barcelona: en julio la red eléctrica y ahora el tren confirman que la gran chapuza existe en la moderna España. Una suma de chapuzas económicas -subcontrataciones encadenadas, falta de cualificación y condiciones laborales, unidas a la ley del máximo beneficio en los contratos de obra pública- y chapuzas políticas -falta de transparencia en los contratos públicos complejos, incompetencia en la gestión de los servicios y motivaciones electoralistas- dan como resultado este tipo de 'catástrofes a la carta': un producto de incompetencias gubernamentales encadenadas (al margen del color político) y de objetivos económicos que poco o nada tienen que ver con las necesidades colectivas. Todo lo cual expresa algo más hondo que una crisis de liderazgo político. La confusión de responsabilidades empresariales y políticas son, en el caso barcelonés, un ejemplo que ni la buena voluntad del presidente Zapatero -lógico heredero histórico de la apatía de anteriores gobiernos, pero responsable de no haber detectado el gran caos ferroviario a tiempo de impedirlo- puede liquidar desde la tribuna del Congreso. La cultura del 'contrato de obra pública' encubre una realidad oculta, inserta en una 'doble moral' -apartidista y común- que, desde no se sabe cuando, concibe el Estado como botín. Es el 'yo te doy si tú me das', un toma y daca entre lo político y lo económico, tan poco profesional y democrático como arriesgado cuando, como en este caso, las dificultades, puramente técnicas, aparecen. Esa es la verdadera cuestión, que afecta a la democracia y a la credibilidad de la representación política mucho más que la dimisión de la ministra de Fomento.Si a esto se añade la exhibición de incapacidad organizativa y formativa de quienes se responsabilizan de la ejecución de la obra, tendremos otra parte del preocupante diagnóstico: invertir mucho dinero no es garantía de saber utilizarlo. Impera, pues, el 'nuevorriquismo' como método. Habría que escuchar a los ingenieros y a los jefes de obra para calibrar hasta qué punto el caso de los trenes catalanes expresa carencias educativas, de formación y de conocimiento en general. Que Barcelona está edificada sobre barrancos y acuíferos es algo que todos los nativos conocemos. ¿Qué se puede construir ignorando la realidad más elemental?Que esta situación tendrá consecuencias electorales es una obviedad. No se trata de que llegue o no el AVE, sino de que la movilidad de cientos de miles de personas funcione y eso va para largo. Y la demografía presiona. Lo sucedido en Barcelona es un aviso oportuno sobre lo que resulta intolerable en nuestra época y en cualquier sitio que se tenga por civilizado.
http://www.elcorreodigital.com/vizcaya/prensa/20071106/opinion/catastrofes-carta-margarita-riviere-20071106.html
lunes, noviembre 05, 2007
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