lunes, noviembre 19, 2007

Manuel de Prada, Que veinte años no es nada

lunes 19 de noviembre de 2007
Que veinte años no es nada

El pasado siempre está con nosotros, siempre vuelve a nosotros, para hacernos más aflictiva la fealdad del presente. Hace 20 años, cuando esta revista iniciaba su periplo, yo andaba extraviado en los pasadizos de mi vocación, preguntándome cada día si la escritura era mi destino o tan sólo un sarampión que había trastornado mi adolescencia. Había escrito para entonces muchos poemas, casi siempre de corte nerudiano y pasadísimos de rosca, casi siempre inspirados por algún descalabro amoroso, que por entonces (como por ahora) eran el pan nuestro de cada uno de mis días. Aquellos versos arrebatados y superferolíticos se los regalaba luego a la chica que me los había inspirado, escritos en un billetito que deslizaba clandestinamente en el cajón de su pupitre: por supuesto, cuando las destinatarias de mis efusiones líricas leían aquel repertorio de insensateces rimadas, creían –si eran piadosas– que acababa de sufrir un ataque de meningitis; las más estiradas no volvían a mirarme a la cara siquiera, pensando tal vez que detrás de las imágenes surrealistas perfectamente cándidas que yo intercalaba en mis poemas se escondían innombrables aberraciones. Muchos años después, una de aquellas muchachas a las que había tributado mis poemas primerizos me aseguró que no recordaba tal cosa. Y, como yo trataba de refrescarle la memoria, me mostró una caja de zapatos en la que, increíblemente, guardaba a modo de reliquias todos los billetitos de amor que le habían dedicado los muchachos más borregos y granujientos de la clase, billetitos chuscos de sintaxis tartamuda, infestados de faltas de ortografía y fantasías masturbatorias. Y, en efecto, entre toda aquella morralla de papelorios no figuraba ninguno de los poemas que yo había dedicado fervorosamente a aquella muchacha, prueba inequívoca de que los había arrojado al cubo de la basura, considerándolos menos dignos de recordación que los mensajes de otros compañeros de clase que le escribían exabruptos de índole venérea, por supuesto sin aderezo metafórico alguno. Aquel día descubrí que el destino de la literatura es el olvido; y descubrí también que las ilusiones se corrompen como el pescado fresco, dejando en el aire un hedor insoportable. Como el personaje de Marlowe, puedo consolarme diciendo: «Pero aquello fue en otro país y, además, la moza está muerta». Sólo que, con la moza, algo de nosotros mismos tambien se muere, quizá lo mejor de nosotros, quizá lo único de nosotros que merecía la pena. Pasaron los años y descubrí, en fin, que la escritura era algo más que un mero sarampión que hubiese trastornado mi adolescencia. Descubrí cínicamente que no hacía falta sufrir un descalabro amoroso para ponerse a escribir; si era necesario, uno se inventaba el descalabro amoroso y santas pascuas. Publiqué mis primeras obras: un libro de glosas ramonianas, una colectánea de cuentos, una novela desaforada y enciclopédica. Un domingo cualquiera abrí un ejemplar de esta revista y me tropecé con un artículo del maestro con patente de corso que me precede dedicado a aquella novela; era un artículo rebosante de entusiasmo y generosidad, vibrante de un ardor que yo no merecía. Me tiré todo el domingo absorto en la lectura de aquel artículo de Arturo Pérez-Reverte (juraría que hasta se me olvidó ir a misa, negligencia imperdonable en un bradomín como yo), hasta llegar a aprendérmelo de memoria; de algún modo misterioso, aquel artículo me sirvió para descubrir que yo era un escritor «real y no fingido», que al menos había una persona en el mundo dispuesta a rescatarme del cubo de la basura. Yo contaba entonces apenas 26 años; y aquel artículo, firmado por quien lo firmaba y publicado en la revista que lo publicaba, me confirmó para siempre en mi vocación, fue el espaldarazo que necesitaba para acometer sin titubeos el incierto futuro que me arañaba con sus garras. También fue el detonante de una amistad trenzada de confidencias con Pérez-Reverte; una amistad que guardo como un tesoro precioso, aunque el tiempo haya extinguido su brillo. Vi por última vez a Arturo Pérez-Reverte hace casi un año: fue un encuentro apresurado y azaroso, entre la turbamulta de unos grandes almacenes; pero él debió de verme algo desportillado o deshecho, y me preguntó la causa de mi mal. Cuando se la revelé me abrazó muy virilmente, me abrazó de ese modo con que se expresan las pasiones más sobrias, sinceras y ancestrales y me dijo que contase con él si necesitaba tomar un copazo con un amigo. Aunque él no lo supiese, era la segunda vez que me rescataba del cubo de la basura.

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