Palique
Las libertades públicas están de enhorabuena
Santi Lucas
11 de mayo de 2006.
La Justicia le ha proporcionado al Gobierno de Rodríguez Zapatero el más serio correctivo que puede recibir un gobierno democrático. Cuando las libertades públicas se cuestionan, se abusa de la autoridad y se pisotean los derechos fundamentales de las personas, sólo cabe que el Estado de Derecho resplandezca sin contemplaciones políticas. Ése es nuestro más valioso patrimonio y la carencia más llamativa de los gobiernos despóticos.Así ha sucedido en la Audiencia Provincial de Madrid con una sentencia que aprecia delitos de falsificación, detención ilegal y coacciones. Los afectados son dos ciudadanos madrileños (ése es el único título válido para lo que se trata) que alguien quiso castigar, tal vez al azar o para cumplir un vaticinio oficial de detenciones, por asistir a una manifestación organizada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo.La izquierda se ha desplegado al unísono para minimizar el caso. Exageración, desproporción, arbitrariedad… Con ese preámbulo equívoco, pero tan al uso, de respetar todas las decisiones judiciales ("no como otros"), se ha dicho de todo contra la sentencia. La izquierda parece gozar de una patente de democracia incorruptible, genéticamente pura, inmune a la tropelía y los excesos. Para desmentirles, estamos ante un ejemplo que ha retratado fielmente a todos los que exceptúan el respeto a la libertad y a los derechos cuando se trata de personas que no piensan como ellos.El Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, dijo que vociferar es sospechoso de cometer una agresión. José Bono se quejó de oficio, pero no le encontraron los moratones por ninguna parte. Los "derechistas exaltados", que así los calificó Pérez Rubalcaba, fueron vejados por la apisonadora socialista, sin ningún tipo de consideración ni deferencia.Conclusión: Isidoro Barrios y Antonia de la Cruz se cruzaron en sus vidas, en el ejercicio más auténticamente democrático y pacífico de sus principales derechos, con un suceso que les ha marcado para siempre, que nunca debió producirse, ni permitir que sucediera y que sólo se puede resarcir, con un pronunciamiento judicial, claro y esperanzado.Ellos se quedan con el susto, el disgusto y el trato injusto. El entonces ministro del Interior, José Antonio Alonso, se queda tan pancho como ministro de Defensa; el enfermo imaginario y ex ministro de Defensa, José Bono, se queda por primera vez en su vida más callado que un crítico en la ejecutiva socialista. El Delegado del Gobierno, Constantino Méndez, se queda sin cargo, pero con la cesantía; Zapatero, en la cúspide del traspiés histórico, se queda con el baldón, que no es moco de pavo; y el resto, con la enhorabuena.
miércoles, mayo 10, 2006
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