miércoles, mayo 03, 2006

La carrera de la muerte

Palique
La carrera de la muerte
Santi Lucas

4 de mayo de 2006.
Los espeluznantes y periódicos partes de bajas humanas que ofrecen las carreteras españolas, incomparables en su cuantía y empecinamiento a cualquier otra forma de autodestrucción que el hombre haya ideado nunca, han superado hace tiempo la barrera psicológica que podría ayudar a rebajar las cifras de muertos, espantados tal vez los conductores por los efectos de un comportamiento irregular, y se sitúan más bien entre lo muy desagradable, pero cotidiano y asumido socialmente. Con la misma monotonía y reiteración que se publica el saldo del descalabro, con el puntual y pormenorizado número de víctimas, se produce un debate público muy sentido sobre el horror del balance y la imperiosa necesidad de adoptar medidas más (algo) eficaces para contener la sangría rodada de cada fin de semana.Todos las investigaciones y estudios realizados hasta ahora (y son incontables) que han profundizado en las múltiples infracciones normativas, zonas geográficas y puntos kilométricos con siniestros más abundantes, edades al volante particularmente conflictivas, horarios de conducción y fechas con accidentes más frecuentes, campañas de sensibilización pública terroríficas, persuasivas, represoras o asustadizas, sanciones, controles, limitaciones de todas las clases, no han hecho más que darse cabezazos contra la pared y fracasar una y otra vez en sus objetivos.Está resultando imposible corregir el rumbo suicida en las carreteras, como lo es reducir el parque de automóviles o inmovilizarlos selectivamente para morir por turnos, como lo es rebajar la alta y media gama y las elevadas prestaciones de los modelos que masivamente circulan a nuestro alrededor, como lo es aplicar una política integral de seguridad vial bajo una Administración responsable. Algo falla estrepitosamente o falla todo un poco en el tráfico para que la realidad sea tan dura y aciaga. Este gobierno no ha hecho nada por aliviar la situación, al margen de algunas consideraciones desafortunadas, frívolas y de una insufrible pamplina.Parece increíble que corramos tanto y tan descuidados para morir antes. En el último puente festivo he hecho la prueba de no sobrepasar en ningún caso los 120 kilómetros por hora de velocidad, que es el límite máximo permitido, recorriendo un largo trayecto y circulando siempre por autovía y por autopista. Me adelantaban hasta los tractores.

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