martes, mayo 02, 2006

Rosebud

miercoles 3 de mayo de 2006
Rosebud’

Todos escondemos, en algún repliegue de la conciencia, una frustración en apariencia nimia, un sueño, una ilusión traicionada-->

Llega un momento en la vida en que se aquietan las ambiciones: para algunos quizá se trate de un síntoma de vejez; para mí constituye una bendición de la edad, o quizá un efecto benéfico de aquellas palabras del Galileo: «A cada día con su afán le basta». Durante algún tiempo, felizmente pretérito, llegué a concebir la existencia como una carrera de ambiciones; hoy la entiendo más bien como el mantenimiento de una ilusión. Esta vanidad de las ambiciones humanas la ilustra magistralmente Ciudadano Kane, la celebérrima película de Orson Welles: el magnate de la prensa que ha ambicionado –y conseguido– el poder, la fama y la opulencia, en la hora del balance final añora una infancia extinta, simbolizada en una palabra –Rosebud– cuyo significado sólo nos es deparado en los fotogramas finales. Mientras vemos consumirse en la hoguera el trineo que en la niñez alumbró sus juegos, comprendemos que todas las ambiciones mundanas que han ajetreado la existencia del magnate no han sido sino coartadas o subterfugios con los que intentó anestesiar una íntima insatisfacción; pero dicha anestesia se revela inútil, y en la hora definitiva el triunfador que a los ojos de los demás mortales ha materializado todos sus sueños nos muestra pudorosamente una llaga nunca cicatrizada que dilucida su misterio.Todos escondemos, en algún repliegue de la conciencia, nuestro Rosebud particular. A poco que escarbemos en la costra de afanes superficiales, ese Rosebud –una frustración en apariencia nimia, un sueño apenas balbucido, una ilusión traicionada– emerge, con la devastadora fuerza de un iceberg. Las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me permitirán que les confiese aquí cuál es el mío. Mientras fui niño, mi abuelo nunca dejó de hablarme de ladehesa de su pueblo, un ámbito casi mitológico donde habían transcurrido los pasajes más dichosos de su infancia. En aquella dehesa prodigiosa resollaba el jabalí, la víbora deslizaba su escritura sigilosa, las abubillas incendiaban con su plumaje el espesor inmóvil de las encinas. Parte de aquella dehesa había sido anegada por un pantano; pero otra parte aún sobrevivía a los avances del progreso, aguardando que yo la descubriera. Año tras año, mi abuelo planeaba conmigo una visita a la dehesa que había sobresaltado de riesgo y regocijos su infancia campesina; al conjuro de sus palabras me parecía respirar el aroma pegajoso de la jara, me parecía escuchar el laboreo zumbón de las abejas. Aprovecharíamos la celebración de la romería de San Miguel en su pueblo como excusa que justificase nuestra expedición; después de asistir a la romería, nos escaparíamos un par de días a la dehesa, donde dormiríamos al raso, como el vaquerillo de Gabriel y Galán, protegidos tan sólo por una fogata que ahuyentaría a las alimañas. Durante el día, nos alimentaríamos con algún conejo que lográsemos cazar o, en su defecto, con la miel de los panales y las bellotas de robles y encinas. Pero para que aquella proyectada expedición a la Arcadia se hiciese realidad necesitábamos que mis padres nos prestaran su coche; año tras año, mis padres se negaron a hacerlo, recriminando además a mi abuelo que me infundiera ideas tan insensatas y peregrinas.Nunca pudimos disfrutar de aquella proyectada excursión a la dehesa. Y aquel desencanto que tantas veces lastimó mi infancia sigue todavía hoy agazapado en la conciencia, como una serpiente que se enrosca en la garganta y nos estrangula la respiración. Un consuelo me resta: sé que algún día, cuando concluya mi andadura por la tierra, mi abuelo me estará esperando, en algún recodo del camino a ultratumba, con el fardel preparado, para llevarme de la mano hasta aquella dehesa cuya contemplación tantas veces me fue negada. Lucirá un sol como una medalla incandescente, el perfume del romero embriagará el aire, el laboreo zumbón de las abejas su fundirá con el bullicio jovial de nuestra sangre. Avanzaremos intrépidos entre la maleza, tomados de la mano, y a nuestro paso surgirán el jabalí resollante, la víbora sigilosa, la abubilla incendiaria, felices al fin de reunirse connosotros, después de tan larga espera.El cielo existe, y es una dehesa.

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