miercoles 3 de mayo de 2006
¿Arte urbano o mugre?
Intenté adivinar quién podía tener semejante afición como para desplazarse a un lugar perdido y ponerse a destrozar el paisaje-->
Aunque me encanta conducir, últimamente voy redescubriendo las ventajas del tren.Los asientos son cada vez más amplios, no hay grandes aglomeraciones, es posible trabajar o leer con comodidad y se puede ir contemplando el paisaje alegremente sin pensar en que tu coche puede ser embestido en cualquier momento por un Audi nosecuántos a 250 kilómetros por hora. El otro día tomé el tren tras visitar a unos amigos en Salamanca y me quedé maravillada con el deslumbrante paisaje entre Ávila y El Escorial: interminables montes y praderas de un verde intenso cubiertos de flores y sólo habitados por las futuras proveedoras de los chuletones de la tierra. En la mayor parte del trayecto no llegué a ver seres humanos ni casas. Todo muy bucólico. Todo excepto los graffiti que adornan sin excepción los pocos vestigios de chozas a la vista o algunas de las grandes rocas que flanquean la vía. Lo primero que me vino a la cabeza fue intentar adivinar quién podía tener semejante afición a la expresión artística como para desplazarse a un lugar perdido de la mano de Dios con una caja de sprays y ponerse a destrozar el paisaje de esa forma con la única intención de que lo vean los pasajeros de un tren. El segundo pensamiento se lo dediqué a sus santos progenitores.Me sentí algo preocupada. ¿Sería esto un síntoma de la edad? ¿Acabaría convirtiéndome a la religión revisionista de vuelta a las buenas costumbres del príncipe Carlos de Inglaterra?Mi tren se acerca a El Escorial. La sólida imagen del monasterio me hace sentir como si tuviera quinientos años y hubiese presenciado la colocación de sus primeras piedras. Como buena hija de la generación de los sesenta y setenta, siempre había tenido una cierta predisposición a ver los graffiti como una forma indispensable de arte urbano, un cauce de expresión, primero, contra la dictadura y, luego, un símbolo de libertad. Recuerdo, con la correspondiente lagrimita, mi primer viaje a Londres y la sensación que me produjeron las primeras margaritas del flower power que adornaban las severas paredes de la City o la visión escalofriante del muro de Berlín cubierto de arriba abajo de mensajes de esperanza, rabia y fraternidad. O los murales de Keith Haring en New York. Supongo que no me imaginarán ustedes con treinta años menos subiéndome a una escalera con un cubo de pintura, y hacen bien, pero lo cierto es que, gracias a mi timidez y un mal entendido sentido del ridículo, siempre me quedé con las ganas de demostrar mis pocas dotes de artista plástica embadurnando una pared cualquiera.Son una lata estas asignaturas pendientes del pasado. Son como si hubieses tenido un novio fallecido en plena juventud; permanecen idealizadas en el congelador de la memoria en su mejor momento y romper con ellas es un trauma difícil de asumir para cualquiera que tienda a pensar que aquellos tiempos pasados fueron más auténticos e irrepetibles. Como me imagino que les pasa a otros tantos de mi generación, tiendo a amnistiar cualquier fenómeno sociológico actual que me recuerde mínimamente aquellas épocas. La vuelta a los pantalones de campana, por ejemplo, me permite engañarme con la idea de que tampoco hace tanto tiempo que mi madre me echaba la bronca por llegar a las tantas y molestar al sereno. También los zapatos con plataforma o la indumentaria hippy de los sesenta que llevan mis sobrinas adolescentes. Voy llegando a la estación de Chamartín. Los paneles antisonido de ambos lados, las paredes de todas las casas de apartamentos, algunos coches y vagones abandonados en vía muerta están hasta arriba de pintadas. Ni siquiera son dibujos. Son millones de firmas supuestamente originales de descerebrados graffiteros que quizá creen que de esa forma pasarán a una posteridad inevitablemente efímera.Debo resignarme. Sí, estoy mayor. Esas supuestas formas de arte urbano sólo me parecen basura en vertical. No puedo evitar sentirme una traidora, pero creo que no me queda más que el triste futuro de unirme a la cruzada del príncipe Carlos.
martes, mayo 02, 2006
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