viernes 8 de septiembre de 2006
La España de oro
José Meléndez
L A gesta de esos mocetones, que con su altura quieren escrutar a las estrellas desde más cerca, ha devuelto a los españoles la satisfacción del sentimiento patrio, en un momento de crisis de valores, azuzada por una mala gestión y una confusión de conceptos aldeanos. Las banderas españolas han ondeado en Japón y su flamear ha levantado admiración por todo el ancho mundo, una admiración que nosotros mismos parecíamos empeñados en minimizar, pero que ahora ha sido como un bello despertar. El deporte ha representado una de las prácticas mas limpias y mas honradas hasta que la comercialización y la picaresca comenzaron a roer sus fundamentos de competición sana y honesta. El ciclismo, paradigma de la consecución de la gloria deportiva por la entrega y el sufrimiento hasta límites inhumanos, se ha visto vejado por los que quieren participar con trampa. El fútbol, generador de pasiones y lealtades, ha sufrido también la dentellada de los que anteponen los intereses comerciales a la limpieza del deporte y hasta el atletismo, el deporte competitivo por autonomasia, nos ofrece el sórdido espectáculo de atletas que quieren romper por medios prohibidos las limitaciones del organismo humano. En nuestro país, el deporte ha querido –y quiere- ser aprovechado por las taifas lugareñas para sus miopes reivindicaciones, pero, afortunadamente, su empeño no fructifica. Desde el atleta Fermín Cacho, el motociclista Dani Pedrosa o el automovilista Fernando Alonso hasta este equipo de baloncesto de la epopeya de Japón, se han envuelto en la bandera española todos lo que se han coronado campeones del mundo –y la lista no es corta- y se han ganado a pulso la admiración y el reconocimiento de todos los públicos. Estos campeones de la canasta han reivindicado a una generación nueva de españoles, que nada tiene que ver con la que creció poco y mal en la avitaminosis de la postguerra y han demostrado que por encima de los sentimientos regionales –lícitos y respetables- están los de la patria que representan. Pau Gasol, que ha triunfado en el ambiente cosmopolita y multirracial de la NBA, es tan catalán como el nacionalista burgués que, en un arrebato de nacionalismo y una muestra de amor al cava, sentenció que España es un “estado residual”. Desgraciadamente y tal como van las cosas puede que acabe teniendo razón. Y es tan catalán como el dirigente nacionalista Artur Mas, que con una ridícula mezquindad política, ha aprovechado la enorme popularidad del pívot para pedir que le pregunten si prefiere defender los colores de la selección española o de la catalana. Lo que es, además, una estupidez, porque el propio Gasol había dicho dos días antes que jugará siempre con España, porque es español. Y Gasol, que no jugó la final contra Grecia por tener roto el dedo de un pié, pero que llevó a España a esa final en una serie de partidos memorables, se emocionó con lágrimas en los ojos cuando vio la bandera española subir al mástil mas alto. Fue la lección de un hombre, tocado por los dioses, que sabe sentir y comprender el valor de las ocasiones únicas. El deporte le ha dado muchas glorias a España, desde la furia de Amberes que entronizó un concepto racial de entrega y de casta hasta este título logrado en Japón que tiene el extraordinario mérito de haber sido conseguido ante los mejores Goliaths que pasean sus tallas “king size” por todas las canchas del mundo. Y el mérito no menos extraordinario de haber puesto de acuerdo a todos los españoles en la jubilosa celebración y en el orgullo al apreciar la forma en que se ha logrado. España se ha unido en la alegría que nos han proporcionado los baloncestistas. Que esto sirva de lección para otros menesteres menos altruistas pero más fundamentales de los que estamos tan necesitados. Hay un deber nacional de hacer de nuestro país la España del oro también en otros aspectos.
jueves, septiembre 07, 2006
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