jueves 8 de junio de 2006
La epidemia fascista
Por M. MARTÍN FERRAND
AFORTUNADAMENTE, no se dan hoy entre nosotros las condiciones de inestabilidad económica, social y política que, en los años veinte, atribulaban Italia y dieron paso a la toma del poder por Benito Mussolini. Aún así, en un marco de difícil definición, asistimos hoy en España a un inquietante brote de fascismo que, calentado en los invernaderos nacionalistas, crece en toda la periferia nacional, islas incluidas. Es un fascismo atemperado por la renta nacional y atomizado en las diferentes expresiones que ofrece el catálogo nacionalista; pero, como suele ocurrir con las enfermedades invasivas, es sólo cuestión de tiempo que se haga más grande y preciso.
La saña retrospectiva con la que José Luis Rodríguez Zapatero administra el poder, en alianza con todas las formaciones políticas presentes excepto el PP, ha ido debilitando las instituciones liberales que, sin mucho cimiento tradicional, habían crecido en nuestro tiempo democrático. A partir de ahí, confinado el partido que lidera Mariano Rajoy al monopolio de la oposición, el resto de la representación política existente, imperfecta en función de la norma electoral vigente, opera como si de un único partido se tratara. Si se aplica la lupa a la contemplación del fenómeno en las piezas del puzle regional, veremos una versión superlativa de lo mismo, especialmente en Cataluña, donde sólo un diez por ciento de los diputados autonómicos -el grupo que lidera Josep Piqué en el Parlament- escapa a esa alarmante «unificación».
Lo que, como catalizador del fascismo, fue en Italia la arrogancia burguesa es aquí y ahora la de los notables de los partidos nacionalistas, más o menos independentistas; pero -no nos confundamos-, todos con voluntad centrífuga. Como ayer decía Miquel Porta Perales en estas páginas, el ideal del nacionalismo catalán es «la independencia subvencionada por el resto de España» y así, paso a paso, renuncia a renuncia, zapaterada a zapaterada, el Estado se enflaquece para compensar la creciente pujanza de sus metástasis regionales. En el País Vasco la tensión que alivia la composición del Parlamento de Vitoria queda compensada por la saña armada de la banda terrorista que, con sólo su presencia, refuerza la «ideología» de los partidos locales de corte nacionalista, legales o ilegales.
Ese disimulado totalitarismo fáctico, maquillado con protestas pluralistas y vacíos ritos parlamentarios, se complementa en el muestrario político del momento con los brotes de los mínimos, pero ruidosos, grupúsculos de la extrema derecha. El germen está sembrado y tiene contenido suficiente para provocar la alarma de los ciudadanos que todavía no hayan perdido el sentido común. Solo cabe esperar que vuelvan a él los grandes partidos de ámbito nacional y, superada la tentación electorera, piensen que España es su única razón de ser. Toda España
miércoles, junio 07, 2006
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