miércoles, junio 21, 2006

Iglesia y unidad nacional (obispos con freno y matcha atrás)

Iglesia y unidad nacional (obispos con freno y marcha atrás)
José Javier Esparza

22 de junio de 2006. Voces muy autorizadas de la Iglesia española habían anunciado algo importantísimo: un documento donde la Conferencia Episcopal defendería la unidad de España como un "bien moral". Los nacionalistas vascos y catalanes no tardaron en plantear su opinión adversa. Ahora se ha hecho público que no habrá tal documento. Tras este freno y marcha atrás se adivina la intervención de los obispos vascos y catalanes, empezando por monseñor Blázquez, presidente de la CEE y obispo de Bilbao.Cataluña y el País Vasco han sido dos regiones fundamentales en la solidez del catolicismo español. "Han sido", es decir, pretérito perfecto; ya no lo son. Hace muchos años que la religión retrocede allí a pasos agigantados. Los seminarios de esas diócesis han sufrido una sangría aterradora. Las sociedades catalana y vasca se han secularizado a toda velocidad y más intensamente que otras regiones españolas. La persistente identificación entre la jerarquía eclesiástica y los nacionalismos locales no ha frenado el proceso; incluso puede decirse que ha ocurrido al contrario.Bajo el gobierno de sendos partidos demócrata-cristianos, como el PNV y Convergència i Unió (concretamente Unió), y con los obispos del lugar siempre dispuestos a reconfortar los sentimientos identitarios de las oligarquías locales, Cataluña y el País Vasco han dejado de ser católicas. En el País Vasco, la permanente iniquidad moral del terror ha hecho estragos entre los fieles; la antañona presencia social de la Iglesia tampoco ha impedido que se legalice la adopción de niños por parejas homosexuales. Respecto a Cataluña, hace poco el Sunday Telegraph contaba que Barcelona se ha convertido en la capital europea del aborto. La influencia de los principios católicos en la sociedad catalana es mínima; al revés, más bien parece que allí los obispos se mimetizan con el ambiente, como ha ocurrido con el Estatut. En tales condiciones, se hace difícil entender por qué tantos miramientos con un episcopado cuya relevancia política contrasta con su inoperancia social. Es comprensible que los obispos españoles no quieran dejar en mal lugar al episcopado vasco y catalán. Pero, visto desde abajo, uno se pregunta por qué los episcopados vasco y catalán se empeñan en seguir dejando en mal lugar al conjunto de los católicos españoles.Y desde el punto de vista político: si la Conferencia Episcopal, después de haber levantado la liebre, vuelve ahora sobre sus pasos y rehúsa presentar la unidad nacional como un bien moral, se arriesga a que se interprete lo contrario, a saber, que la unidad de España no es un bien moral. Y si al mismo tiempo los obispos vascos y catalanes mantienen su abusivo alineamiento con el nacionalismo, el mensaje implícito será este: la unidad de España no es un bien moral, pero el nacionalismo vasco y catalán sí puede serlo. Probablemente es injusto ver así las cosas, pero nadie dude que así se verán.

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