viernes 9 de mayo de 2008
De don Leopoldo y de cómo se llegó a la tiranía partitocrática
Ismael Medina
D ON LEOPOLDO CALVO-SOTELO Y BUSTELO traspuso la cortina del misterio el mismo día en que todo eran actos conmemorativos del alzamiento popular del 2 de mayo de 1808 y del manifiesto del alcalde de Móstoles. El día en que los apologistas de la Transición se hacían lenguas de que la Guerra de Independencia supuso el nacimiento de España como Nación y de la modernidad. Y precisamente en una coyuntura en que esa Nación se diluye en “nación de naciones”. Alguien pudo sentir la tentación de escribir que al ex presidente del gobierno don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo le tendió la mano la Providencia para evitarle contemplar el desenlace del transaccionismo democratizador al que tanto contribuyó. Alaban su capacidad para la ironía, muy gallega, casi todos los que se han sumado en los medios al oleaje necrológico. Y si el alma ha llevado consigo su ironía al Más Allá doy por seguro que las pompas oficiales, la cínica oratoria de Bono y la necrofilia desatada en los medios le habrán dado motivos bastantes para desplegarla. No sé si en ese mundo ignorado de la Eternidad habrá hemerotecas con archivos invisibles en que todo está escrito. Pero de haberlas, de existir una memoria infinita colgada de las estrellas, el alma de don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo tendrá ocasión sobrada para cotejar lo que de él se ha dicho y escrito en estos días con lo que de él dijeron y escribieron tantos de esos para escarnecerle, sobre todo cuando le llegó la hora del retiro político. Han aprovechado su muerte para convertirlo en espectáculo. En pretexto indigno para desviar la atención durante unos días sobre el caos en que España agoniza. Para apropiarse de sus discutidos méritos y convertirlos en globos oratorios. DE LOS HIJOS DEMÓCRATAS DEL PODER FRANQUISTA DON LEOPOLDO CALVO-SOTELO Y BUSTELO (hay pocos políticos del posfranquismo, o ninguno, a quienes les cuadre el don por talante como a él) fue hombre de su tiempo y de la clase social bien instalada en el régimen de Franco de la que provenía. Su matrimonio con una hija de Ibáñez Martín, cuya robusta confesionalidad dejó huella en el ministerio de Educación, no fue insólita, como tampoco que tuviera como cuñado a Fernando Morán. No fueron los únicos. Por familia y profesión se movían en los círculos de poder. También sucede ahora con los hijos de algunos enriquecidos profesionales socialistas de la política. Don Leopoldo hizo su primera andadura política en las Juventudes Monárquicas, defensoras de los presuntos derechos dinásticos de Juan de Borbón y Battenberg (los “juanitos” para quienes ya entonces no comulgábamos con la forma monárquica de Estado), junto Fernando Morán (Tierno Galván lo catequizó para el marxismo cuando en su Academia preparaba las oposición a la Escuela Diplomática), José María Ruíz Gallardón (defraudado muy pronto con el sesgo de la democratización se integraría en fallido partido democrático de Federico Silva Muñoz y Jesús Barros de Lís en cuyo congreso fundacional nos hicimos amigos), amén de otros. También don Leopoldo fundó Unión Monárquica. No fue óbice ese escoramiento dinástico de don Leopoldo para que su inteligencia y su prestigio profesional fueran apreciadas por el régimen de Franco. No me refiero sólo a su condición de consejero delegado de la Unión Española de Explosivos Río Tinto y a la presidencia de RENFE entre 1967 y 1968. También a la de procurador en Cortes en representación de los empresarios del Sindicato de Industrias Químicas (1971). Muerto Franco, pero todavía institucionalmente válido su régimen, fue ministro de Comercio en el gobierno de Carlos Arias Navarro. Estos datos biográficos, omitidos en los panegíricos póstumos, no restan mérito alguno a los valores humanos de don Leopoldo, muy respetables también para mí. Pero fueron sin duda importantes en la maduración de su personalidad y de su posterior peripecia política. Lo paradójico de don Leopoldo, a mi parecer, residía en que, pese a ser un brillante espécimen de la elitista carrera de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, su verdadera vocación era la intelectual, espacio en el que ofreció muestras indudables de conocimiento y talento. Pero, salvo muy contadas excepciones en la Historia, los verdaderos intelectuales (ahora cualquier mindundi cree serlo), hijos de la duda y proclives a la especulación, no suelen ser aptos para la acción política. Generan ideas o las alimentan. Pero la realidad les desborda. El pragmatismo no es lo suyo. Los más sólidos intelectuales que dieron fuelle a la II República no tardaron en proclamar su decepción. Y los que, sin serlo tanto, se abrazaron ansiosamente al poder, como fue el caso de Alcalá Zamora y Azaña, nos condujeron a la catástrofe. No insistiré en la semblanza de don Leopoldo ni de lo que hizo o dejó de hacer. Pero sí creo oportuno, aunque reitere anotaciones dispersas en anteriores crónicas, desmontar no pocas de las medias verdades y falacias que se han deslizado en el proceloso obituario de don Leopoldo. DE LA CONDICIÓN PLURAL DEL RÉGIMEN DE FRANCO EL Decreto de Unificación de 1937 respondió a la necesidad bélica de integrar en el Ejército a todas las unidades de milicias de diverso signo que habían participado en el alzamiento para salvar a España de convertirse en un Estado satélite de la Unión Soviética. Fue uno de los factores que permitieron ganar la guerra. La Unificación llevó consigo la integración en uno sólo de todos los partidos que se habían opuesto, junto al Ejército, a la revolución comunistas preparada para agosto de 1936. Todos los gobiernos de Franco, desde el primero al último, fueron de coalición, atemperando a las circunstancias internas e internacionales el equilibrio de una u otras fuerzas políticas integradas en el Movimiento Nacional. El pragmatismo de Franco se impuso sobre las ideologías de unos y otros, a los que otorgaba parcelas de poder acordes con su origen y pensamiento político. Un juego de contrapesos en el que los ministerios sociales correspondían a falangistas y en el que las formaciones confesionales provenientes de la CEDA, acrecidas con la irrupción de los tecnócratas opusdeístas, dispusieron de ostensible influencia. Franco, acaso por haber vivido desde dentro la II República, y también por inclinación personal, estaba persuadido de que la forma monárquica de Estado sería garantía de estabilidad en el futuro. Por eso procedió a un proceso de instauración monárquica, no de restauración, aunque el elegido fuera Juan Carlos de Borbón y Borbón, al que daría el título de Príncipe de España, no de Asturias, para dejarlo claro. Llamativa paradoja puesto que los monárquicos en aquella España conformaban una irrelevante minoría. Se ha dicho, y está confirmado hasta la saciedad, que los intelectuales se arriman al poder establecido y, como las ratas en los barcos, son los primeros en olfatear la eventualidad de un cambio de régimen y en tomar posiciones respecto a una posible sustitución. Hace bastantes años que un universitario italiano (ahora no encuentro el libro en mi desordenada biblioteca) escogió como tema de su tesis doctoral el comportamiento de intelectuales y políticos de su país durante el régimen mussoliniano. Se valió de muy agudas entrevistas a personajes ya instalados en la democracia. El filósofo Dal Noce y Giorgio Boca, periodista de prestigio ubicado en el socialismo, coincidieron en afirmar que la mayoría de los intelectuales de izquierda y derecha, así como notorios políticos de una u otra tendencia, se incorporaron con entusiasmo al régimen fascista y comenzaron a evadirse cuando percibieron los primeros síntomas de debilidad bélica del III Reich frente a los ejércitos aliados. Ha sucedido siempre y por doquier. España no podía ser una excepción. Las primeras defecciones intelectuales, aunque no del régimen, registraron sus amagos cuando se vislumbraba la victoria aliada y se creía que caería el régimen de Franco. Recuerdo, por ejemplo, la evasión sintomática de muchos y sonados intelectuales y escritores, colaboradores habituales de “Arriba”, que se pasaron a “ABC”. O la posterior pirueta de Dionisio Ridruejo de hacerse socialdemócrata, no por convicción, sino por miedo a que un cambio de régimen le convirtiera en perseguido. DE CÓMO ESPAÑA ESTUVO, SIN ESTAR, EN LA ALIANZA ATLÁNTICA El régimen de Franco supervivió al aislamiento internacional con el respaldo de la mayoría del pueblo español, reacio a verse envuelto en una nueva guerra. Nocontó con respaldo popular atendible y fue desmantelada la invasión del Ejército Popular Republicano, creación soviética en Francia con parte del oro robado por el gobierno Negrín y pronto convertido en macabro bandolerismo. Tampoco las potencias occidentales, escarmentadas con lo sucedido en Italia, podían consentir la reaparición de una España frentepopulista vinculada a la URSS. Wernon A. Walters relata en “Misiones discretas? (Ed. Planeta) los esfuerzos realizados por el general Eisenhower, a la sazón jefe supremo de las fueras aliadas en Europa, para persuadir a los gobiernos europeos de que España entrara en la OTAN. Incluso venció la resistencia del ministro socialista de Defensa en Francia, el más reticente. No fue obstáculo el régimen autoritario de Franco. Antes se había aceptado sin problemas a Portugal, pese a que también lo era su régimen presidido por Oliveira Salazar. Pero Franco persuadió a Washington de que se lograrían iguales efectos respecto a la defensa de Europa frente a la URSS, eludiendo además, roces políticos, mediante acuerdos bilaterales con los Estados Unidos de Norteamérica. Una solución muy ventajosa para España puesto que la entrada en la OTAN acarrearía gastos onerosos para la Hacienda española mientras los acuerdos bilaterales llevaban consigo ventajosas contraprestaciones económicas y militares, además de poderse revisar cada cuatro años. ¿Y acaso los USA no disponían de bases militares propias en toda la Europa de la Organización Atlántico Norte? España estaba en la OTAN sin estarlo. Cuestión de forma nada más. DE CÓMO LO ESTUVO TAMBIÉN EN LA COMUNIDAD ECONÓMICA EUROPEA LOS exegetas de don Leopoldo subrayan lo laboriosa que fue su gestión a la hora de procurar la entrada de España en la Comunidad Europea. Algunos, muy pocos, recuerdan que la oposición de varios de sus integrantes, Francia en primer lugar, radicaba en la defensa de sus propios intereses, en particular los agrícolas, y que de poco valían las apelaciones a la existencia de democracia en España. La ruptura con el inmediato pasado les hizo despreciar antecedentes que le habrían sido muy aleccionadores. De uno de ellos fui testigo en mi condición de director de Información de la Hermandad Nacional de Labradores y Ganaderos. El presidente de la Hermandad, Luís Mombiedro de la Torre, fue elegido para la vicepresidencia de la Asociación Europea de Agricultores y se dio a la tarea de convencer a sus colegas para que apoyaran el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea. El representante holandés fue bastante claro: prometió a Mombiedro que Holanda respaldaría la petición en tanto se opusieran otros países, como Francia y Alemania, aunque si éstos cambiaban de parecer sería Holanda la que se negaría, yas que la competencia de las frutas y hortalizas españoles les resultaría desfavorable, pues lo que el sol daba a España, amén de su variedad climática, ellos habían de conseguirlo artificialmente con elevados costes. También se calla que el Acuerdo Preferencial con la Comunidad Europea logrado por Ullastres, un gran ministros de Franco, era muy ventajoso para España. Casi tanto, e incluso más en algunos ámbitos, que pertenecer a ella. Nos proporcionaba no pocas ventajas y limitadas obligaciones. Así lo han mantenido en más de una ocasión algunos de nuestros más reconocidos economistas. El Acuerdo Preferencial constituía una válida base para negociar ventajosamente el reconocimiento de España como miembro de la Comunidad. Pero al igual que sucedió con el ingreso en la OTAN, había prisa por presentar el ingreso como un reconocimiento político a la “joven democracia”. Prevaleció la imagen sobre el realismo, se negoció mal y se hicieron innecesarias y perturbadoras concesiones a nuestros competidores que todavía nos incordian. Siempre la manía de hacer lo contrario que el predecesor, especialmente viva en el socialismo, la cual repetiría Rodríguez al echar por tierra lo conseguido por Aznar en el acuerdo de Niza. DE LA CONSPIRACIÓN NEOCLERICAL LAS anteriores notas sobre la OTAN y la CEE han roto el hilo del relato sobre los movimientos políticos que en los años sesenta, sobre todo, comenzaron a bullir como preparatorios del posfranquismo. Vuelvo a ellos. El primero y más insidioso, con graves daños para la Iglesia, fue el neoclerical. Lo inició en Madrid el entonces segundo de la Nunciatura. Reunía periódicamente a dos grupos: uno sacerdotal y otro seglar. Al primero asistían no pocos de los que más tarde accederían al episcopado por la puerta falsa del nombramiento de obispos auxiliares que formarían más adelante la guardia pretoriana del cardenal Trancón, amén de varios curas-periodistas de idéntica inclinación. El segundo lo integraban democristianos en cuya selección jugó una papel nada desdeñable Joaquín Ruíz Jiménez, quien llevó consigo a Camacho y Ariza, sus protegidos en Perkins y se amparaban para su acción comunista en las sacristías posconciliares. También las HOAC (Hermandades Obreras de Acción Católica) se escoraron hacia la izquierda lo que supuso su autodestrucción con el paso del tiempo. Los absorbió la democracia laicista por la que habían trabajado. Monseñor Benelli fue desplazado a la titularidad de una Nunciatura africana a instancias del entorno tecnócrata de Carrero Balnco, aunque esgrimiendo motivos que poco tenían que ver con su actividad política. De ahí su resentimiento hacia el Opus Dei. Pablo VI, admirador de la cultura francesa y en particular de Maritain y Bernanos, buscó a sus dos más íntimos colaboradores, el secretario particular, monseñor Machi, y el sustituto de la Secretaría de Estado, monseñor Benelli, por su perfecto conocimiento del francés. Fue la ocasión que éste esperaba para darse con frenesí a preparar una alternativa a la italiana para el posfranquismo. Fió sobre todo en don Vicente Enrique y Tarancón, al que acompañarían en la tarea otros obispos, amén de Ruiz Jiménez en el ámbito seglar. El Colegio Español de San José y la iglesia de Monserrat se convirtieron en los dos principales focos romanos de aquella conspiración en la que no faltaban miembros de los separatismos vascongado y catalán. Fueron tiempos que viví con intensidad durante mi corresponsalía en Roma y de cuyas entresijos dejé constancia en mis crónicas, entre ellos la asidua presencia en el Colegio de San José de la incipiente ETA y de los curas que le daban cobijo en España. Discutí con altas jerarquías de la Curia el error básico de que partía monseñor Benelli. Les advertía que, a diferencia de Italia, la democracia cristiana como alternativa tenía poca viabilidad en España, ya que, por lejana tradición, un católico español podía abrazar cualquier opción política que no violara la doctrina fundamental de la Iglesia, fenómeno éste que se hizo realidad durante la II República pues la CEDA no fue otra cosa sino una confederación ocasional de partidos católicos con objetivos temporales diversos y fuera de ella estaban, por ejemplo, el tradicionalismo, los monárquicos y Falange Española. Y que concluiría en fracaso el intento de establecer en España una democracia cristiana a la italiana, a pachas con una izquierda de amplia base. Los democristianos se dieron con presteza a la tarea. Jiménez Fernández, antiguo ministro con la CEDA, formó un grupo con sus alumnos de la Facultad de Derecho sevillana que se reunían en los bajos del Palacio Arzobispal, los más de ellos hijos de la burguesía guadalqueriveña. Ruíz Jiménez hizo otro tanto en Madrid con jóvenes que, en su mayoría, habían estudiado en el Colegio del Pilar, a los más de los cuales reuniría en “Cuadernos para el Diálogo”. El progresista Pallach hizo otro tanto en Barcelona. Y a la sombra de la Asociación Nacional de Propagandistas y con “Ya” como tribuna se reunieron una serie de jóvenes democristianos, pertenecientes a profesiones de elite, que publicaban bajo la firma colectiva de Tácito. DE LA DEMOCRATIZACIÓN PROGRAMADA POR EL RÉGIMEN DE FRANCO LAS Leyes Fundamentales del Estado Nacional configuraban una constitución abierta tan válida como cualquiera de las constituciones convencionales. No fueron resultado de una improvisación. Preveían mecanismos para su reforma que podrían alcanzar incluso el cambio del sistema político. Franco era consciente de que el régimen cuya jefatura encarnaba no sobreviviría a su muerte. Su propia configuración interna de coalición de fuerzas políticas contradictorias y las circunstancias internacionales hacían problemática su continuidad. Se lo dijo con toda claridad a Wernon A. Walters en el verano de 1973 cuando el presidente Nixon lo envió a Madrid en misión secreta para preguntar directamente a Franco cuales eran sus previsiones sucesorias. Sintetizo su respuesta, la cual puede encontrarse en el libro de Walters antes citado: le sucedería el Príncipe de España que encabezaría la democracia que deseaban los Estados Unidos de Norteamérica; pero el cambio se produciría en paz, merced a la nueva y extensa clase media que legaba a España y al respaldo del Ejército. Carrero Blanco, nombrado presidente del Gobierno, se aplicó con sus colaboradores tecnócratas y monárquicos al diseño de la transición posfranquista a la democracia, la cual se preveía mediante sucesivas reformas de las Leyes Fundamentales. La democracia sería la consecuencia legítima del propio régimen. Se equivocaban quienes dentro y fuera de España consideraban que Carrero Blanco tenía como misión una rígida continuación del régimen. Entre ellos, quienes incitaron a su asesinato. No tomaron en consideración que Carrero era un ferviente monárquico y desconocían que haría suya sin pestañear cualquier orden del Príncipe de España cuando llegara a ser rey. La pieza fundamental del esquema era un partido de corte neogaullista que tendría a su derecha a un partido testimomial, Fuerza Nueva, que le diera crédito democrático. Y un partido socialista de nuevo cuño y corte socialdemócrata, desgajado del socialismo atrincherado en el exilio a cuyo frente estaba Rodolfo Llopis. Fue laboriosa la tarea de crear ese “socialismo del interior” encomendada al SECED cuyos agentes echaron las redes en el grupo sevillano de Jiménez Fernández, el cual, como el de Ruiz Jiménez, había derivado a “cristianos para el socialismo”. El elegido para encabezarlo fue Felipe González, al que en una oficina de exportaciones de la calle Españoleto de Madrid, tapadera del SECED, le hacían los pasaportes falsos y le dieron el nombre de guerra de “Isidoro”. Para que Felipe González triunfara en el Congreso de Suressnes un inspector de Policía desvió hacia él, mediante pago en metálico, de diez votos comprometidos con Nicolás Redondo y Pablo Castellanos. El partido de centro y corte neogaullista nació como Unión del Pueblo Español y agrupaba en su dirección a hombres conocidos del franquismo, entre los que se encontraba Adolfo Suárez, quien se había ganado la confianza de Carrero y del Príncipe de España y encaramado a la Secretaría General del Movimiento tras la misteriosa muerte de Herrero Tejedor. DE CÓMO EL CLUB DE BILDERBERG HIZO SUYOS LOS DESEOS DEL PRÍNCIPE DE ESPAÑA EL Club de Bilderberg, y no es un inciso necesario recordarlo, convocó una reunión extraordinaria en septiembre de 1975 bajo la presidencia del general Haig. Se celebró en el Hotel Son Vida de Palma de Mallorca con dos únicos temas en la agenda: Portugal y España. A instancias del todavía Príncipe de España, según trascendió, se acordó que el tránsito a la monarquía parlamentaria de partidos debía encomendarse a “hombres nuevos”. Por tales no se entendía, como se ha pretendido sostener, a hombres que no estuvieran implicados en el régimen de Franco, sino que pertenecieran de manera preferente a la generación del don Juan Carlos. Todo estaba calculado. Creo innecesario recordar en este punto que el monarca metió de matute a Adolfo Suárez en la terna para la presidencia del gobierno. Y asimismo, aunque altere la cronología de los hechos, que éste dejó colgados a sus compañeros de UDPE que en él habían confiado para formar la UCD mediante la agrupación de toda una serie partidillos de muy variado pelaje. De los restos de UDPE nacería Alianza Popular, conocida también como “los siete magníficos”, en torno a la DOGSA de Manuel Fraga, al que en parte nada desdeñable se debió su fracaso, así como sus posteriores vaivenes, hasta la llegada de Aznar y su potenciación del Partido Popular. DE LA LEGALIDAD DEL CAMBIO A LA ILEGITIMIDAD CONSTITUCIONAL DE acuerdo con las previsiones descritas, una vez que el Príncipe de España sucedió a Franco, conforme a las Leyes Fundamentales, se procedió a la puesta en marcha de la Ley de Reforma Política y someterla a referéndum tras su aprobación casi unánime por las Cortes del Reino. Referéndum para el que el PSOE, conviene recordarlo, pidió la abstención. También en este caso el resultado fue positivo gracias al voto masivo de los que se dio en llamar” franquismo sociológico”. Y luego, convocadas elecciones partitocráticas, dio un triunfo holgado a las listas de UCD. Hasta aquí todo discurrió en términos de legalidad. Pero la conversión de aquellas Cortes en Cortes constituyentes, sin haber sido convocadas como tales las elecciones, fue un inequívoco golpe de Estado a que aquejaba de ilegitimidad de origen al nuevo Estado surgente. La constitución resultante de un prolongado trapicheo fue detestable cañamazo y cuyas consecuencias las padecemos hoy en su máxima gravedad. UCD habría ganado las siguientes elecciones y permanecido en el poder a no ser por dos acontecimientos encaminados a conseguir que los socialistas llegaran al gobierno para consolidar la forma monárquica de Estado. Me refiero a la voladura interna de UCD, tras una burda conspiración, y a la acción institucional del 23 de febrero de 1981, a la que no sólo se prestaron los militares juzgados y condenados en el arbitrario Consejo de Guerra de Campamento, sino otros muchos, civiles sobre todo, tantos de ellos de relevancias política y empresarial, incluso del propio gobierno, a los que era necesario poner a cubierto. Se consolidó la Monarquía, el monarca fue aclamado como salvador de la democracia y se abrieron las puertas para el acceso al poder de Felipe González y el PSOE, una vez desmantelada desde dentro la UCD. Y DE CÓMO DON LEOPOLDO CUMPLIÓ EL PAPEL QUE CONVENÍA AL MONARCA DON LEOPOLDO CALVO-SOTELO Y BUSTELO, hombre leal a la Monarquía y a su titular, asumió con seriedad y disciplina el papelón de asumir transitoriamente la presidencia del gobierno en el periodo de transición hacia el socialismo felipista y de aceptar la congelación del juicio de Campamento sin que fuera más allá de los “cabezas de turco” condenados al sacrificio. Una anécdota a la que me referido en alguna ocasión confirma que don Leopoldo era consciente del sacrificio que le exigían su fidelidad a la Corona y a la democracia de partidos que había contribuido a instaurar. Se jugaba en el Santiago Bernabéu la final de la Copa del Mundo de Fútbol. Don Leopoldo asistía junto al presidente de la República italiana, Sandro Pertini, un viejo, experimentado y cínico socialista. En un aparte le preguntó Pertini si era cierto el rumor de que se aprestaba a convocar elecciones anticipadas. La respuesta fue afirmativa. “Las ganarán ustedes”, replicó el presidente italiano. A lo que contestó don Leopoldo con su habitual seriedad y medida ironía: “Las vamos a perder”. Pertini no pudo contener su asombro y profirió: “¡Si las elecciones anticipadas se convocan siempre para ganarlas!”. En efecto, las perdió UCD y, según lo previsto, las ganó Felipe González. Don Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo se retiró de la vida política con silente elegancia una vez cumplida su misión sacrificial, el monarca le premió sus servicios con un título nobiliario y en adelante se dedicó a su familia y al cultivo de su sus afanes intelectuales que era precisamente para lo que fue dotado. Ni buscó reivindicarse ni vengarse con revelaciones incómodas de los verdaderos culpables de tanto despropósito. Si acaso, algunas leves y sugerentes ironías. Dudo que alguna vez le pasara por la cabeza que su muerte sería aprovechada con tanta y falsa fanfarria por quienes de él se valieron para sus enjuagues y aquellos otros de los que fue también víctima propiciatoria y le zahirieron sin piedad. Descanse en la paz del Señor.
http://www.vistazoalaprensa.com/firmas_art.asp?id=4609
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario