miércoles, mayo 28, 2008

“Gran hermano”, un signo de los tiempos

Y sin embargo, incluso ahí hay virtud

“Gran hermano”, un signo de los tiempos

Antonio Martínez

29 de mayo de 2008

ANTONIO MARTÍNEZ

Cuando, en el año 2000, Telecinco emitió la primera edición de Gran Hermano, filósofos, sociólogos y psicólogos coincidieron, casi por unanimidad, en condenar un programa que parecía significar una insuperable apoteosis de la telebasura. Hoy, ocho años después, se ha convertido en un clásico de nuestra televisión. Las críticas han dado paso a la costumbre: los telespectadores ya no se imaginan una temporada televisiva sin la correspondiente edición de GH. Mercedes Milá, en un principio tan vilipendiada por prestarse a presentar semejante bazofia, ha recuperado la general estimación de sus colegas. Gran Hermano sigue emitiéndose edición tras edición y “el mundo sigue igual”; o, como diría nuestro inefable Zapatero, “no pasa nada”. O tal vez sí.

Porque sí, sí que pasa. En primer lugar, GH ha representado la caída de un crucial tabú: el tabú del voyeurismo, es decir, de la “mirada pornográfica”. Gran Hermano, al igual que las webcams instaladas en las playas de Copacabana para retransmitir al mundo entero la imagen de las turgentes nalgas de las brasileñas, significa el sueño del moderno voyeur occidental. Cuando ya se ha visto todo, cuando uno está aburrido de todo, cuando hasta las mejores películas sólo despiertan un muy relativo interés –sólo son películas, les falta la fresca autenticidad de lo real-, entonces un Occidente dedicado al ocio desganado y al bostezo pide a los magos de la televisión un remedio contra su mal. Y la televisión, acudiendo en su auxilio, responde: con un chute de realidad en directo, con una generosa dosis de droga voyeurista en vena, es decir, con Gran Hermano. Gran Hermano es, pues, una especie de símbolo: la respuesta al tedio de Occidente, al tedio de una cultura inmersa en la más absoluta desorientación.

Ahora bien: el simple voyeurismo no era un lenitivo suficiente para los males de una sociedad tan enfermiza como la nuestra. No bastaba con mostrar las intimidades de unos concursantes cualesquiera, que pasaran, de la manera que a ellos les pareciera mejor, sus tres meses de encierro. Había que provocar intencionadamente el conflicto y el morbo, como se ha venido haciendo –cada vez con más descaro- en sucesivas ediciones. Y ello no sólo para que hubiera más carnaza y más “tema de conversación”, sino por un inconfesable motivo filosófico de fondo: pues la cultura posmoderna –y GH es un programa completamente posmoderno- se complace en presentar una imagen degradada y denigrante del ser humano. La cultura todavía más o menos tradicional sabía que el hombre es frágil, débil, pero que, al mismo tiempo, alberga una grandiosa dignidad espiritual: por lo tanto, al hombre hay que tenerle un respeto. Pero, desde Sartre, Foucault, los estructuralistas, los post-estructuralistas y toda aquella funesta fauna filosófica de la década de 1970, también este tabú –el tabú del respeto al ser humano- ha pasado a mejor vida.

En efecto. Los posmodernos lo afirman complacidos y con un irónico cinismo: el hombre es un ser ridículo, mezquino, atado –cual simplicísimo vegetal vegetante- a unos tropismos vergonzosos y pueriles (unas tetas, un culo, unas vacaciones pagadas en Cancún, un puñado de billetes). En fórmula lapidaria: el hombre es una auténtica mierda. Y, en consecuencia, también lo son las relaciones humanas, irremediablemente condenadas a cumplir la ley de la entropía. Todo degenera, todo se estropea, todo se degrada. Y lo demostramos: ponga usted a convivir a quince personas dentro de una casa –es lo que hace GH-, y verá lo que pasa. El primer día todo son saludos, abrazos y buen rollo. Pero, cuando lleven una semana...: envidias, traiciones, enfrentamientos, insultos, camarillas, maledicencias, engaños, peleas, recelos, puñaladas por la espalda etc., etc. Y no tenemos nada de lo que extrañarnos: ¿acaso no sabíamos ya, desde Sartre, que “el infierno son los otros”? Corolario: nadie da nada a cambio de nada, el amor es imposible, las relaciones humanas se reducen a un juego de intercambios psicológicos ambiguos. Un juego en el que lo más inteligente es volverse escéptico respecto al amor y no arriesgar demasiado: porque, al final, uno sólo puede contar con uno mismo.

Gran Hermano, enemigo del hombre

Tal es la corrosiva visión filosófica de la vida humana que, a través de una sutil manipulación, pretende difundir Gran Hermano. Los creadores de GH –la productora holandesa Endemol- no creen en el hombre porque la sociedad posmoderna tampoco cree en el hombre. Y resulta altamente revelador que, en general, simpatice con GH la gente que, sociológica e ideológicamente, se sitúa de un modo u otro en eso que llamamos “la izquierda”. En realidad, lo hace porque, si el ser humano es una bazofia, si no posee dignidad espiritual alguna, entonces todos los experimentos degradatorios están permitidos; entonces somos libres para experimentar como nos plazca con el ser humano (¿qué tal ya desde el embrión?), siempre –claro está- en nombre de la “libertad”, gran dadá o concepto-fetiche que, en la época de un pensamiento anestesiado, proporciona cobertura a las más inauditas fechorías.

En resumen: que el voyeurismo pornográfico y la degradación del hombre son los dos más evidentes cargos que se pueden formular contra Gran Hermano. Por lo tanto, desde una posición filosófica razonable y tradicional, habría que condenar sin paliativos tamaña monstruosidad y, simplemente, negarse a ver el programa. Lo cual es, sin duda, una opción legítima y sana, un saludable acto de desobediencia civil. Y, sin embargo…

Sin embargo, también Gran Hermano tiene su lado positivo. Y ello porque, en general –y aunque también han ganado varios frikis-, los telespectadores suelen elegir como ganador a la persona que, entre los concursantes, es –podríamos decir- más potable como ser humano: la más leal, la que menos conflictos crea, la más pacífica y conciliadora, la que se mete en menos líos, la que muestra una mayor dosis de madurez y equilibrio, la que tiene mejor corazón. Y no la que finge todo esto ante las cámaras –es imposible fingir todo el tiempo-, sino la que lo es de verdad. Es decir: la audiencia, desmintiendo la filosofía del programa, al final premia la virtud. O, dicho de otra forma: toda esa masa de borregos incultos y manipulados que, igual que se ríen con Aída, se rebajan a ver GH, al final no consigue ser infiel a lo que le dice su conciencia. De modo que, en medio del universo de la telebasura y de tantas y tantas cosas que se degradan, todavía hay motivos para la esperanza. Los posmodernos querrían una vida sin esperanza y en la que el hombre se refocilase en su propia degradación. Pero esa masa primitiva que come en los McDonald’s, se compra la ropa en el Carrefour y ve Aída y Gran Hermano, ese proletariado del Occidente profundo, aun en medio de su monumental ignorancia, sigue conservando un buen criterio intuitivo, al menos para ciertas cosas. Y es que, por mucho que les pese a los posmodernos, todos esos vulgarísimos proletarios son hombres y mujeres que han sido creados por Dios, y Dios nunca deja del todo de estar en ellos.

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=2278

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