La ciénaga mediática del referéndum revive las dos visiones de España
Aniano Gago
Cada partido político, seguido fielmente por sus medios de comunicación afines, ha reflejado las dos mitades que cantó Antonio Machado. Lo curioso es quiénes se consideran los progresistas.
21 de junio de 2006. Los medios de comunicación en España han vuelto al siglo XIX, donde cada partido tenía su órgano, su periódico, y estaba muy bien definida cada ideología, cada líder, cada interés. Las crónicas escritas y los titulares del día después del referéndum de Cataluña fueron la viva imagen de lo que digo: dos análisis totalmente distintos en función del cristal político con que se mirara. Los del sí estaban encantados: éxito rotundo por el número de votos a su favor, olvidándose y no entrando para nada en la abstención, superior al 50%. Los del no, en cambio, se acogieron a esto como recurso a sus planteamientos previos. Las dos Españas reflejadas en Cataluña. Las dos Españas de Machado. Las dos Españas de siempre. Las dos formas de ver las cosas al margen de la más mínima concesión al análisis razonado y razonable. Para los de Zapatero, Maragall y Mas lo importante fue ganar, que el tiempo todo lo borra, y el Estatuto ahí está después de tanta tralla. Para Rajoy, un desastre, un fracaso: sólo uno de cada tres ha respaldado el nuevo texto. Carod-Rovira, con su "no" a cuestas, sólo ha tenido una obsesión: apoderarse de la abstención, con vistas a las próximas elecciones. Aquí siempre pasa lo mismo: lo de menos es la realidad y los ciudadanos; lo importante es el partido y los intereses de los que ahí andamos. Esta España no tiene remedio ni solución, y es absurdo preguntarse qué es España, más allá de constatar con harta frecuencia que es un ente en la que dos camadas de lobos hambrientos y cainitas buscan su presa, que es la otra camada. España, después del referéndum de Cataluña, sigue siendo un lugar en el mapa donde, en general, se vive bastante bien, a pesar de nosotros mismos, sus habitantes. No quiero ni pensar qué sería de esto, en estos momentos, si no estuviéramos en el correccional de la Unión Europea. No tenemos más recorrido que el que nos recuerda nuestra propia historia. No tenemos solución. Seguimos pensando con el corazón y nos apasionamos del interés egoísta, o sea, el otro cerebro que tenemos: el bolsillo y la pela particular. La infinita variedad de etnias y pueblos que por aquí han pasado a lo largo de la historia nos generaron una forma de ser poco meditada, muy calurosa siempre. Belicosos goyescos y amantes del fuego, incluso para pisarlo con un par. Siempre el riesgo, el valor, la osadía, la temeridad incluso. Lejos la reflexión, la solidaridad, la unión o la amistad. Aquí los independentistas, como los republicanos catalanes, se consideran progresistas, cuando huelen a naftalina y alcanfor. Y lo mismo pasa con los vascos: hasta los nacionalistas de Arzallus, Imaz e Ibarretxe se consideran gente progresista y tildan a los del PP de cavernícolas. Los nacionalistas catalanes, burgueses todos, tanto socialistas como de CiU, van por la vida de modernos, abiertos y progres, y tachan a los del PP de derecha rancia y antigua. Y resulta que los nacionalistas socialistas son intransigentes, no siguen la ideología de Pablo Iglesias y se pasan por el forro todos los conceptos relativos a la solidaridad entre gentes y pueblos. Si hablamos de Jordi Pujol y Artur Mas nos encontramos con la burguesía férrea y derechota xenófoba. Eso sí, todo con mucha educación y seny, dispuestos siempre a tirar el canto y esconder la mano. Si nos referimos a Durán Lleida, hay que decir que además de lo anterior es un fanático cristiano, amigo de todo lo cercano a la Iglesia y sus doctrinas; o sea, todo lo que externamente se le critica a la gente del PP. La única diferencia es que el PP prefiere una Cataluña más integrada en España y los otros al revés. Pero el caso es que unos pasan por modernitos y los otros por antigualla. ¿Realmente tiene algo que hacer en Cataluña Piqué y compañía, excepto ejercer la oposición? Toda esa imagen general viene dada por los medios de comunicación: rácanos y tendenciosos, sin escrúpulos; los de un lado y los de otro. Ya no queda ponderación ni equilibrio ni transparencia. Todo por dinero. Como la política. Y los periodistas, y los columnistas, y los adjuntos, todos igual: en la ciénaga del medio. Paul Preston escribió un libro sobre la Guerra Civil española que tituló Las tres Españas del 36. Con razón, porque en aquel desastre -máxima cumbre de nuestra forma de entender la convivencia- hubo mucha gente que no perteneció ni a una banda ni a la otra. Pero ni unos ni otros les dejaron. Les obligaron a meterse en la mierda. Eso sí, les daban otras alternativas: pegarse un tiro y volverse locos. En estas dos Españas de siempre no existe la posibilidad de formar parte de la tercera. En el referéndum de Cataluña se ha vuelto a demostrar. Ciutadans de Catalunya, que lo intentó, terminó embarrado, aunque su "no" no irá como el del PP ni como el de ERC. Pero es que no se puede estar en medio de la tapia, que dice el proverbio chino, esperando a ver hacia dónde nos tiramos. Ni en medio de la carretera, que te atropellan. Luego ¿qué hacer? Pues o seguir así o continuar como estamos, que decía Forges. ¡Qué país, Miquelarena, qué país!
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