miércoles, junio 07, 2006

El dia de la bestia o las bestias de nuestros dias

jueves 8 de junio de 2006
EL DIA DE LA BESTIA O LAS BESTIAS DE NUESTROS DÍAS.
Félix Arbolí

D ICEN que hoy, cuando escribo este artículo, es el “Día de la Bestia” que, traducido a la creencia o fantasía popular y narraciones apocalípticas, es cuando dicen que nace el Anticristo y se acerca el final de la Humanidad. Sobre este tema ya llueve y demasiado sobre mojado. Yo recuerdo aquellos libros de historia que dábamos en el bachiller, en los que nos contaban el pavor, las públicas penitencias y peregrinaciones multitudinarias, con ocasión de la llegada del primer milenio, en los que los hombres de esa época cifraban el final de los tiempos. Así como cuando asolaban a pueblos, ciudades y países las nefastas epidemias de la peste, el cólera y otras “maldiciones bíblicas”, inequívocas señales de que estábamos a las puertas, en los prolegómenos de la catástrofe universal, el final de la Humanidad. La Iglesia, dominante absoluta de voluntades y creencias en aquellos años de oscuridad cultural, se encargaba de airear y alentar esos malos presagios con el objeto de que las “ovejas humanas” tornaran dócilmente al redil y se entregaran totalmente al dictado exclusivo de sus pastores. Hugo Wast, escritor argentino de moda durante mis años juveniles, (falleció en 1968 y vivió a caballo entre los dos siglos), del que conservo casi la colección completa de sus libros, escribió entre sus numerosas obras, una trilogía dedicada a este temido final del mundo, con los títulos de “El sexto sello”, “ Juana Tabor” y el “666”, donde forjaba una trama realmente interesante y muy adelantada a su época, sobre este periodo de apostasías, calamidades, anticlericalismos y dominación diabólica, que yo leía asombrado y tan entusiasmado como ahora se leen las novelas de Kem Follet, Zafón, Pérez Reverte y demás compañeros privilegiados en el arte de llenar las librerías y bibliotecas particulares. Eran los “best sellers” de aquellos años que he logrado encontrar y adquirir a base de visitas al Rastro, viejas librerías y hasta colecciones particulares, no para leerlos nuevamente, sino para guardarlos con cariño como recuerdo y testimonio de mis mejores novelas juveniles, junto a las de Julio Verne, Daniel Defoe, Emilio Salgari y otros autores que en aquellos años ocupaban nuestras estanterías. Lo que debo confesar, me da vergüenza escribirlo, es que nunca he sido entusiasta de los comics o tebeos de entonces, y los había super divertidos, magníficamente ilustrados y con unas historias y hazañas realmente sorprendentes. Pero nunca he tenido paciencia para ir pasando en la lectura del texto a los “bocadillos” de los personajes y a la inversa y terminaba por abandonar su lectura apenas iniciada. Para mi hijo el pequeño, un auténtico forofo de los mismos, resulta incomprensible mi indiferencia y desgana hacia esos “tesoros” de la imaginación y el dibujo. El tiene las colecciones completas, que debe sabérselas de memoria y puedo asegurar que antes se queda sin comer, que vender uno solo de sus ejemplares. Me regaló uno que habla del belicismo histórico, ampliamente demostrado, de los Estados Unidos y aunque el tema me resulta muy interesante y enriquecedor, no he sido capaz de llegar hasta el final. Lo siento, es algo irremediable a lo largo de mi vida. Bueno, pues hablando de la “fatídica” y “satánica” fecha de hoy, según los agoreros y apocalípticos, el hijo que refiero al hablar sobre este tipo de lecturas, nació a las seis de la mañana, pesó cinco kilos novecientos cincuenta gramos (seis, podríamos decir), del día dieciséis de junio ( día dieciséis y mes sexto) del año 1966. Más seis ni en las barajas de Heraclio Fournier, Según estos tratadistas y expertos en cuestiones esotéricas, profecías y demás, mi hijo es un aspirante idóneo para tener identificaciones con la Bestia. ¡Pobrecito mío, si es la bondad personificada y capaz de enmudecer, antes que poder ofender!. Si él es la Bestia, yo debo ser Popeye el marino y no se ni siquiera nadar. ¡Ojalá esa maldición o amenaza bíblica narrada por San Juan en su “Apocalipsis, tuviera la bondad, la sensibilidad y la fuerza del amor hacia el género humano, que tiene mi hijo!. El mundo respiraría tranquilo. Que el mundo camina hacia su final, nadie lo pone en duda. Pero no es, según mi parecer, por la llegada de la Bestia demoníaca, sino por los descalabros, errores, abusos e insensateces de esa otra bestia que llevamos dentro cada ser humano. Esa irresponsabilidad en tomar decisiones y esa inquina hacia el prójimo, que nos hace pasar indiferentes e incluso alardeando de suerte y poderío, hacia el semejante que se cruza en nuestro camino, sin más equipajes que la usada ropa puesta, más alternativas que las sobras de los contenedores, ni más calor y luz que la recibida de la luna y las estrellas para poder conciliar el sueño, cuando la climatología se lo permite. Esas guerras horribles y desproporcionadas, donde se experimentan artificios y maneras con las que lograr mayor sufrimiento, calamidades y hasta el máximo exterminio entre sus enemigos que, en la mayoría de los casos, su único pecado es contar con gas, petróleo, diamantes o cualquier otra fuente de riqueza, ambicionados por ese señor que de su sombrero de copa y bandera estrellada, en lugar de conejos y palomas, saca tanques, bombarderos y misiles y que huye o se hace el sordo cuando en ese país, solo puede encontrar hambruna, pobreza y emigración descontrolada. El Anticristo ese, hace ya mucho tiempo que se encuentra entre nosotros con los terremotos, volcanes y maremotos que sólo castigan ferozmente, como auténtica tragedia de proporciones internacionales, a los países tercermundistas, que no han tenido la suerte y los medios necesarios para poder prepararse convenientemente y evitarlos o, al menos, aminorar sus efectos devastadores. Siempre son los mismos lo que cargan con todas las desgracias del género humano, salvando de la tragedia a los verdaderos culpables de tanta desigualdad, abusos e injustificable manera de proceder a lo largo de la historia. El Anticristo es esa marea antieclesíastica ( no tiene nada que ver con la anticlerical, donde nos referimos a seres humanos y no a Institución Divina), que se va extendiendo como un reguero de pólvora en todas las instancias sociales, culturales y políticas, sin que nadie se atreva a alzar la voz para prevenir esa ola rugiente e imparable que ataca sin miramientos, ni el más mínimo respeto y consideración a las figuras más sagradas y veneradas del Cristianismo. Eso, sí, que esos “valientes profetas del ateísmo” no se atrevan a citar a Mahoma y al Corán, como desfasadas propuestas de una ceguera intelectual o incultura racional. ¿A que no tienen los mismos arrestos y gallardías de hacerlo con la religión islámica?. ¿Es que su sapiencia no le dicta los mismos argumentos de descrédito y ofensas que cuando se trata del hablar sobre el Cristianismo?. Ahí, todos los cantamañanas de turno, los “piantes” del agnosticismo, los privilegiados cerebros de lo “antidivino”, se callan y se escurren como gastos escaldados, porque sus teorías y sus soflamas le pueden producir” mucha pupa” y no tienen los cojones, si cojones, ( perdón), suficientes para lanzarse al ruedo a lidiar con un mihura, sólo lo hacen cuando se trata de indefensos corderillos o personas no aptas para luchas y verborreas con cretinos. Y conste que no soy nada meapilas. No suelo ir a misa, ni cumplo mis obligaciones como católico. Debo reconocerlo, no como un mérito, todo lo contrario. No les escribe el clásico beato o ratón de sacristía, ya que ignoro incluso como se reza el nuevo Padrenuestro, porque sólo me acuerdo el que se usaba en mis tiempos de chaval. Pero ello no es óbice para que me inspiren respeto los símbolos y figuras sagradas de mi Religión y sufra mi sensibilidad cuando algún energúmeno, de los muchos que parecen haber salido ahora de otros armarios, ( cuyas aperturas parecen estar muy de moda en todas las cuestiones antes ocultas), despotrica, se mofa y hace chistes absurdos y groseros sobre las mismas. Como esa fiebre de apostasías que ahora parecen invadirnos también y de la que alardean algunas presentadoras o reporteras ante la pequeña pantalla, como si estuvieran ofreciendo el reportaje de su vida, detallando los datos y requisitos necesarios para poder renegar de la fe que hasta entonces hemos profesado. Así lo hizo una “llamémosle compañera” (por lo de la profesión), en una cadena televisiva y lo realizaba con choteo y engaños a los distintos estamentos eclesiásticos consultados. Como la que estaba descubriendo un nuevo mundo o presentando un reportaje digno de portada. Sentí vergüenza ajena de esa señorita que se creía ingeniosa y hábil y resultaba grotesca y vergonzosa. Si éste es el nuevo periodismo, no me siento para nada identificado con estos mensajeros de la falacia, la falta de respeto a todo cuanto lo merece y la escasez imaginativa de la que hacen galas las nuevas camadas de una profesión seria, honesta y veraz que están convirtiendo en un circo donde lo que más abundan son los enanos.

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