martes, agosto 17, 2010

Eduardo Arroyo, Sobre el nacionalismo cívico y sus consecuencias

martes 17 de agosto de 2010

Sobre el nacionalismo cívico y sus consecuencias

Eduardo Arroyo (Elsemanaldigital.com)

M I buen amigo asturiano sigue mandándome cosas de interés y llama ahora mi atención sobre un notable y antiguo artículo de Jean Raspail con la misma actualidad y amarga frescura que su profético e imprescindible "campamento de los santos", editado por Plaza y Janés en 1979. Se trata de un artículo fechado el 17 de junio de 2004 y titulado La patrie trahie par la République (la patria traicionada por la república). Circula ampliamente por la red pese a que su fuente original -Le Figaro Magazine- lo ha retirado de su website, no sabemos si por necesidades de espacio o por la carga política de alguien políticamente marcado por la jauría la corrección política. La idea central de Raspail es que Francia está sufriendo una transformación "irreversible", en la que su población autóctona está siendo sucesivamente desplazada y sustituida por un conglomerado de norteafricanos, centroafricanos y asiáticos. La situación será irreversible, en opinión del autor, hacia 2050.

En esta columna ya hemos tratado numerosas veces las consecuencias del invierno demográfico y lo que nos jugamos en la batalla contra la decadencia demográfica, no solo de nuestro pueblo, sino de lo que hemos dado en llamar Occidente. Pero no queremos reiterar algo que ya hemos explicado sobradamente. De hecho, es fácil asumir el análisis de Raspail siempre que no sufra uno algún tipo de intoxicación ideológica, bien por la izquierda -nihilismo neomarxista en sus diversas variantes- o por la derecha -fundamentalismo liberal o liberalismo consecuente a secas. Así, todos aquellos que convengan con nosotros en que los modelos sociales y regímenes políticos deben existir exclusivamente en servicio del pueblo -y no sacrificar a los pueblos en aras de sistemas de ideas-, se sumarán claramente al amargo lamento de Raspail. A lo sumo, si uno no es creyente o, específicamente, no es muy cristiano, le sorprenderá la cita final del Apocalipsis con la que cierra su artículo y que no debe chocar a un conocedor de la obra del autor francés, monárquico declarado y plenamente imbuido de la teología política que se deriva del pensamiento monárquico.

Pero, personalmente, los lamentos siempre saben a poco. Hay en ellos un núcleo estéril que le deja a uno preguntándose qué debe hacer, qué debe pensar. Esto lo decimos porque Raspail, que se queja profundamente de ver a Francia convertida en otra cosa, no parece preguntarse quién es el responsable de que los depositarios de una de las cinco naciones más importantes de Occidente prescindan olímpicamente de su responsabilidad ante la historia y ante la sangre de todos aquellos que se sacrificaron para que Francia existiera bajo el sol. La respuesta a este interrogante es muy compleja pero en un primer momento podría argumentarse que los responsables son los propios franceses. Tanto la pregunta como la respuesta podrían dirigirse a todos y cada uno de los pueblos occidentales, que padecen exactamente las mismas patologías, aunque en mayor o menor grado.

De franceses, ingleses, españoles, etc., puede decirse que viven no solo en la ignorancia completa de las razones de existir del mundo en el que están, sino en un nihilismo pleno cuyo fin existencial y embrutecedor consiste en ganar dinero, "pasarlo bien" y vivir entregados a la mera contingencia del día a día. Para la inmensa mayoría, la vida es acudir a un trabajo retribuido, llevar a los niños (uno o dos) al colegio, ir los fines de semana a comer a casa de los suegros y tener un mes de vacaciones. El ocio, que se busca sobremanera, consiste en cumplir con los cánones establecidos de leer el libro de moda, ir a ver la película de moda y, en definitiva, no hacer nada que perturbe el devenir del estado de cosas existente. Por supuesto nadie posee el más mínimo sentido del deber y de la obligación con la patria -y eso sí que los señala Raspail. Cada uno vive en sí y con los suyos pero fuera de eso nada les obliga. Entontecidos por su intimismo sexual y sentimental, sus ansias de "promoción social" y su materialismo práctico, que les remite siempre a lo tangible del aquí y el ahora, nadie considera que todo, absolutamente todo lo que tiene, lo debe a los que fueron antes que él. Y es precisamente aquí donde queremos señalar la existencia de un poderoso tóxico ideológico que se encarga de asegurar que las cosas queden como están: se trata del nacionalismo cívico, propugnado a izquierdas y derechas, como modo de garantizar que el modelo impuesto por el capitalismo global sigue su marcha implacable.

Para el nacionalismo cívico, la pertenencia y la identidad son como un abrigo que se pone y se quita a conveniencia. Así, existen españoles "de origen marroquí", "de origen oriental" o "de origen etíope". Si tienes un pasaporte español, checo o ruso, eres español, checo o ruso, según reza el credo nacionalista cívico. De algún modo, esto implica que por el mero acto de inmigrar y recibir un pasaporte, el receptor prescinde de sus valores en favor de los nuestros, de modo que, para el nacionalismo cívico, debemos dar la bienvenida a todo ese pandemónium de culturas tan "enriquecedor", con el que podemos compartir nuestros valores "indígenas". El modelo del nacionalismo cívico es, especialmente para los liberales más fanáticos, los EEUU, siempre considerados el paradigma del meeting pot de todas las naciones, una amalgama en una marco constitucional que expresa derechos y deberes comunes para todos, y bajo el que subyace un principio de ciudadanía. Especialmente en el caso de las izquierdas, se aduce a menudo el ejemplo mestizo de los pueblos de América del Sur y se dice que "antes fuimos nosotros allí y ahora vienen ellos aquí". Uno y otro argumento son, por igual, sofismas fruto de la propaganda. En el caso de los EEUU, el país fue fundado no por esa amalgama con la que sueña el capitalismo, sino por colonos anglosajones protestantes y, en segundo lugar, por colonos de origen alemán y noreuropeo. Los demás se incorporaron a esa matriz en la medida de su cercanía étnica, de modo que algunas numerosas minorías, demasiado diferentes a los fundadores, se integran en barrios de su propia étnia porque el futuro de la sociedad multiétnica, según muestra la historia, no es la "integración" homogénea sino la balcanización en "guettos". Por otro lado, la naturaleza de los pueblos de América del Sur es profundamente diferente a la de los europeos, dado que mientras que aquí es el pueblo el que crea el Estado, allí es el Estado -en la forma embrionaria dejada por la administración colonial española o portuguesa- la que crean los pueblos que hoy conocemos.

Toda esta ideología del nacionalismo cívico es plenamente coherente con la deslocalización de poblaciones que el capitalismo necesita. Y por eso lo que más odian es una concepción orgánica de la nación que se extienda desde la familia hasta la comunidad y culmine en esa nación, de la que el Estado es solo un instrumento. Cada uno no solo es parte de la red de la comunidad, sino que juega un papel activo en la transmisión y continuación de lo que nos fue legado en el curso de la historia por gracia de la Providencia. De ahí que la idea de estirpe sea profundamente odiada por la concepción economicista del mundo, enemiga principal de todos los pueblos de la tierra. Ellos quieren que todos creamos que la concepción orgánica de la nación ha muerto a manos del mercado, sacrificada en el altar de unas aspiraciones comunes cuya necesidad nadie ve. Quieren que todo el mundo crea que lo que somos se puede comprar y vender y que se adquiere con un sello en una tarjeta de plástico. Por eso, en aras de nuestra libertad, es cada vez más necesario que todos los hombres comprendan que el primer derecho humano, si es que existen derechos y no solo deberes, debería de ser el derecho a la propia identidad, llevando indisolublemente ligada el deber de respetar la del vecino.

La identificación de esta intoxicación ideológica va, creemos, un paso más allá del artículo de Raspail y contribuye a esa labor de esclarecimiento que el hombre de hoy tanto necesita.

http://www.vistazoalaprensa.com/contraportada.asp?Id=2478

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