jueves 12 de junio de 2008
CULTO DEL AMOR DE DIOS
El Corazón de Jesús y los tiempos de taquicardia
Por José Francisco Serrano Oceja
Cuando el pasado viernes los jóvenes madrileños se consagraron al Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles, centro geográfico de España, con un texto escrito por el Beato Juan XXIII y en una ceremonia multitudinaria de alegría y de esperanza, en una noche fría, cargada de la estética de lo humano y de los colores de la vida, el fuerte viento nos trajo recuerdos del pasado.
Caía la tarde y parecía que fue ayer aquel 3 de mayo de 1919, en el que Su Majestad el Rey Alfonso XIII, en medio de un época de orondas ideologías, consagró España al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos, la masonería entre los primeros, nunca se lo perdonarían. El Papa Pío IX calificó ese acto como "gesto inmortal de verdadera y soberana caballerosidad, digno en todo de la historia y de la hidalguía del pueblo caballeroso por excelencia", y el cronista académico de la revista La Ciencia Tomista escribió: "España se había consagrado allí al Salvador del mundo, como en tiempos de Recaredo y de Pelayo, de Alfonso VIII, de Fernando VII y de Felipe II". Pero también hubo quienes deploraron despectivamente el acontecimiento. En un mitin celebrado esos días, Miguel Morayta lo calificó de bochornoso; Roberto Castrovido dijo que era "dogmáticamente una herejía y estéticamente una aberración"; Julián Besteiro lo definió como peligroso y Pablo Iglesias dijo que "la locura ha hecho presa en la cabeza de nuestros gobernantes".
Allí mismo, también allí, en esa bendita explanada, protegida por una imagen de Nuestra Señora que sube al cielo, con los ángeles, y que es también de los ángeles; a la sombra del recio, como nuestro tiempo, caserón en el que habitan las madres Carmelitas de Teresa de Jesús, y de la madre Maravillas, España sufrió el calvario de la sinrazón y de la persecución de los que confiesan a Cristo. El 28 de julio de 1936, un grupo de milicianos, a las órdenes de no se sabe quién, subió al Cerro de los Ángeles para someter a la imagen del Cristo, que abre sus manos para acoger a todos los hombres, a un infausto fusilamiento. Desde esa fecha hasta las nueve de la noche del 7 de agosto, los milicianos estuvieron intentando, por todos los medios, derribar la venerada imagen. Al fin, consiguieron la felonía que les llenó de absurdo orgullo.
Han pasado los años, muchos años. España ya no es la misma; ni lo son los españoles. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón sigue viva en el corazón de la Iglesia y de los cristianos. El Catecismo de la Iglesia Católica señala que "la tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en un sentido bíblico de 'lo más profundo del ser' (Jer 31,33) donde la persona se decide o no por Dios". Paradoja sobre nueva paradoja. El progresismo convencional y no poca irresponsabilidad de quienes se habían santamente empeñado en propalar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús la arrinconaron durante largo tiempo por considerarla de otro tiempo. Olvidaron lo más carnal de Cristo; lo más humano de entre su naturaleza humana, su corazón. Mientras se empeñaban en confundir a las jóvenes mentes con Cristos sólo humanos, o tan humanos como guerrilleros, se olvidaron de lo más material del sentimiento de fe del pueblo: el corazón.
En este mundo todo aquel que te quiere decir palabras de verdad te susurra que te va a hablar con el corazón. En el corazón se encierra el misterio de la vida; en el corazón de Cristo está el misterio de nuestra vida. El corazón expresa la unidad profunda, sustancial, del hombre. Los filósofos clásicos consideraban que el corazón era la sede de la mente, de la inteligencia.
Por desgracia, seguimos olvidando lo que los Papas han percibido en el culto al corazón de Jesús: el "compendio de toda la religión cristiana" y la "regla de la perfección cristiana". Pío XII fue muy claro: "Se trata del culto del amor con el que Dios nos ha amado por medio de Jesús, a la vez que es el ejercicio del amor que nosotros tenemos a Dios y a los demás hombres". El cardenal Rouco nos lo ha recordado el pasado fin de semana; ahora sólo hace falta que cunda la iniciativa y que el cardenal Cañizares, que también va a consagrar su diócesis al Corazón de Jesús, no sea el único, ni el último. Quizá ese necesario acto se convierta en el mejor antídoto para afrontar tiempos de auténtica taquicardia.
http://iglesia.libertaddigital.com/articulo.php/1276234910
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