viernes, mayo 09, 2008

Villacañas, Tres apuntaciones de actualidad

viernes 9 de mayo de 2008
Tres apuntaciones de actualidad
Antonio Castro Villacañas
L LEVO demasiado tiempo apuntando en mi cuaderno de ruta las advertencias para el presente y el futuro que pueden encontrarse en algunas huellas del pasado. Debido a eso no he comentado con mis lectores la sugestiva actualidad de cada día o cada semana. En aras de la verdad debo decir que nada han perdido con ello, pues mejores que los míos son los comentarios que a esa actualidad dedican quienes me acompañan en la grata tarea de echar vistazos a la prensa. Sin embargo, de vez en cuando me remuerde la conciencia profesional el pasar por alto los dichos y los hechos de estos o aquellos actuantes en el gran teatro de la vida pública. Trataré de compatibilizar desde hoy la rebusca del pasado con el análisis o el comentario de lo actual y presente. Si nos atenemos a lo leído en la prensa, escuchado en la radio y visto por la tele, lo más significativo de cuanto ha sucedido en España en los últimos días ha sido, siguiendo un orden cronológico, el alzamiento del pueblo de Madrid contra los franceses en 1808, las revueltas estudiantiles de 1968 y la muerte de Leopoldo Calvo-Sotelo. Cada uno de estos tres acontecimientos ha servido de pretexto para que tirios y troyanos -es decir, izquierdas y derechas; o al revés, que da los mismo- nos hayan dado su particular visión de los hechos, discrepante en muchas cosas pero coincidente de modo unánime en una fundamental y básica: la culpa de todo lo que le pasó al político centrista, de todo lo malo que hicieron los estudiantes y sus adversarios, y de cuanto hubo de censurable tras el Dos de Mayo de hace doscientos años, la tiene -y siempre la tendrá- eso que se llama la España franquista; es decir, el conjunto de todos los españoles que no saben, no pueden, o no quieren ser progresistas... Sin perjuicio de volver alguna que otra vez sobre los sucesos de referencia -pues tienen eco suficiente para lo que resta de año- me gustaría ahora llamar la atención de mis lectores sobre un hecho que se da casi siempre en cualquier tipo de acontecimientos políticos: el papel que en cada uno de ellos tiene y representa el pueblo, la masa, la muchedumbre, como ustedes quieran que se llame al conjunto de personas normales, corrientes, vulgares... A) SOBRE EL DOS DE MAYO Y FECHAS PRECEDENTES MURAT, en su famosa proclama del día 6 de mayo, llamó "plebe" a cuantos se rebelaron cuatro días antes en contra de él y de sus franceses, pues ello suponía "una amenaza para todo el sistema social", por lo que esperaba de la "gente culta" que estuviera del lado de quienes garantizaban el orden y la ley; es decir, de los "napoleónicos", avanzados en todo, incluso en los modos de castigar a quienes se les opusieran, ya que "cuantos han sido presos en el alboroto y con las armas en la mano serán arcabuceados"... De entonces para acá rige el mismo aviso, válido para todos los "alborotadores"; esto es, para cuantos se atrevan a protestar de cualquier modo contra los usos y las costumbres de un nuevo sistema social: serán pasados por las armas -arcabuceados por todos los medios de comunicación- los incultos que crean hallar en lo antiguo y propio raíces, semillas y alicientes para afrontar y perfeccionar la vida nueva... Nada de eso. Lo único válido, progresista y democrático es ponerse a las órdenes de quienes vienen revestidos de nuevas ínfulas. El pueblo español -yo creo que todos los pueblos, pero en este caso nos sirve de modelo el madrileño de 1808- siempre se deja seducir por lo que tiene algo de novedoso, y eso bien lo saben quienes realizan cada temporada la publicidad de los grandes centros comerciales. Por eso, no hay duda, pudo escribir un oficial del ejército francés la carta que el 3 de mayo de ese mismo año publicó en Londres "The Times". "El día 23 (de abril, escribe el franchute) llegamos a Madrid y entramos en la ciudad esa misma tarde. Una inmensa aglomeración de gente vino a recibirnos a las afueras de la ciudad. El ejército en pleno se dispuso en perfecta formación. El gran duque (Godoy) nos recibió entre las aclamaciones de los españoles. En seguida se procedió a entrar en Madrid precedidos por la Guardia Imperial a caballo y por un numeroso Estado Mayor, seguidos por la caballería y la primera división de infantería. Las dos divisiones quedaron acampadas en las colinas de los alrededores. Las calles y los balcones estaban llenas tanto de vecinos como de militares españoles que expresaban una gran satisfacción por la llegada de los franceses. El día 24, el príncipe de Asturias, proclamado rey por los nativos, hizo su entrada pública a caballo. Es un hombre simpático y de aspecto agradable. ..... La policía ha sido organizada en patrullas que son mandadas por dos oficiales, el uno español y el otro francés, para prevenir las disputas que puedan surgir por la diferencia de idiomas". No existe, me parece, mejor crónica descriptiva del recibimiento que los españoles hicimos en 1976-1978 a la democracia que nos traían los progres llamados por don Juan y don Juan Carlos. La tra(ns)ición fue por ello un éxito. Lástima que las cosas se hayan ido complicando después, a medida que también se han incrementado la diferencia de idiomas y la confusión de lenguas... B) SOBRE LA REBELIÓN DE LOS ESTIDIANTES EN 1968 El 3 de mayo de 1968, viernes, se celebró en París, y concretamente en la Sorbona, una asamblea de toda clase de estudiantes, para protestar contra el cierre de la Facultad de Nanterre, situada en la periferia de París, cuyos estudiantes se habían manifestado en días anteriores contra la guerra de Vietnam. Dicha asamblea se fue "calentando" a medida que iba pasando el tiempo, adoptando en cada momento posturas más radicales, hasta convertirse en permanente, lo que motivó la petición de ayuda policial hecha por el rector para poder poner fín a lo que llevaba camino de ser una Comuna política en vez de una reunión escolar. Los altercados entre universitarios y policías dieron un triple resultado: el cierre de la Sorbona, cerca de mil estudiantes detenidos o lesionados, y el inicio de una quincena de revueltas comunitarias en las calles y centros docentes de París y otros lugares de Francia. Ese mismo año se produjeron fenómenos análogos, nunca iguales, en Alemania, Italia, Checoeslovaquia, Méjico y Estados Unidos. Particularmente graves fueron los sucedidos en Praga y en la ciudad de México. Todos y cada uno merecen particular análisis y recuerdo, pero ante la imposibilidad de hacerlo ahora aquí con el debido rigor, debo contentarme con hacer notar que nada parecido -ni de lejos- tuvo lugar en España, pese a que otra cosa digan quienes por hacer méritos o para construir una historia falsa aprovechan el que 1968 y 2008 terminen en la misma cifra. La verdad es que aquí, hace cuarenta años, apenas hubo incidentes estudiantiles; los que hubo tuvieron muchísima menos trascendencia e importancia que los habidos en París, Praga y México; en ninguna de esas ciudades consta que estuvieran y menos aún tomaran parte de forma activa los españoles que hoy presumen de haberlo hecho; y por último, con la perspectiva que da el tiempo, resulta lícito afirmar que ni Mayo del 68, ni la Primavera de Praga, ni menos aún la Matanza de las Tres Culturas, tuvieron la importancia revolucionaria que luego se ha querido darles. Ninguno de tales fenómenos juveniles nació y se movió con grandes ideas revolucionarias, aunque sí vivieron diferentes ideas de distinción y ruptura con el orden sociopolítico y económico vigente en Francia, Méjico o Checoeslovaquia... Cada uno de ellos, a mi juicio, pretendió "modernizar" o "poner al día" el conjunto de las relaciones de poder vigentes en su respectivo país -diferentes por completo en Méjico, París y Praga- y eso es lo que proporcionó a todos ellos un cierto carácter revolucionario, pero -a pesar de que el Partido Comunista u otras fuerzas políticas afines intentaron controlar los movimientos producidos- la realidad es que no se produjeron sustanciales cambios políticos, aunque sí sociales, anuncios en cierto modo de una nueva manera de vivir la sociedad. Así, por ejemplo, es evidente que a partir de 1968 cambió la estructura jerárquica en el mundo del trabajo en favor de un cierto igualitarismo, el capital comenzó a incrementar el papel de la tecnología en los centros productivos, y se introdujo la idea de que el trabajo no iba ni debía ser siempre estable, junto a la de que el crecimiento sostenido de la producción se logra mejor con el apoyo de la fuerza laboral que con la del Estado. Todo ello significa que el 68 marca el final del papel histórico atribuido por el marxismo a la clase obrera e inaugura la etapa del protagonismo de un nuevo tipo de trabajador, cada vez menos material y más intelectual. Ello tiene una indefinida serie de consecuencias económicas y sociales que merecen más y mejor análisis del que ahora puedo hacer aquí. Me limito por ello a repetir que -hablando en términos generales- "el 68" buscador de utopías políticas y de libres paraísos naturales terminó siendo el portero de un nuevo capitalismo, más frío y desangelado que el anterior aunque guarde mejor las formas de cómo se debe tratar al trabajador. C) SOBRE LA MUERTE DE LEOPOLDO CALVO SOTELO COMO vivimos en una democracia cuasi perfecta, la repentina desaparición del más breve Jefe de Gobierno que hasta ahora hemos padecido o disfrutado nos ha servido para conocer que nuestros políticos y su habitual cortejo de periodistas aduladores carecen por regla general de sentido crítico y de los mínimos conocimientos necesarios para hablar de nuestra reciente historia, así como de la voluntad necesaria para transmitir a los españoles las verdades que son indispensables a la hora de construir sobre ellas y con ellas un común y definitivo ámbito de libertad. Por esas carencias, y como es habitual cuando muere alguien que nos cae bien, era de los nuestros o se puede utilizar en propio provecho o en beneficio del colectivo que nos integra, cuanto se ha publicado o dicho sobre la personalidad del citado político no resulta a mi juicio del todo válido para "ponerle en su debido sitio"; es decir, en el puesto que le corresponde tanto en el censo de ciudadanos dignos de ser considerados ejemplares como en el de personas ilustres por sus servicios públicos. Por lo que yo directamente he conocido desde 1942 a 1978, Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo siempre dio muy sobradas muestras de caballerosidad, comprensión, simpatía y talento, por lo que no me cabe la menor duda sobre que seguiría ejercitando tales dones a lo largo de los treinta años siguientes, cuando por claras razones políticas nuestras respectivas vidas dejaron de cruzarse. Tampoco tengo ninguna duda sobre su capacidad de trabajo, su aptitud para el servicio público o su habilidad en cuanto se refiere al buen desempeño de puestos o tareas políticas. Lo que deseo hacer en estas apuntaciones es contribuir a perfilar más y mejor su figura, porque Leopoldo Calvo-Sotelo es un hombre representativo de una cierta época de nuestra historia y de una parcela muy concreta de la siempre complicada convivencia española. Así, por ejemplo, como se ha resaltado el que mantuvo una actitud apolítica -y hasta antifranquista- a lo largo de toda su vida, me parece justo puntualizar que sin ser nunca un prototipo de acérrimo hombre del Generalísimo, sí se le puede y debe atribuir el representar o simbolizar -en no pequeño grado- a esa privilegiada parte de españoles que se beneficiaron mucho y bien del clima político, social y económico instaurado por el pasado Régimen. Me refiero a los que merced al franquismo pudieron salvar sus vidas, sus haciendas y sus pretensiones políticas, y de modo especial a los claramente monárquicos. Leopoldo, por edad, no estaba incluido entre ellos, pero sí fue partidario desde su primera juventud de estar con Franco y tras Franco siempre que también lo hiciera el que pretendía sucederle en la Jefatura del Estado como Juan III. Cuando esta pretensión dejó de ser viable por culpa de quien la mantenía, Calvo-Sotelo no se fue al ostracismo, sino que utilizó la posición socioeconómica lograda durante el franquismo y merced al franquismo -entre la que, como ejemplo, estuvo la presidencia de la Renfe- para incrementar de forma notoria su pequeña fortuna personal. Ello le permitió situarse y moverse con toda libertad en el terreno profesional y político previamente elegido: el de un franquismo monárquico y democristiano, muy parecido al de su suegro, José Ibáñez Martín, ex-ministro de Franco, embajador de Franco, y franquista hasta la médula... Con justicia y acierto se le ha calificado estos días como un hombre símbolo de nuestra transición y de la actual democracia. No puede dudarse de que lo era y lo seguirá siendo. Fue uno de los organizadores de la UCD, ese engendro político que el pueblo español rechazó en cuanto pudo darse cuenta de lo poco que pensaba y lo mucho que deshacía... Fue el Jefe del Gobierno que menos duró en su cargo desde 1978 hasta la fecha, y el menos votado por los españoles en las elecciones que le costaron su puesto, pues apenas si fue elegido diputado... Sí, no hay duda de que este singular español bien merece ser considerado símbolo de la peculiar fórmula democrática que para desgracia nuestra nos rige desde 1978.


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