miercoles 14 de mayo de 2008
Zapatero y la contracruzada
POR TOMÁS CUESTA
HAY quien sostiene que la ofensiva laicista que el señor Zapatero quiere poner en marcha no es, en realidad, sino un telón de humo destinado a ocultar asuntos más prosaicos y que nos llegan al bolsillo en vez de al alma. La cuestión es que así, burla, burlando, tendría un burladero en el que refugiarse el día en que le acose la embestida de la «desaceleración acelerada» (esa genial aportación de Pedro Solbes a la teoría del mercado que debería valerle, si no el Nobel, siquiera un doctorado «honoris causa»). Pero otros observadores, no menos avispados, afirman que el asunto tiene mayor alcance. El objetivo, según ellos, es derruir la fortaleza que constituyen los valores espirituales utilizando la queja cervantina como perversa coartada: con la Iglesia hemos dado, amigo Sancho. Y, de momento, Fernández de la Vega, en su papel de estricta gobernanta, ha anunciado, «urbi et orbi», que vamos de cabeza hacia un país «más laico». Lindo chiste, apostillaba Luis de Góngora en un romance pícaro y malvado. Lindo chiste, porque, en definitiva, ¿qué es eso de «más laico»?
El Estado o es laico o no lo es; o es carne, o es pescado. Y no es cuestión, por tanto, de bajar a la plaza a por cuarto y mitad de laicismo -córtemelo muy fino, haga el favor, no sea que el abuelo se atragante-; un par de lechuguinos ilustrados; un manojillo agnóstico para adornar el plato y un hueso con rebaba de anticlericalismo rancio. España, en cualquier caso, es aconfesional, no laica. Y lo será, «de iure», mientras la Constitución no cambie. «De facto», es evidente que la fe, luego de tantos siglos de cerrazón dogmática, ya no es una trinchera, ni una fosa común, ni una llaga infestada de rencores y agravios. La libertad de culto y de conciencia (el feliz correlato de la tolerancia) nunca jamás había dado frutos en la amplia tristura de estos páramos. Floreció al llegar la democracia y ahora forma parte del paisaje. Vamos, que no hay conflicto alguno y, para variar, es menester crearlo.
En «Los cementerios civiles» -un texto capital que, por fortuna, acaba de ser reeditado- Jiménez Lozano emplea «el corralillo» (ese solar de abrojos donde se daba tierra a los herejes, a los heterodoxos, a los ateos pregonados) a modo de metáfora de la cerril intransigencia que, desde que concluyó la Reconquista, se agolpa en el meollo de la «gens hispanica». El fracaso es de todos, viene a decir con amargura el discreto maestro castellano. No sólo de los tirios, sino también de los troyanos. Hay un río de odio sumergido en el hondón silente de la casta que pudre la raíz del laicismo e impide su pujanza. Y nuestra moderna historia es un ejemplo irrefutable y desdichado de que la laicidad (y la civilidad, por tanto) ha sido siempre el sueño de unos pocos ensombrecido por pesadillas y desgarros. Bajo el estruendo del choque crudelísimo entre dos sociedades, resuena el topetazo de dos teologías que se han hecho la guerra con idéntica saña. Paradójicamente, la irreligiosidad española es de una religiosidad recalcitrante y acaba convirtiéndose en un empeño místico, en una auténtica cruzada. A la viceversa, claro; pero cruzada, al fin y al cabo.
Sea por lo civil o por lo militar -no quedará por sangre- los españoles nos rifamos ser carne de cañón en los ejércitos del Dios de las Batallas. Fusilamos al cristo o nos liamos a cristazos. Derribamos las tapias del infamante corralillo o volvemos a alzarlas. Construimos altares con un fervor inapelable o arrimamos la tea a la imagen del santo. Pecamos sin rubor, sin freno, sin recato y, llegada la hora, nos amortajan con un hábito. «¡Aquel trueno, vestido de Nazareno!», igual que el don Guido de Machado. O sea, que la ofensiva laicista que el señor Zapatero ha diseñado tendrá todo el cariz de una contracruzada. A nuevo régimen, nuevos rituales. Abajo el beaterio y la clerigalla. Liberemos del tufo a sacristía el sagrado recinto de la Jerusalén laica. Lástima que la doña monclovita no haya establecido una prima de éxito que anime al personal a vaciarse. Nada de bulas pontificias o indulgencias plenarias, con una subvención nos apañamos.
http://www.abc.es/20080514/opinion-firmas/zapatero-contracruzada_200805140248.html
miércoles, mayo 14, 2008
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