martes, mayo 13, 2008

Pablo Sebastian, Solo hay una salida, Aguirre o Gallardon

miercoles 14 de mayo de 2008
Sólo hay una salida: Aguirre o Gallardón
Pablo Sebastián
La crisis galopante del Partido Popular no tiene más salida que la renuncia de Mariano Rajoy a la reedición de su presidencia, para facilitar tanto la candidatura de Esperanza Aguirre como la de Alberto Ruiz-Gallardón al liderazgo del PP y de la oposición. Asunto sobre el que se debe pronunciar el congreso del partido del mes de junio para que sus militantes opten, de manera definitiva, por uno de los dos líderes con clara proyección nacional y ambición probada de presidir el PP. Los dos a los que, calculadamente, Rajoy cerró la puerta al Congreso de los Diputados y a los que, ahora, debe facilitarles, en justa y limpia competencia, la oportunidad para acceder a la jefatura del PP.
No hay otra salida posible a la crisis planteada, porque una victoria pírrica y solitaria de Rajoy, por muchos apoyos que tenga, o la aparición de algún joven candidato son, a estas alturas del drama, soluciones imposibles que dejarían abierta la herida que, ahora, tras la denuncia y fuga de María San Gil, ha sido infectada con el debate ideológico sobre las dos almas del PP. Lo que, de una vez por todas, obliga a una clarificación definitiva de las posiciones de ambos bandos, cuyos respectivos liderazgos asumen Aguirre y Gallardón.
Cualquier intento de persistir en el error, y el empecinamiento de Rajoy de permanecer en el cargo, sólo conduce a la ruptura del PP. Y, mientras tanto, a alimentar las falsas expectativas y argumentos que exhibe el sector ultraconservador de Esperanza Aguirre presentándose ante la militancia como el genuino representante de las esencias y los principios del PP —como han hecho aprovechando la crisis provocada por María San Gil—, jaleando sus posiciones extremas, que son las mismas que condujeron al PP a la derrota electoral el pasado 9 de marzo.
Precisamente, ante el temor de que el congreso del PP deje en minoría a estos agitadores, entre los que figuran Aguirre, Zaplana, Acebes, Mayor Oreja, Arístegui, y ahora también María San Gil, como las cabezas visibles del último desafío al líder del PP, la presidenta de Madrid ha preferido no presentar su candidatura a la presidencia del partido, convencida de que las próximas derrotas de Rajoy, en las elecciones europeas y autonómicas, le darán más apoyos y la razón.
Motivos, todos ellos, por los que el congreso del PP debe obligar a Aguirre a dar la cara y a escoger entre ella y Gallardón, siendo el alcalde de Madrid el líder natural de la posición más centrada del partido y el mejor intérprete posible del sentimiento de otros dirigentes del PP, que consideran fracasada la estrategia de la crispación. La fallida de aquellas conspiraciones del 11-M como las que jalean El Mundo y la COPE. Medios que actúan de costaleros de Aguirre y arietes mediáticos para el acoso y derribo de lo que va quedando de Rajoy, y sus aliados, sin dejar de atacar al alcalde Gallardón, al que consideran su verdadero adversario.
Un Rajoy que arrastra una larga y penosa agonía y que, a fin de cuentas, es víctima de su ambición y de sus graves errores, como el que ha facilitado la crisis de María San Gil. Una bronca gratuita, provocada por el equipo de Rajoy (Lasalle, Arriola y Moragas), para incluir en la ponencia política del PP la semilla de un cambio de estrategia con los nacionalistas y el PSOE, que luego, ante el escándalo del portazo de San Gil, se vieron obligados a retirar.
Mientras que María San Gil, ante la clara rectificación de Rajoy, se negó a regresar a la ponencia, con lo que desvelaba que su actitud incluía, amén de un desacuerdo político inicial, una clara estrategia para actuar como ángel exterminador del presidente del PP, clavando, en el costado ideológico del partido, un traicionero puñal, previamente afilado por Mayor Oreja. Algo muy propio del estilo democristiano —como el que dinamitó la UCD— del ex ministro de Interior, que se siente despechado por su continua marginación. Primero, por Aznar cuando eligió a Rajoy para sucederle, y ahora por el propio Rajoy, lo que ha permitido a Mayor encontrar el refugio y el terreno propicio para su venganza y promoción —querrá ser el “candidato trampa”— en el regazo de Aguirre y de su ruidoso clan mediático.
El PP debe, pues, obligar a Aguirre a presentarse como candidata a presidir el partido en el congreso de junio. Ello sólo será posible si Rajoy, por fin, se retira y entra en el ruedo, con un paso al frente, Alberto Ruiz-Gallardón. Y eso es lo que deberían ver con total claridad tanto el alcalde como Rajoy, y los otros dirigentes y barones del PP, si no quieren quedar sepultados bajo los escombros de la ruinosa sede de Génova que aún preside Rajoy. Y donde se está oficiando la extraña ceremonia de autoinmolación para que, cuando se produzca el derrumbe, sólo Aguirre quede indemne y fuera del terremoto, que llegará con la primera derrota electoral.
Un suicidio colectivo en curso que ha convertido la sede de este partido en un seco y peligroso pajar, en el que cualquier chispa produce un incendio de grandes proporciones, como el que María San Gil se ha preocupado de atizar. Lo que, a medio plazo, sitúa a la dirigente vasca del PP en línea de salida de la dirección del País Vasco, al estilo de lo que ya le pasó a Vidal-Quadras en Cataluña con Aznar, con el agravante de que el catalán obtuvo unos excelentes resultados electorales, mientras que San Gil va de mal en peor.
El mano a mano entre Aguirre y Gallardón es la única salida razonable a la crisis del Partido Popular. Y tanto Rajoy como el presidente del congreso del partido, Valcárcel, deben abordar, en la apertura de la convocatoria, la reforma estatutaria que permita presentarse a los dos dirigentes del PP —y a cualquier otro que se postule— para que las bases decidan quién debe liderar el partido en los próximos cuatro años, a la vista de sus programas, de sus posiciones ideológicas y de los equipos que cada uno debería presentar.
Todo lo demás conduce a la crisis permanente del PP camino de la ruptura, al tiempo que facilita la estrategia demoledora —el cuanto peor para el PP mejor para ellos— que lidera el ala ultraconservadora (liberal-catolicismo) del partido que encabeza Esperanza Aguirre, sin atreverse a presentarse al congreso del PP porque confía en el imparable deterioro de Rajoy y de los que le acompañen en el cortejo fúnebre que, por ahora, sigue empeñado en presidir.





http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=14/05/2008&name=manantial

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