jueves, enero 29, 2009

Miguel Martinez, De cómo hacer más livianas las horas de espera en un hospital

jueves 29 de enero de 2009

De cómo hacer más livianas las horas de espera en un hospital

Miguel Martínez

U N servidor, lo reconozco, lleva muy mal eso de ir a los hospitales, aunque sea de simple acompañante. Al margen de que la visita a un hospital casi nunca suele ser para actividades divertidas, las largas esperas provocan en un servidor la sensación de estar perdiendo el tiempo, cosa que le produce cierto agobio, por lo que siempre que me veo en la necesidad de acudir a una consulta me llevo un libro, el periódico, o incluso trabajo, a fin de hacer más soportable la habitual, larga e inevitable demora.

Sin embargo interesantes acontecimientos devenidos en el ámbito laboral esta misma mañana, le hacían a un servidor acometer, contento y cargado de energía positiva, la siempre estresante situación, en el caso de hoy acompañando a mi suegra que, como ustedes imaginarán, es ya una abuelita. La verdad es que ha sido incluso divertido. Si quieren ustedes tomar nota de alguna estrategia, quizás les funcione.

Total, que con la bolsa cargada con la novela que estoy leyendo, un periódico y varias notas que leer, me dirigía esta mañana al hospital en pos del primer obstáculo: encontrar estacionamiento cerca de la puerta de acceso, objetivo especialmente necesario cuando se lleva a una abuela con ciertos problemas de movilidad.

Recordando las tesis de Dyer, un servidor se llevó todo el camino repitiéndose con mucha fe, lo de “seguro que encuentro un sitio justo en la puerta”, con el fin de que la energía positiva irradiada con este pensamiento hiciera que, en el preciso instante de doblar la esquina, otro conductor abandonara una plaza en la que estacionar quien les escribe.

Efectivamente. Girar por la curva y ver que otro vehículo salía de un estacionamiento, que ni hecho a medida, fue todo uno. Intermitente a la derecha y paciencia hasta que el hombre –entre nosotros, muy torpe- acabara de salir. Cuando iba a iniciar la maniobra de aparcamiento, observé que otro vehículo, que venía en dirección contraria, se disponía a girar en redondo para ocupar el espacio por el que un servidor llevaba ya unos minutos aguardando. Con vehemencia le indicaba yo a golpes de claxon que ése era MI sitio, que allí estaba yo esperando, pero la conductora ignoraba las advertencias e iniciaba el abordaje en diagonal hacia esos preciados nueve metros cuadrados que configuraban el estacionamiento.

Desdeñé de inmediato la opción de bloquearle el acceso con mi propio coche, pues se le apreciaba determinación suicida en la mirada. Aparcó y bajó del vehículo sin tan siquiera mirarme una jovencita de unos veintipocos años, con aspecto de garrula redomada, acompañada de una señora, probablemente su madre, que bajaba la cabeza, quiero yo creer que avergonzada, por no haber sabido darle a su hija la más elemental educación. Textualmente le dije: “Perdona pero yo estaba esperando para estacionar aquí desde antes de que llegaras; además llevo al hospital a una abuela a la que le cuesta andar”. La madre, tras mirarme, ladeaba la cabeza como pidiendo disculpas y la volvía a bajar en dirección a los pies. La niña, con el mismo tono que emplearía una reclusa en una disputa con su colega de celda por la última jeringuilla, va y me suelta: “yo he dado ya muchas vueltas buscando aparcamiento”, a la vez que, desafiante, me mantiene la mirada. Respirando hondo para ataraxizarme e intentando utilizar un tono amable y cordial –no exento de ironía, lo reconozco- le comuniqué cuán poco prudente resultaba su actitud, que bien pudiera yo ser un temible psicópata que ideara la más sádica de las represalias. Antes de ver cómo reaccionaba a mi despiadado contraataque me metí en el coche, pero la oía vociferar un discurso genital, en el que decía sudarle cierta parte y que un servidor no tendría otras. Un amable caballero, que se encontraba en el lugar, se solidarizó conmigo y me cedió su estacionamiento. “Yo estoy esperando, métalo en mi sitio que yo puedo aguardar en doble fila, si viene un guardia puedo ir a dar la vuelta y volver, y así la abuela no tiene que andar más”. Le di mil gracias, intercambiamos posiciones, conversamos brevemente sobre la educación de los jóvenes y nos despedimos, iniciando quien les escribe el rumbo hacia el siguiente obstáculo: la espera.

Quince minutos de adelanto sobre la hora de la cita. Hoy tocará esperar bastante. No me quito de la cabeza la actitud de la garrula y siento pena por su madre. Pero no la suficiente como para no idear mi sádica venganza. Diseño una estrategia en pocos segundos y no puedo evitar sonreír. Quizás se equivoquen los que me tienen por una buena persona, porque lo cierto es que disfruto al imaginar la cara que va poner la Choni cuando contemple mi represalia. Si tienen curiosidad por conocerla, ruego a mis queridos reincidentes que sigan leyendo.

Como ustedes sabrán, cualquier ciudadano puede denunciar una infracción de tráfico que presencien, si bien es verdad que, al contrario de lo que sucede cuando la denuncia la cursa un agente de la autoridad, ésta carece del principio de veracidad, por lo que la denuncia, para que llegue a convertirse en sanción, necesitará de pruebas irrefutables. Un servidor las tiene, o más exactamente las podría conseguir, y, de paso, amenizaría lo que tiene toda la pinta de ser una larga espera hospitalaria. Echando mano de la libretita que siempre me acompaña, y de un boli, redacto la siguiente nota, que irá a parar al limpiaparabrisas del Peugeot tuneao de la Choni.

“Te informo de que en breve recibirás en tu domicilio dos notificaciones de multa por dos infracciones de tráfico. La primera, por estacionar tu vehículo en contra del sentido de la marcha; la segunda, por no señalizar debidamente un cambio de dirección. La de invadir de forma negligente la parte izquierda de la calzada te la voy a ahorrar porque hoy me siento generoso. Si te estás preguntando cómo narices voy a demostrar estas infracciones, la respuesta es la siguiente: he hecho fotos de tu vehículo estacionado al revés de los demás y cuento con el inestimable testimonio de ese señor de la cazadora de cuero gris que se encontraba junto a ti y que, amablemente, se ha ofrecido a testificar en mi favor, o, lo que es lo mismo, a favor de la verdad (no contaba yo con este testimonio, pero ella no lo sabía). Todo esto te lo has ganado por solidaria, por simpática y por buena persona. Que tengas un buen día, que seas muy feliz y que Dios les dé mucha paciencia a tus seres queridos. Firmado: el señor que acompañaba a una abuelita con problemas de movilidad y al que le has robado, de forma ruin y traicionera, la plaza de estacionamiento que llevaba aguardando varios minutos”.

Concluida la nota -una cuartilla tamaño A5 escrita de arriba abajo, a doble espacio y en esmerada caligrafía para que la pudiese leer perfectamente-, mi primer y más fervoroso deseo era que el Peugeot tuneao siguiera en su sitio. El segundo, contemplar el momento en que la Choni volvía a por su coche. Descubro con alborozo que desde un ventanal de la sala de espera tengo el coche a la vista. Furtivamente salgo, me acerco al coche, miro a un lado y a otro como quien se dispusiera a cometer un delito, y, cuidadosamente doblada, dejo la notita bajo el limpia, como hacen los guardias cuando ponen una multa. Regreso a mi punto de observatorio a esperar. Jamás una espera hospitalaria me había resultado tan entretenida. Mi suegra, al tanto del plan, sonríe y me susurra: “mira que eres bicho…”.

Pasan veinte minutos y tras el cristal veo a la Choni y a su madre dirigirse al coche desde la parte posterior de éste. Me froto las manos y la sonrisa me llega de oreja a oreja. Constato que mis amenazas veladas han surtido efecto en la garrula, pues, en vez de dirigirse a la puerta del conductor, rodea el coche mirando los neumáticos, temiendo que quizás un servidor haya sido tan ordinario como para pincharle una rueda, ignorante de que nadie comete la simpleza de pinchar un neumático si ha leído a Maquiavelo.

Al rodear el vehículo observa la nota. La despliega. La madre se acerca a leer sobre su hombro. Compruebo cómo, a medida que va leyendo, le va cambiando el semblante. La madre le hace algún comentario y ella le grita -eso sí que me supo mal, pero fue lo único-. Sigue leyendo, la termina, hace la nota un gurruño, la tira al suelo y la pisotea repetidamente perdiendo la compostura y redundando en un nuevo discurso genital que se escucha lejano tras el ventanal de doble vidrio. Se mete en el coche, da un portazo como para volcarlo, lo pone en marcha y se le cala. Me troncho. La veo gesticularle a la madre, arranca de nuevo y da un acelerón tremendo, sale del estacionamiento a trompicones y abandona el lugar en medio de chirridos de rueda y dejando tras de sí una nube de humo negro.

Para los que aún sigan creyendo que este columnista es buena gente, dejen que les confiese que en ese momento un servidor se sintió enormemente feliz, imaginando que la sensación que le poseía tuvo que ser semejante a la que experimentó Aníbal al comprobar cómo su estrategia le llevó a la apabullante victoria de la batalla de Cannas, en la segunda Guerra Púnica.

Huelga decir que ni por un instante se me pasó por la cabeza cumplir mis amenazas y poner una denuncia en la poli ni nada por el estilo, pero eso, mis queridos reincidentes, la Choni no lo sabe. Aún ahora me regocijo imaginando al Johnatan de turno riñéndola, pues el Peugeot tuneao va a su nombre, temiendo que le lleguen a él las multas, y al pobre Pitbull de ambos ladrando excitado en medio de la discusión; estaría bien que, mientras tanto, los vecinos llamaran a la poli para denunciar el escándalo.

A lo tonto, había transcurrido una hora de espera. Ya quedaba poco, la sala se iba vaciando. Agarro la novela a la que sólo le quedan unas doce páginas. Con un poco de suerte podré acabarla antes de entrar al despacho. La termino. La sala sigue igual de vacía pero no nos llaman. Aprovecho para consultar el correo electrónico desde el móvil. Lo reviso. Hago unas cuantas llamadas de trabajo: que si han avisado de allí, que si sabéis algo de aquello o habéis recordado esto otro... Todo al día y seguimos sin entrar. Me conecto al Facebook -estos móviles de ahora son la releche- y veo que uno de mis amigos se va a Brasil una semana y nos lo restriega al resto por los morros, le hago partícipe de mi sana envidia y le pido que se tome una caipirinha a mi salud; una amiga argentina comenta mi adicción al dulce de leche, le respondo que cuando vuelva a Barcelona la invito a un argentino donde lo preparan de muerte; otra amiga comenta, en abstracto, su deseo de que tal y como está de trabajo la secuestren una temporada, a poder ser en un lugar de playa donde no haya cobertura de móvil, le escribo que si los secuestradores son enrollaos interceda también por mí. Se abre la puerta del despacho del médico y cierro la sesión del Facebook apresuradamente, disponiéndome a entrar. Llaman a un señor que acaba de llegar mientras que nosotros llevamos ya más de dos horas esperando. Necesito un pasatiempo que me distraiga. Juego un ratito con el móvil a una especie de tetris, que dicen que ejercita el cerebro, charlo un rato con mi suegra, que me informa de que se ha muerto Fulanito, ése que he de conocer porque su nuera había coincidido conmigo en la Facultad, ni idea, pero le digo que sí, que ya sé quién es. La sala de espera cada vez más vacía y reparo en la señorita de bata blanca que lleva dos horas al teléfono tras un mostrador al que no se ha dirigido nadie desde que he llegado. Sin esfuerzo escucho perfectamente su conversación. Parece interesante.

Resulta que la moza está asistiendo a unas clases de meditación e intenta convencer a una amiga de que la acompañe. Asegura que desde que asiste a esas clases ha encontrado su lugar en la vida –detrás de un mostrador de hospital, diría yo que jamás he asistido a ese tipo de clases- y que desde que va a ellas duerme mucho mejor y le va mejor en casa. Según parece la amiga no se deja convencer. Se despide, cuelga y marca de nuevo.

Ahora habla con lo que parece un organismo oficial. “Buenos días, me llamo Erre” (sólo les daré la inicial, por aquello de la protección de datos, por mucho que ella no tenga inconveniente en largar a los cuatro vientos su vida, sin importarle lo más mínimo que toda la sala de espera se quede con la copla). Total que Erre pregunta por la convalidación de un título, creo que de Formación Profesional, y digo creo porque en ese instante de la conversación mi suegra, inoportuna, estornudó. Por lo visto había un problema con los créditos por haber empezado en un plan antiguo y quería saber qué asignaturas le convalidarían para poder continuar –nuevo estornudo- el año que viene. Da las gracias y cuelga. Marca de nuevo.

Otra amiga, a ésta –o quizás a la misma de antes- quiere convencerla para que asistan juntas a un curso. La amiga le sugiere otro que ella también considera atractivo, pero la situación familiar se lo impide por el horario y el lugar donde se imparte. Tiene a sus padres enfermos y a esas horas le resulta difícil hacer un hueco. Se despide y cuelga.

Llama de nuevo. Yo empiezo a mosquearme, casi tres horas de espera mientras en el hospital hay gente tan desocupada que se puede permitir realizar llamadas personales durante horas sin que nadie le diga ni mu. Quiero creer que está realizando llamadas locales y que el hospital –público- se encuentra acogido a algún tipo de tarifa plana, pues de lo contrario esas llamadas irían a cargo del erario, o sea, de usted y de un servidor. Quiero pensar que los eficientes economistas que a buen seguro dirigirán los designios económicos del centro, bien habrán previsto la eventualidad de funcionarias parlanchinas contratando tarifas planas, y, en tal caso, el perjuicio sería para Telefónica, lo cual me parece fantástico.

Nueva llamada. Intenta convencer a alguien de que le acompañe a un balneario –claro, tanto estrés en el trabajo- a mediados de febrero. Parece ser que en esas fechas no está el marido de Erre. ¡Vaya! ¿Se pondrá la cosa interesante? Nos llama el médico. ¡Mecachis! Casi tres horas de espera y nos llama justo cuando viene lo mejor.

En diez minutos el médico nos dice que está todo bien, que no nos puede informar acerca de los resultados de los análisis porque, inexplicablemente, aún no se los han introducido en su terminal pese a haberse hecho hace más de tres semanas, no me atrevo a sugerirle que vaya dos despachos más a la izquierda, que allí fue donde le sacaron la sangre, y nos informa de que ya los recibirá mi suegra por correo y que entonces pida hora en el médico de cabecera para comentarlos, que se siga tomando las pastillas y que vuelva dentro de ocho meses.

Al salir, ya no está Erre. En su lugar hay otra. Se acerca lo que parece un médico, porque además de la bata blanca lleva colgando un estetoscopio, y pregunta por Erre. La que la sustituye contesta que ya se ha ido, que Erre finaliza la jornada a las tres. Miro el reloj y son las tres menos cinco.

Me acerco al mostrador de Erre para pedir hora para dentro de ocho meses y me dicen que no es ése. Que tengo que ir a otro. Me imagino que el de Erre debe ser el de hacer llamadas particulares. Nos vamos al que sí es para pedir hora dentro de ocho meses. Resulta que dentro de ocho meses el médico que ha de visitar a mi suegra está de vacaciones, con lo cual nos dan hora para el siete de octubre. Es decir, dentro de doscientos cincuenta y nueve días.

- ¿Se acordarán del día que tienen que venir o le damos un papelito?

http://www.miguelmartinezp.blogspot.com/

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