lunes, noviembre 10, 2008

Carlos Luis Rodriguez, Cometas en el cielo

martes 11 de noviembre de 2008
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo

Cometas en el cielo

Rubén y Juan Andrés hicieron posible que las cometas volvieran a volar sobre las azoteas de Kabul. Ese era el sueño de uno de los protagonistas de la gran novela y estupenda película titulada Cometas en el cielo, donde la cometa es un símbolo de la libertad. Los talibanes la prohibieron, pero volvió a elevarse gracias al sacrificio de soldados como ellos.

Nada más injusto en estos momentos que no unir el orgullo al dolor. El dolor brota espontáneamente ante la muerte de dos hombres jóvenes, cuyas vidas vamos conociendo. El orgullo cuesta más, quizá porque nos parece que es un resabio de militarismo, que desvela un gusto malsano por la épica de las batallas, que hoy ya no se lleva. ¿Por qué, si Rubén y Juan Andrés son como nuestros soldados Ryan, luchando y muriendo también por una causa justa?

Sabe Dios qué hubiera sido de Europa si cada vez que llegaba a casa el cadáver de un combatiente aliado, su gente pidiera en su honor una retirada. Las víctimas dolían como duelen ahora, pero sin que ese luto impidiera reconocer la justicia de la lucha contra los talibanes de entonces, que seguramente odiaban las cometas.

No es necesario reiterar los mandatos y resoluciones bajo cuya bandera circulaba el convoy del cabo gallego y el brigada asturiano. Tampoco repetir las atrocidades de los fanáticos, su obsesión por encerrar a la población en una gran cárcel donde hasta la sonrisa era sospechosa. Es ocioso volver sobre las circunstancias que hicieron de Afganistán el vivero del terrorismo.

Todo eso es suficiente para decir que la presencia allí de estos compatriotas no era caprichosa, ni consecuencia de una decisión frívola del Gobierno. El suicida que los asesina, y el inductor que cargó su mente con locuras, no ignoran que el hilo de esas cometas que ya pueden volar depende de militares como ellos.

Hay que enorgullecerse de su misión, sin que eso impida pensar en acontecimientos relacionados con la tragedia, como el que protagoniza un tal Hamidullah Qaderi. Se trata del ministro de Transportes recientemente expulsado del Gobierno de Karzai por corrupción. Es uno más en un rosario de irregularidades que minan el prestigio de las autoridades democráticas. Morir por individuos como éste sí que es un tributo intolerable. Las armas de Occidente pueden y deben proteger a los niños afganos que adornan el cielo con sus cometas, no a los que se lucran con la miseria del pueblo.

He ahí el gran dilema de este atentado y de la guerra de Afganistán en su conjunto. Por mucho que mejoren las medidas de protección, los blindajes de los vehículos, las cautelas, los soldados estarán inermes si la población los ve como protectores de los políticos de rapiña. Los Qaderi de turno son la mayor amenaza y el principal apoyo de los terroristas. ¿Acaso no fue suficiente la lección de los soviéticos, derrotados en este mismo territorio por respaldar a mandatarios títeres y deshonestos?

Discrepan los analistas en torno a cómo va el marcador de la contienda. Sin embargo, la historia nos enseña que la capacidad militar no es suficiente cuando el poder que se protege es tan fiel como corrupto. Quizá el problema para asegurar el resultado final sea ése, que al lado de luchadores generosos como Rubén y Juan Andrés están políticos del estilo de Qaderi.

Dos cometas más habrá estos días sobre el cielo afgano. Aquí en casa, dolor y orgullo por quienes han dado su vida por una patria que no es la suya.

http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=13&idEdicion=1064&idNoticiaOpinion=363454

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