domingo, junio 08, 2008

Manuel de Prada, Indiana Jones

lunes 9 de junio de 2008
INDIANA JONES

Suenan los celebérrimos acordes de John Williams y parece como si la sangre se me hubiese tornado gaseosa. Es una sensación alborozada y hormigueante, como si dentro de mí resucitara el chaval que fui. ¡Indiana Jones! Cuando supe que Steven Spielberg se disponía a reanudar la serie de películas protagonizadas por el arqueólogo aventurero, fue como si me hubiesen lavado con un agua lustral que me despojaba de arrugas y adiposidades. En la memoria de todo aficionado al cine hay una película que, más allá de sus virtudes o lacras cinematográficas, encarna el espíritu de su adolescencia; una película que actúa como un conjuro de pasiones que creíamos extintas, de entusiasmos que creíamos abolidos, de ilusiones que creíamos irrecuperables. Una película cuya invocación nos devuelve el aturdimiento y la exaltación de aquellos años en los que aún salíamos del cine pegando botes de puro contentos. Para mí esa película no fue una, sino trina: y está compuesta por fotogramas de las tres primeras entregas de Indiana Jones, revueltos en gozoso mogollón.

¡Cuántas veces, aprovechando que nadie me veía, no me habré mirado en el espejo del cuarto de baño, tratando de imitar la sonrisa irónica y displicente de Harrison Ford! ¡Cuántas veces no habré probado a calarme un sombrero inexistente, imitando el gesto calmoso y cálidamente viril de Indiana Jones! ¡Cuántas veces no habré abrazado en sueños a las mujeres que él abrazaba, cuántas veces no habré imaginado que hago restallar el látigo con la misma presteza con que él lo hacía restallar, para escapar de las celadas que le tendían sus enemigos! Desde que supe que Steven Spielberg había decidido rescatar a su héroe en una cuarta entrega, contaba con fruición los días que restaban para su estreno; por supuesto, sabía que el hombre que soy ahora nada tiene que ver con el muchacho atónito que hace cuatro o cinco lustros trepidaba en una butaca de cine, sin aliento casi, mientras Indiana Jones ejecutaba las piruetas más inverosímiles, pero algo me decía que ese muchacho pugnaba por emerger dentro de mí, algo me decía que cuando la música de John Williams volviese a sonar, ese muchacho resucitaría, como resucita la savia de los árboles después del invierno.

Y resucitó, aunque de un modo que yo no había anticipado. Las escenas de acción que veinticinco años atrás me habrían mantenido en vilo me parecían ahora más previsibles: de repente, me sorprendía anticipando su resolución, o descubriendo homenajes cinéfilos (aquí ¡Salvaje!, la película que consagró la estampa motera de Marlon Brando; allá Tierra de faraones, la vigorosa película de Howard Hawks que nos explicaba cómo fueron construidas las pirámides) que a un chaval de catorce años le habrían pasado inadvertidos. El personaje encarnado por Harrison Ford, por lo demás, había envejecido como el propio actor, como yo mismo; y el guión no hacía sino resaltarlo una y otra vez, envolviendo la película en una cierta luz crepuscular. Esa misma luz crepuscular tornaba más forzada la metamorfosis del sexagenario profesor universitario en un intrépido saltimbanqui, salvo que... ¡De repente lo comprendí! Cuando era adolescente, aceptaba esta metamorfosis como una convención propia de los tebeos de superhéroes; ahora descubría en ella una verdad más profunda sobre la naturaleza humana. Todos anhelamos una vida distinta a la que nos ha sido adjudicada: la fregona aspira a convertirse en princesa; el pueblerino, en cosmopolita; el gordo, en atleta aclamado en los estadios. Y ese anhelo, que es una forma de sublimación, es todavía más fuerte en el escritor, que sueña vidas ajetreadas para rebelarse contra la vida sedentaria que le ha sido asignada y reivindicar así su vocación máxima, que no es otra que convertirse en hombre de acción. Súbitamente, comprendí que Indiana Jones era una expresión de mis anhelos más íntimos, expresión del hombre de acción reprimido que todo escritor guarda dentro de sí. Y, mientras veía la película, consideraba que nada me haría más feliz que colgar la pluma para convertirme en agente doble, en cazatesoros o en explorador de alguna región extramuros del atlas. Y esa nostalgia de lo que nunca he sido, de lo que nunca seré, me infundió un espejismo de juventud que aún aletea dentro de mí, mientras escribo estas líneas.

Por supuesto, salí del cine silbando la música de John Williams. Y, de regreso a casa, ante el espejo del cuarto de baño, volví a esbozar la sonrisa irónica y displicente de Harrison Ford.

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