jueves 7 de diciembre de 2006
Más fosas y más esquelas
VALENTÍ PUIG -A mí la que me gusta es la del 31; lo que pasa es que la que me pone residencia, coche oficial, sueldo, tarjeta visa y todo lo demás es la Constitución del 78.
NO es prejuzgar los primeros cien días del segundo tripartito catalán si deducimos que el nombramiento de una directora general de la Memoria Democrática significará más fosas y más esquelas. Establecemos, sencillamente, los términos de una relación de causalidad. La iniciativa corresponde a ICV, partido neocomunista cuyos orígenes históricos tuvieron algo que ver con la desaparición del líder troskista Andreu Nin, con las checas y con la infame represión religiosa que transcurrió en la Cataluña republicana durante la guerra civil. Duele incluso tener que escribirlo ahora mismo, en el año 2006. Duele que los herederos políticos del PSUC hayan dejado pasar la generosa oportunidad de la Transición; duele y enoja que no entendieran entonces -y se callasen- que había llegado para España la hora del perdón, que no del olvido. Duele la inserción burocrática de una «Memoria Democrática» que por definición nace sesgada, unilateral y con las características de arma arrojadiza.
En general, la racionalidad es una conquista de la política. Aplicar más razón a ese quehacer humano nos aparta de los dominios del instinto, fortalece el bien público y nos da un margen de análisis moral frente al vestigio de las tragedias históricas. Si la guerra civil fue trágica, ¿a qué revancha irracional -candorosa o no- atribuiremos la constitución de una «Memoria Democrática» para que sea gestionada desde los despachos de la Generalitat? ¿En qué limites de la Historia alguien puso cristales opacos para que se nos hurtase la memoria y fuese hoy necesario resarcirnos de tanto olvido sistematizado? Cientos, miles de libros se han escrito en los últimos treinta años sobre la guerra civil, sus precedentes y horrores, sus causas y protagonistas. Mientras tanto, no ha existido en organigrama alguno de la Administración pública un departamento dedicado a negar la memoria de tal pasado. Ahora, el departamento se instituye para recuperar -reivindicar- esa «Memoria Democrática». Es una conquista de la irracionalidad.
Por qué todo eso está ocurriendo ahora y no con la UCD, con el felipismo o con Aznar contribuye a definir el zapaterismo, pero duele lo mismo. El tacto de la irracionalidad corresponde aquí al cálculo del debe y del haber en cuestión de muertos, a la reconstrucción de dos bandos en una guerra civil y a la estrategia de ofuscar el entendimiento de nuevas generaciones. Tan traída y llevada, la hiperlegitimidad moral de la izquierda ahora va a dispensar certificados y a elaborar decretos sobre buenos y malos, sobre memoria democrática y memoria no-democrática. Impulsan esa institucionalización quienes vienen del totalitarismo y participaron de forma manifiesta en el caos y la represión en Cataluña durante la guerra civil, donde la vida de un hombre no valía nada por llevar corbata o haber ido a misa. Sería en extremo pungente ver manifestarse en la carretera de l´Arrabassada -lugar de los mayores desmanes- a los descendientes de quienes fueron asesinados por ser de la Lliga o por llevar sotana. Ellos han guardado la memoria de sus padres o de sus abuelos, pero han perdonado. Uno se pregunta cómo será clasificado ese talante en los archivos de la nueva dirección general de «Memoria Democrática». ¿No han sido ellos más racionales y misericordiosos en su vitalidad cívica que el vaivén de fosas y esquelas?
No es difícil suponer lo que van a pensar quienes estaban convencidos de que desde la transición democrática la memoria es de todos. En «El castillo» de Franz Kafka, el pequeño pueblo adyacente vive dominado por la inercia de poder que desprende la fortaleza, un agobiante laberinto de burocracia inaccesible, regida por un personaje al que el agrimensor K. nunca tendrá acceso. Todo se rige por una lógica ajena a lo humano, autónoma y opresiva como la sombra del castillo. El castillo impone su casuística y su orden. Nunca se abrirán las puertas de la gracia. Algo semejante puede ocurrir con los despachos de la «Memoria Democrática». Kafka dejó el manuscrito de «El castillo» sin terminar. Sus biógrafos dicen que pretendía concluir el relato con el agrimensor K. muriendo de agotamiento. Respecto a las nuevas oficinas de la «Memoria Democrática», lo mejor es que la novela quede sin terminar y que no nos acometa ya más fatiga.
vpuig@abc.es
miércoles, diciembre 06, 2006
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