Ni siquiera el terrorismo consigue lo que los políticos españoles
Eduardo Arroyo
Más de uno debería tomar nota en los múltiples escaños y despachos públicos que ocupan. Una reciente encuesta sitúa a los políticos como el tercer problema de los españoles.
16 de diciembre de 2006. En el pasado artículo nos ocupábamos de algunas cuestiones concretas. Hablábamos de la transmutación de la izquierda mundial en izquierda democrática desde sus tradicionales posiciones marxistas allá por los años 70, de las implicaciones de la caída del muro de Berlín en la deriva nihilista de la izquierda, de la importancia que ha tenido la fe religiosa para el desarrollo de la vida social y en calidad de referente moral indudable y, por último, de cómo se relacionan todos estos temas con la reciente asignatura de "educación para la ciudadanía", el manifiesto por la "laicidad" del PSOE y los esfuerzos de la ideología dominante por adaptar a sus ciudadanos a la sociedad de masas que necesita el capitalismo.Un relativamente conocido cargo público de la Comunidad de Madrid ha dirigido un e-mail a la redacción del periódico en términos insultantes y burlones, sin aportar ni una sola razón. Parece que como no estamos en campaña electoral y no tiene que fingir delante de ninguna rueda de prensa, puede despacharse a gusto por un texto en el que muy posiblemente se vea reflejado.Pero nada de esto tiene importancia intrínseca más que por la razón siguiente: con tristeza, muchos contemplamos que existe una gravísima crisis de dirigentes en todo el mundo occidental, una crisis que se refleja fundamentalmente en el descrédito general de los políticos y en la falta de referentes y modelos sociales al margen de las modas y del mercado. La cosa es incluso más grave de lo que la gente piensa. El pasado 5 de diciembre El Periódico de Cataluña informaba de que en la última encuesta del Centre d´Estudis d´Opinió (CEO) la insatisfacción con la política y los políticos constituye el tercer problema de Cataluña, después del acceso a la vivienda y la inmigración. Es decir, que la gente está empezando a considerar a los políticos, antes que con indiferencia, como un problema en sí. Asombroso. De no jugar la política el papel que juega a la hora de influir sobre las vidas de la gente con la excusa de la "participación", no consideraríamos a los políticos más que como una casta aparte del común de los mortales, que viven opíparamente y al final acaban votando unos suculentos impuestos para todos, salvo para ellos mismos.Así, mientras algunos "educan para la ciudadanía" o "para la interculturalidad", se revela que el 7% de los españoles ha consumido cocaína, los alcohólicos son cada vez más jóvenes y en el barrio madrileño de Legazpi se organizan patrullas ciudadanas contra la delincuencia.¿Es esto alarmante? No. Impertérrito, sin inmutarse, el Ministro de Trabajo planea "regularizar" en enero a 600.000 inmigrantes que están aquí violando nuestras leyes -¿o no?- y cuya sola presencia representa la claudicación de un Estado que se supone que defiende a los españoles y que constituye un gravísimo ataque al Estado de Bienestar al servicio de los trabajadores españoles.Para cubrirse las espaldas hacen obras públicas y discuten interminablemente sobre estadísticas en sus "plenos" y no se ponen de acuerdo ni en el color de las heces pero sí –desde ERC hasta el PP- a la hora de subirse un sueldo que ya es más que jugoso y que, por supuesto, muchísimos profesionales hipercualificados jamás tendrán. Han conseguido que la política sea la única actividad profesional para la cual solo hace falta que un partido te incluya en una lista y así comprobamos que el presidente del gobierno es incapaz de expresarse en inglés, cuando hoy lo piden a cualquiera de los miles de licenciados de nuestras universidades.Hablan de "principios" y de "servicio" pero al español de a pié no le conmueven palabras que la clase política, y solo ella, ha conseguido que suenen totalmente vacías. Y es que los españoles necesitan referentes de verdad, valores fuertes encarnados en personas que no finjan y que tampoco tengan una red de compromisos clientelares con un sistema que se revela cada vez más inoperante para sus problemas del día a día. Al final, la gente solo se mueve por grandes cosas y por eso las manifestaciones en defensa de la vida, de la familia, de la educación para los hijos en valores –valores auténticos y no constructos neoliberales como la "interculturalidad"- o la defensa de la religión mueven más gente que ninguno de los partidos del llamado "arco parlamentario". Es muy posible que en un futuro los españoles –y los demás occidentales- perciban a los partidos como lo que son: parte de una estructura de poder que, junto con elites económicas y ayudada por mastodónticos grupos mediáticos, hace de la deculturación masiva una formidable herramienta de dominio de los pueblos. A principios del siglo XXI, los hombres se mueven y empeñan su vida por lo que siempre se han movido. Cada vez más se impone una contestación social al margen de los partidos al uso. Por fortuna, quizás sea, sin embargo, la terrible situación de monopolio que detenta un poder dispuesto a todo con tal de perpetuarse el mejor clima para seleccionar auténticos dirigentes.
sábado, diciembre 16, 2006
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