lunes 10 de noviembre de 2008
SALUD
Quizá la nota dominante de nuestra época sea la ‘desesperación’. Por desesperación entendemos el sentimiento profundo de que la vida sólo vale mientras la podemos disfrutar; y que todo lo demás –empezando por la posibilidad de una vida ultraterrena– es un timo. Este sentimiento, que suele expresarse cínicamente (aunque encubra siempre un trasfondo angustioso), dio lugar en épocas precientíficas a un vitalismo exasperado que se resume en aquel célebre consejo de Menandro: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos». Pero, a medida que la ciencia fue ofreciendo más avances, la desesperación se cambió de ropajes; dejó de tocar a rebato bajo el grito de «sálvese quien pueda» y ofreció al hombre desesperado (ya que no podía ofrecerle una razón para vivir) coartadas que hiciesen más llevadera su desesperación. Tales coartadas se resumen, a la postre, en un mismo mensaje: «Puesto que no existe el Paraíso, traigamos el Paraíso a la Tierra». Así la ciencia se convirtió en idolatría; y, para alcanzar su cielo en la Tierra, para alcanzar ese remedo de inmortalidad que la nueva idolatría le ofrecía, el hombre se sometió a privaciones más ímprobas que las impuestas por cualquier religión.
Así, el consejo de Menandro, que era una invitación al hedonismo desmelenado, se disfrazó de ropajes penitentes. Y los nuevos apóstoles de la desesperación ya no nos invitaron a comer y beber sin tasa, sino que, a imitación de aquel Pedro Recio de Tirteafuera que amargó la vida de Sancho Panza mientras fue gobernador de la ínsula Barataria, nos aseguraron que, por cada comilona que rechacemos, por cada cigarrillo que no prendamos, conquistaríamos una hora, o un minuto, o un segundo más de vida. Así, la Salud empezó a desempeñar en nuestra sociedad desesperada el mismo papel que en las sociedades esperanzadas desempeñaba la Virtud; sólo que, mientras el hombre virtuoso de antaño anhelaba la eternidad, el hombre saludable de hogaño se conforma con esa calderilla de horas, minutos o segundos que le ofrecen los apóstoles de la desesperación… aunque lo cierto es que tal calderilla no es más segura que la eternidad. Este anhelo de alargar la vida no es, desde luego, una novedad de nuestra época: nunca faltó en las mitologías paganas una fuente de difusa localización cuyas aguas procuraban la eterna juventud a quienes abrevasen de sus aguas; nunca faltaron alquimistas empeñados en contrariar la inapelable maldición divina que arrastramos desde los primeros capítulos del Génesis. Pero nunca como en nuestra época los hombres se habían mostrado tan dispuestos a aceptar tantas renuncias a cambio de una hipotética prolongación de su vida; señal inequívoca de que su desesperación es más angustiosa.
En uno de sus cuentos más célebres, Borges nos narra la peripecia de Joseph Cartaphilus, un hombre que persigue denodadamente la prolongación de su existencia terrenal, hasta que al fin comprende que «la muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Cada acto que ejecutan puede ser el último». El día en que Cartaphilus recupera el don de la mortalidad, Borges nos cuenta que, «incrédulo, silencioso y feliz», durmió hasta el amanecer, por fin exonerado de oprobiosas pesadillas, reconciliado con su humanidad. El hombre desesperado de nuestra época, a diferencia del Cartaphilus borgiano, ha dejado de apreciar su vida por lo que tiene de cotidiana pérdida y de pacífico despojamiento, y ofrenda obsesivamente sacrificios ante el altar de la Salud, para aferrarse a la vida como a una eterna fábrica de porvenir. Aunque sabe, por supuesto, que ese porvenir no será eterno; pero, mientras lo persigue aturdido, al menos no piensa en su finitud.
Este afán de prolongar la vida a toda costa, aun a riesgo de convertirla en un extenso páramo de monotonía, se ha convertido en la religión desesperada de nuestra época. Todo sea por alcanzar una determinada ‘calidad de vida’, que es como vulgarmente se llama a ese quimérico Paraíso en la Tierra que nos pretenden vender; ‘calidad de vida’ que, básicamente, consiste en negar la vida, esto es, en erizarla de ásperos cilicios e innecesarias penitencias. ¿Y qué es lo que el hombre desesperado consigue a cambio de tales penitencias y cilicios? Pues consigue convertirse en un viejecito saludable y, con un poco de paciencia, en un saludable cadáver. Y consigue, además, aburrirse un montón; pero ¿quién dijo que las idolatrías fuesen divertidas?
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domingo, noviembre 09, 2008
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