domingo, abril 16, 2006

Semana de Pasion en Lorca

lunes 17 de abril de 2006
Semana de Pasión en Lorca
Miguel Ángel García Brera
H E tenido estos días el privilegio de asistir a la Semana de Pasión de Lorca, aunque el temor a la carretera me ha obligado a regresar antes de contemplar, el domingo, su culminación con la apoteósica, según todas las referencias, salida del Resucitado por la puerta grande de la imponente colegiata de San Patricio. Y debo anticipar que vuelvo embargado por un cúmulo de sentimientos que suman, en su conformación, devoción, disciplina, arte, grandeza y generosidad. Conocía, y los admiro, los desfiles procesionales de Castilla –Valladolid y Zamora ante todo-, los de Cartagena, y los andaluces –Sevilla y Málaga en los primeros puestos- y debo a Leoncio Collado Rodríguez, ya mi amigo, entusiasta concejal de Turismo de Lorca, entre otros campos, el haberme sentado en las tribunas del recorrido por donde toda una ciudad extiende, especialmente el Jueves y el Viernes Santo, la memoria espectacular del tiempo bíblico y el dolorido recuerdo de un Dios crucificado y una Virgen madre sumergida en la amargura ante tal trance. Para dar una mínima idea de lo que supone ese desfile de carrozas y Tronos, ese esfuerzo de los Pasos, esa escenificación callejera de imperios y poder, que en ocasiones se remonta más allá de tres mil años, en contraste con la Pasión de Cristo, habría que disponer, al mismo tiempo, de la prosa consistente de un Kazantzakis, del verso de Unamuno y de la magia colorista de Gabo García Márquez, y aún así, del crisol de tan distinguidas expresiones literarias, no saldría, tan bello como el asunto lo requiere, el Canto que pudiera hacer vivir en el lector lo que realmente es la Semana Santa de Lorca; como se dice, una Pasión diferente. Los medios audiovisuales lo tienen más fácil, porque esa Semana Santa es un lujo de imágenes y sonido. La Pasión de Lorca es el resultado de un esfuerzo llevado a cabo, día a día, desde 1855, por todo un pueblo agrupado mayoritariamente en dos Pasos, el Blanco y el Azul, junto a otros que muy bien los completan, como el Encarnado, el Morado, o el Negro. El Paso Blanco, formado por los integrantes del Muy Ilustre Cabildo de Nuestra Señora La Virgen de la Amargura, tiene su sede en la iglesia de Santo Domingo, que es como un cofre de oro, donde también disponen del Museo de Bordados, con una exhibición de mantos y ropajes realizados con puntadas de seda, tan magistrales que sólo David Torres del Alcázar, su joven director, es capaz de explicar y, al hacerlo, de tener embobados a cuantos le escuchamos describir el esfuerzo de una técnica y un arte que exige años y años de esfuerzo de las bordadoras y del director de cada obra, hasta el punto de que cada una de esos particulares y manufacturados “tapices”, de ponerse en venta, alcanzarían precios millonarios en euros. Por eso, no es extraño que, como premio, en alguno de los mantos, que describen escenas bíblicas o evangélicas, se haya permitido bordar como caras de ángeles a sus propias autoras. Pocas veces uno se siente tan impotente como a la hora de querer ofrecer a sus lectores una evocación de los que son esas obras de arte del bordado lorquino donde la seda adquiere matices insospechados y el conjunto resulta espectacular; más vistoso aún cuando, ya en la procesión, las ricas telas se extienden sobre los hombros de los penitentes o de las figuras bíblicas o de las Vírgenes o de los caballistas que acompañan el cortejo procesional. El Paso Azul lo integra la Hermandad de Labradores y tiene su casa en la Iglesia de San Francisco, donde su Presidente, José Antonio Mula, llevó al grupo de periodistas de varios países, llegados para la ocasión, hasta el bellísimo camarín de oro y espejos, donde, ocupando el centro del altar mayor, se venera la Virgen de los Dolores. Además les puso al día, con detalle y fervor, sobre el Paso que preside, a lo largo de un recorrido por lo que fue convento y ahora es taller de bordado y de atención constante a todo el impresionante guardarropa integrado por un amplio inventario de los célebres mantones bordados, capuces, calzados, coronas, banderas, pendones, candelabros, cruces, hachones, cetros, flores y adornos de todo tipo. Llegados ya a la apoteosis de la escenificación religiosa, del Jueves y Viernes Santo, asombran las dimensiones, el diseño y el adorno de las carrozas en las que aparecen, con toda la pompa de los más antiguos tiempos, Nabucodonosor o la hija de Ramses II, madre adoptiva de Moisés, o Cleoptra u otras figuras bíblicas, acompañadas de bandas de música interpretando los sones ya clásicos de las mejoras óperas relacionadas con cada figura, o de distintas marchas. Y con una disciplina absoluta, los organizadores van midiendo los tiempos de tal modo que el recorrido no sea un mero pasar, sino una exhibición de autentico museo rodante. Entre las carrozas, las bandas, los pendones flameando por el esfuerzo titánico de los portadores, y las hileras de los penitentes, los caballistas realizan todo tipo de números de doma y las cuadrigas y los carros romanos– algunos con tiros de seis caballos- dirigidas por Julio César o por Marco Antonio o por Débora, la profetisa de Israel, o por Santa Elena, o por Antíoco, o por otras mujeres y varones de la antigüedad reencarnada, se lanzan al galope en un espacio en el que parece que terminarán arrollando al grupo que les precede, sin que jamás se de tal circunstancia dada la precisión de los aurigas y la de sus ayudantes en el enarenado paseo. Caballistas que obligan a los cuadrúpedos a realizar cabriolas, remolinos, saludos, y casi a volar, mientras otros grupos de jinetes se agrupan y se separan con ritmo de ballet, traen a la actualidad la memoria de las caballerías israelitas, egipcias, etíopes o seleúcidas. Y, como resumen de todo este desfile, alegórico y realista al mismo tiempo, la carroza del Triunfo del Cristianismo por donde la procesión ensambla con su otro contenido, el de la devoción ante la Pasión de Cristo Cada Paso, tiene su orden y su concierto de instrumentos varios acompasados por atabales, tambores, gons. Recae el peso principal en los Blancos y los Azules, y ambos, con la misma visión del procesional relato a pie de calle, se reparten las figuras bíblicas o traen al desfile, con fervoroso esfuerzo, sus Tronos de Crucificados o Vírgenes titulares. Y es de ver el “pique” amable, pero salido de lo más profundo de las gargantas; el diálogo que los espectadores mantienen a la caída de las dos tardes santas. En las tribunas de este recorrido de Lorca surgen al paso de las Vírgenes los gritos de “guapa, guapa, guapa”, incluso acompañados por las bandas al hilo musical de una canción popular, mientras una copiosa lluvia de pétalos cae desde los balcones engalanados. Y, como en las tribunas hay una cierta agrupación por colores, allí donde surgen los pañuelos de un color o de otro, saludando a las imágnes y formando un mar azul o un cielo de albas nubes, según los casos, tan pronto un “Azul” alza su voz para preguntar a quienes sabe de su misma devoción, ante el paso de un Trono o agradeciendo una emocionante cabalgada o paso de doma : “¿Sois azules?, recibe un colectivo y atronador “síiii...” por respuesta, en tanto que, en otra tribuna, se lanza un: “¿Queréis ser Azules? , contestado por los Blancos con un imponente “noooo..., que el azul destiñe”, o ingeniosidades parecidas. Entre carroza y carroza, los caballistas se lucen, envueltos en los riquísimos mantos bordados, que extienden sobre los lomos y la grupa de los más señoriales caballos de Lorca, y sobre los también llegados para esta importante ocasión de Menorca, de Jerez y de otros lugares. Cite al principio entre los motores de mi sentimiento, la generosidad y quiero justificar su invocación en este texto, aplicándola a la de sus gentes, expresiva, no sólo en el esfuerzo diario que realizan para obtener el resultado brillante -que tan sumariamente he traído hasta este artículo- sino en el sacrificio concreto de hombres y mujeres. –los grupos son mixtos– que llevan sobres sus hombros los varales de los Tronos religiosos, alzándolos y bailándolos a lo largo de la procesión, y también por el afecto que derrochan hacia el visitante. La Semana Santa de Lorca es una fiesta de interés turístico nacional, pero que, sin duda, es hora ya de declarar Fiesta Internacional, a juzgar por el número de extranjeros que he visto por sus calles estos días y del interés que ha movido a desplazar hasta allí además de Agencias, como Open Comunicación, prensa, radio y televisión nacional y regional, también a emisoras de radio y televisión y a periodistas de Estados Unidos, de Alemania, de Bulgaria, de Francia, de Inglaterra, de Italia, de Polonia, de Chile y de Colombia, refiriéndome sólo a los que he tenido el gusto de saludar y que probablemente no eran los únicos. Espero que mis colegas tengan mejor pluma que la mía para poder trasmitir con toda la fuerza verbal que se merece esta Semana Santa que es, desde luego, la más original que conozco, y eso que por no alargar mi colaboración omito lo que supone la descripción de la impresionante acogida que dan Blancos y Azules a la entrada de la respectiva Virgen en cada uno de sus santuarios.

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