lunes 17 de abril de 2006
La hoja de ruta de Zapatero
José Meléndez
C ON la misma profusión con que crecen las setas en los días templados tras la lluvia o la vicepresidenta Maria Teresa Fernández de la Vega nos deslumbra con su interminable colección de modelos, los tiempos actuales han lanzado a la pasarela de la moda política una larga serie de frases que enriquecen el acervo de lugares comunes hasta el infinito, pero que sirven para identificar cada intención, cada momento y cada circunstancia de la vida política. Y entre estas, ocupa un lugar destacado la “hoja de ruta”. No es el cuaderno de bitácora de los navegantes, ni siquiera, en un nivel más modesto, la línea a seguir en el mapa de los camioneros, sino la estrategia de los políticos ante los problemas que se les presenten. No hay político que se precie de serlo que no tenga su hoja de ruta y, como no podía ser menos, José Luis Rodríguez Zapatero tiene la suya, que ha mantenido celosamente guardada desde que accedió inesperadamente al poder, cuidadosamente envuelta en un amable manto de talante, de sonrisas, de disposición a un diálogo que solamente practica para conseguir lo que le interesa y de una moderación que poco a poco, conforme avanza el acontecer político y se van sucediendo los momentos de las decisiones importantes, deja ver su engañosa condición de disfraz. De poco sirve entrar en disquisiciones sobre si esta hoja de ruta la tenía ya trazada Zapatero antes de su victoria electoral o la ha ido construyendo sobre la marcha al aprovechar los vientos favorables que han venido hinchando sus velas desde que comenzó su travesía del poder en la Moncloa. Lo cierto es que está ahí, descubriendo centímetro a centímetro sus verdaderas intenciones, en una meditada dosificación que prepara al personal para el paso siguiente, un poco más atrevido, hasta llegar al final secretamente perseguido que solo él sabe y que lo sabremos los demás cuando ya, posiblemente, no tenga remedio. Lo importante es saber qué tiene Zapatero como meta en su hoja de ruta. Se habla de una nueva Transición que sobrepase los límites en los que se detuvo la pilotada por Adolfo Suárez y unos políticos que dieron a España la etapa más estable y desarrollada de su historia moderna, bajo la tutela aglutinante y moderada del Rey. ¿Y adonde nos lleva esta transición de Zapatero? ¿A una República de estados federales con él como presidente, al estilo de la que intentaron Pi y Margall y Salmerón, frente a la unitaria de Castelar y Figueras, y que terminó como el rosario de la Aurora por las revueltas cantonales contra las que el propio Pi y Margall tuvo que emplear al Ejército para sofocarlas? ¿O una República como la de 1.931 –y por la que Zapatero parece destilar admiración- que nació del idealismo de unos intelectuales que después abominaron de ella ante los derroteros que tomó, como ocurrió con Ortega y Gasset y Melquíades Álvarez, quien, por cierto fue asesinado por los republicanos en el 36?. Porque esa República, por mucho que quieran lavarla con el invento de la memoria histórica –que nada tiene que ver con la cruda realidad de la Historia verdadera- y por muchas celebraciones que se hayan programado para este 14 de abril, al cumplirse los 75 años de su proclamación, es una de las etapas mas desdichadas por las que ha atravesado España, una época convulsa de rebeliones, choques callejeros y quema de iglesias y conventos que desembocó en la gran tragedia nacional de la Guerra Civil. El político manso y sonriente, que se hizo en la escalinata de la Moncloa la foto con sus ministros y ministras, al cincuenta por ciento, y al que no conocía nadie hasta entonces, se nos presenta a los dos años como un consumado maestro en sacar provecho de los acontecimientos a corto plazo, un ventajista de la política que intuye los beneficios de un golpe de efecto a tiempo y rentabiliza cualquier tipo de situaciones, aunque para ello tenga que incumplir sus promesas –como ha ocurrido con el Estatuto de Cataluña, prometiendo a los nacionalistas que lo apoyaría como saliera del Parlament y después al resto de los españoles diciendo que lo dejaría como una patena- y no duda en sacrificar a quien se opone a sus designios. En su columna del pasado lunes día 10 en ABC, Ignacio Camacho (un periodista como la copa de un pino, que fue misteriosamente cesado en la dirección del periódico monárquico conservador, aunque la evolución posterior del diario comience a facilitar pistas) afirma que Zapatero se ha convertido en un sheriff que ha aprendido a manejar el revólver, con la paradoja de que ejecuta a los que oponen al indulto de los forajidos. La hoja de ruta de Zapatero se está llenando de defenestraciones que, si se analizan, resultan los mojones que marcan la dirección de su rumbo. Nicolás Redondo Terreros y Rosa Díez han pagado caro sus principios socialistas de libertad e igualdad para el País Vasco; Pascual Maragall, el gran escollo para el entendimiento con CiU, que libre a Zapatero del incómodo apoyo de Ezquerra Republicana, está al borde del abismo, a la espera del empujón definitivo y José Bono, -del que solo le separaron ocho votos en la elección de secretario nacional gracias a las manipulaciones de Pepiño Blanco, que dieron la secretaría a su jefe, pero le costaron la Comunidad de Madrid a su partido- ha tenido que irse a casa, después de pregonar a todos los vientos que no le gusta el Estatuto catalán, aunque terminase votándolo en el Parlamento, arropado con la bandera nacional y sin dejar de hacer votos de patriotismo español desde que fue cesado, con lo que deja de tener el control sobre el Centro Nacional de Inteligencia que es el ojo avizor que ha de determinar si la tregua de ETA es verdadera o una nueva pantomima de la banda terrorista. Ese alarde de españolismo de Bono desde que fue cesado, con besos a la bandera incluidos y un discurso de despedida ante los militares en el que vino a decir en síntesis lo que había dicho el teniente general Mena un par de meses antes y que le costó el cargo y un arresto domiciliario, puede tener un importante significado. La defenestración del fiscal Fungairiño y las próximas que se rumorean en la judicatura es un indicio más de que en esa hoja de ruta no se deja un cabo por atar. Otra de las condiciones que se han revelado en este Zapatero melifluo y grandilocuente por fuera, pero rocoso e inmisericorde por dentro, es su astucia para medir los tiempos. Sabe que a la inmensa mayoría de los españoles y, por lo menos, a la mitad de los que habitan en Cataluña no les gusta el Estatuto, pero ha sido aprobado a costa de mucho trabajo y muchas cesiones y cumple a la perfección su cometido de máquina rompedora para la construcción de su nueva España. Por eso, para sacarlo del primer plano, ha surgido el escándalo de Marbella, un escándalo que tiene una vida de quince años en los que la Junta de Andalucía y el gobierno socialista han mirado para otro lado. Y mientras la gente habla de los baños-pinacoteca del tal Roca, de lo forrado que estaba el culo de la alcaldesa y de los ochocientos mil y pico euros que la ex socialista García Marcos coleccionaba en su casa como estampitas, se olvida el Estatut y Zapatero puede dedicar todos sus esfuerzos a conseguir el segundo gran pilar de todo su edificio: la “pacificación” del País Vasco. Tal como ha planeado el logro, se aprecia que ha vuelto a dar una lección del manejo de los tiempos para actuar sobre un terreno cuidadosamente preparado de antemano. Quitando de en medio a los estorbos que tenía en el País Vasco dentro de su propio partido, aislando al Partido Popular con sus secretas maniobras con el PNV e, incluso, con Batasuna, desactivando las trabas legales como el Pacto Antiterrorista y la ley de Partidos y aprovechando que la banda terrorista está en el peor momento de su delictiva historia, ha echado el órdago pacificador que el PP no ha tenido más remedio que aceptar porque, ante la opinión pública (que tiene más de reacción de la masa que de opinión) no hay partido que se atreva a oponerse a un esfuerzo para erradicar el terrorismo. Pero ante un tema tan importante y delicado, en el que es imprescindible la estrecha colaboración de todas las fuerzas políticas democráticas y, principalmente, la de los dos grandes partidos es absolutamente necesario un clima de confianza mutua sin dobleces ni ocultamientos. Ya que se ha aceptado tácitamente que ETA se siente a negociar con las armas al cinto, contradiciendo así las continuas advertencias del gobierno socialista de que no negociaría mientras la banda no entregase las armas y se ha adoptado la frase sustitutiva de “mientras no cese la violencia”, la constatación de ese cese de violencia resulta fundamental en el proceso. Y lo que ha alarmado, no solamente a Mariano Rajoy, sino a todos los que seguimos la política de cerca, es que esa constatación esté en unas manos de prestidigitador como las de Alfredo Pérez Rubalcaba, flamante ministro de Interior y, por tanto, jefe de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de todos sus servicios. Es bien sabida la capacidad de manipulación del nuevo ministro, su habilidad negociadora y sus dotes para darle la vuelta a los problemas y presentarlos como más le convenga. El uso sin escrúpulos y sectario que hizo de la tragedia del 11M en las 72 horas anteriores a la cita electoral quedará en los anales como un ejemplo de maquiavelismo político. Hay, por lo tanto, razones para que surjan las sospechas de que la pretendida paz se logre “como sea”, que es la marca de fábrica de la política de Zapatero, a fuerza de concesiones a un sector tan voraz y fanatizado como es el nacionalismo radical vasco, en el que se incluyen, como es natural, a ETA y Batasuna. No olvide Zapatero que una de las primeras decisiones de su admirada II República española fue rechazar el proyecto de Estatuto Vasco por considerarlo inconstitucional. Veremos que nos deparan los acontecimientos y si se aclara en un sentido u otro la hoja de ruta de Zapatero, porque la diferencia entre una España que ya tenemos y que ha demostrado su validez democrática y otra cimentada en unos principios ya caducos es demasiado grande.
domingo, abril 16, 2006
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