viernes 21 de abril de 2006
No es lo que parece, o de los otros Bin Laden
Miguel Martínez
N O cabe duda que la frase “no es lo que parece” es una de las más socorridas y recurrentes de las que podemos encontrar en nuestro idioma. Es la oración empleada por un cónyuge (ya sea A o B) , cuando es sorprendido por el otro (ya sea A, B, A’ o B’) en ilícita cohabitación con otro ser humano que puede, o no, formar parte de otra unidad conyugal. También esa frase es empleada cuando el jefe entra de sopetón en la oficina y pilla a la mitad de la plantilla lanzando dardos sobre su foto ( a la que algún gracioso le ha pintado un diente negro y una pilosa verruga sobre la nariz) fijada con celo a la pared junto a la fotocopiadora; o cuando a la señora Remedios le pita la alarma de la caja de Alcampo y saca, bajo su bata de cuadritos, una botella de JB y otra de perfume Lulú (ésa del c’est moi). - No es lo que parece… Pues esa misma frase es la que, en futuras tertulias estivales de chiringuito playero con veraneantes de países vecinos, deberemos emplear cuando nuestros contiguos nos pregunten por qué en nuestro país se concentra más de la cuarta parte (un 26 %) de los billetes de 500 euros acuñados en toda la zona euro, siendo el país de la Unión Europea donde más billetes de ese importe circulan. No me digan ustedes que no es para decir “no es lo que parece”, que a cualquiera que contemplase los datos con total asepsia y sin conocernos se haría a la idea de que aquí atamos a los perros con longanizas y, con excepción de algunos hogares horteras de Marbella (de todos es sabida la aprehensión por parte de la Policía de toneladas y toneladas de longanizas que, ocultas en las casas de varios de los detenidos y con el ostentoso fin de ser usadas para atar perros, se han incautado en la operación Malaya para ser puestas a disposición judicial) el resto de españoles seguimos teniendo la poco original costumbre de atar a nuestras mascotas caninas con correas de material o con cadenas metálicas. Imagino, mis queridos reincidentes, que ustedes se habrán sorprendido tanto como un servidor al conocer el dato que pone de manifiesto que en España circulan más billetes de 500 euros (100 millones de billetes) que de 5 euros (43 millones) -sí, han leído ustedes bien, más del doble de billetes de 500 que de 5- y que el magno billete lila es con mucho (un 60 % del total de los billetes) el más numeroso en este país. Y uno se pregunta ¿Por dónde circulan? ¿Lo hacen escondidos entre otros billetes para pasar desapercibidos? Ítem más: ¿De veras existen? Porque algo tan numeroso y que circula tanto pero que no se ve es, cuando menos, sospechoso. Imagínense si es sospechoso el tema que, popularmente, se ha dado en bautizar al billete como Bin Laden, por aquello de que todo el mundo habla de él, de que se dice que se mueve de aquí para allí, pero que nadie lo ha visto y nadie sabe dónde encontrarlo. Y como los señores de Hacienda son muy avispados ya tienen la mosca detrás de la oreja (mientras que al resto de contribuyentes la mosca se nos aproxima al punto idóneo para que ésta –la mosca- sea denominada con el calificativo de “cojonera”, máxime ahora que se avecina de nuevo la puñetera declaración de la renta) y están dispuestos a desfacer cuantos entuertos sean menester para resolver el misterio de dónde se encuentran esos otros Bin Laden. (Entiéndase, por favor, billetes de 500, no vayamos a provocar un conflicto jurisdiccional e interdepartamental) Y es que está claro que esa irradiación de billetes gordos que sufrimos (si es puede sufrirse por la saturación de billetes de 500) los españoles, bien pudiera ser consecuencia de prácticas tan honrosas y honradas como el blanqueo de capital y/o la economía sumergida (que por estar sumergida -igual que pasa con los billetes de 500, y con Bin Laden- no se ve, de ahí que congenien tanto los unos con los otros) y, otras más frecuentes y más al alcance del vulgo como las aportaciones de dinero negro en el mercado inmobiliario entre particulares, en las que suelen aparecer algún que otro billetillo de estraperlo, cambiando de manos por lo bajini, para evitar impuestos, gastos de notarios, etc… En cualquier caso, y según declaraciones a EL País de un alto directivo de un gran banco, las entidades bancarias colaboran con Hacienda y cuando alguien pide en caja billetes de 500 “es frecuente preguntar para qué necesita el cliente una cantidad tan importante”, por lo que es de suponer que si cuando usted va a pedir 2900 euros (si pidiera más de 3000 tienen la obligación de hacer una fotocopia de su DNI y guardarla por si Hacienda preguntara en un futuro) en billetes de 500 y el cajero de su banco le pregunta que para qué quiere tanta pasta, usted le responde que para blanquearlos, que lleva toda la mañana retirando 2900 euros de diversas oficinas con el objetivo de evadir del fisco todo ese dinero, aprovechando además la circunstancia y el dinero para financiar con unos amiguetes una red internacional de tráfico de drogas y de armas, si esa fuera su respuesta, muy probablemente reciba usted una reprimenda del cajero en cuestión quien le dará el dinero a regañadientes pero le recitará unos pasajes de la Biblia haciendo hincapié sobre el sexto, el séptimo y el octavo mandamiento de la Ley de Dios. Si por el contrario usted manifiesta al banquero que necesita el dinero para comprar unos listones de madera y una campana de bronce con los cuales construir en su jardín una capilla dedicada a San Pancracio (a ver si así le toca de una puñetera vez la lotería) usted recibirá del bancario una benevolente sonrisa de complicidad o bien -según quién le atienda- una mirada al techo de aquellas que significan “me ha vuelto a tocar otro pirao”. Y uno que, como ya sabrán mis queridos reincidentes, es aficionado a aquellos experimentos sociológicos en los que se hayan implicados un consumidor/cliente y un suministrador de servicios/dependiente, y, aprovechando quien les escribe la circunstancia de tener que hacer un pago de 1000 euros, se encaminó un servidor a una oficina bancaria donde un joven, trajeado y sonriente dependiente le atendió amablemente: -¿Que desea el señor? - Dos billetes de 500 –entregando la libreta de ahorro- y otro de 100. -¿Algo más? - Nada más, gracias. - Aquí los tiene. ¿Me firma aquí, por favor? - ¿No me pregunta para qué los quiero? - ¿Perdón? (mirada al techo de las de “me ha vuelto a tocar otro pirao”) -Nada, nada… Disculpe. Adiós y Gracias. -Adiós. Buenos días. Vuelta de espaldas y al encaminarse un servidor hacia la calle, a medio guardar los billetes de 500 en la cartera, se topa de frente con un compañero que se queda mirando los pedazos de billetes con los ojos como platos. - Joder, socio… Cómo se nota dónde hay dinero, ¿eh? - Que no, hombre, que no… Que no es lo que parece.
jueves, abril 20, 2006
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