viernes 21 de abril de 2006
Si no hay canción, no hay nada
Óscar Molina
H ACE un par de días me sorprendió en la radio una canción del malogrado Antonio Flores que hacía tiempo que no escuchaba. La canción, bellísima, se titula “No Dudaría”. Es un homenaje al arrepentimiento sincero de alguien que, habiendo hecho mucho mal, se encuentra incapaz de reír de nuevo al comprender cuánto sufrimiento ha provocado, y lo imposible de borrarlo. Seguro que la conocen, y si no, les animo a que la busquen y la escuchen. Digo todo esto porque presumo del arrepentimiento, más o menos tardío, de quien entrega su vida al sufrimiento ajeno. Y creo que la sociedad y los poderes públicos están en condiciones de exigir que ese arrepentimiento se produzca de manera previa a cualquier tipo de maniobra, acuerdo o transacción con quien aparentemente se muestra dispuesto a dejar de causar el llanto. Por supuesto hablo de ETA, y el mal llamado “proceso de paz”. No es solamente una cuestión de legítimo resarcimiento ético, ni de pretender el triunfo por aplastamiento moral, que también, sino un problema de salud mental, de saneamiento colectivo y de satisfacción de una sociedad que debería sentirse agredida de manera injusta en cada una de las personas que individualmente han sufrido en sus vidas el ataque de una banda asesina, mafiosa y chantajista, a la que ahora se nos quiere presentar como un conjunto de descarriados muchachos que han comprendido lo equivocado de su camino. No podemos aceptar, por nuestra propia dignidad como colectividad humana, que se vayan rebajando progresivamente las exigencias a ETA, y que ahora el saldo llegue a la mera voluntad de no usar las armas, para intentar darnos la comunión con una rueda de molino que excede con mucho el tamaño de nuestras tragaderas. No, porque ETA lo que ha de hacer para poder empezar a hablar, es cantar la canción de Antonio Flores, y decir lo de “Si pudiera explicar las vidas que quité, si pudiera quemar las armas que usé…”. Y si no hay canción, no hay nada. Porque no podemos, ni debemos, plegarnos a quien no comienza por lo más elemental, que es renegar de lo que ha hecho, y sigue insistiendo en alcanzar los objetivos que le llevaron a hacerlo. No. Queremos que cante. “Si pudiera devolver la paz que quité…”. Y sin canción no se puede ni empezar a hablar, si no hay canción, no hay nada. Tenemos que exigir que Otegui no pinte nada en esta porquería de “proceso” de entrega vergonzante y calzoncillos del Estado de Derecho en los tobillos. Porque este a supuesto peripatético de “discursos de Paz” (Zapatero “dixit”) no le salvaría ni retratarse, salir al escenario y cantar lo de Antonio Flores. Además no tiene intención alguna de hacerlo, ni él ni sus amigos del gatillo y la bomba a distancia que jamás se han planteado el poder “sembrar los campos que arrasaron”. Y si no hay canción, ¿cómo va a haber mesa de partidos? ¿Como va a haber hay diálogo, proceso de Paz? ¿Cómo puede haber nada? No ha de existir el menor resquicio a que aparezcan oportunistas de foto fácil y alzacuellos denigrado con la sola intención de sacar la correspondiente tajada para su ego, un ego que insulta al voto de humildad y coloca a los mismísimos terroristas en un plano de legitimidad más alto que el de sus propias víctimas. No, porque el supuesto sacerdote Alec Reid no sabe nada de lo que aquí ha pasado, no tiene la menor autoridad moral para venir a dar lecciones, ni demuestra más integridad que la que se puede comprar con lo que vale un café en el “Ritz” y una foto en primera página. Esto no es ni ha sido nunca una guerra entre iguales, entre sujetos de Derecho que necesite de la mediación de organismos supranacionales. El señor Reid (me cuesta llamarle cura, y mucho más “padre”) ha de venir por donde se ha ido, y procurar que alguien le traduzca la canción de Antonio Flores, para que la escuche por el camino. Y sobre todo explicarle que si no hay canción no hay nada. Pero sobre todo, no es aceptable que quien esté facilitando el proceso a una porquería de Paz sin canción, sea el representante máximo de nuestro Estado. Es absolutamente humillante que nos estemos vendiendo tan baratos ante una manada de hienas con la sola intención, ya demasiado evidente, de obtener una baza electoral que transforme en el “Presidente de la Paz” a quien hoy es “Presidente por Accidente”. No podemos ya esperar que Zapatero obligue a ETA a cantar eso de “Si pudiera olvidar aquel llanto que oí, si pudiera lograr apartarlo de mí…” porque lo más probable es que el primero en olvidarlo haya sido él mismo. Pero nosotros hemos de tener ese llanto bien presente, porque todos lo hemos oído, y no hemos de consentir que caiga en saco roto, que ese llanto se haga aún más triste cuando comprenda que vertió sus lágrimas en vano, cuando tenga que aceptar tristemente que el gesto desencajado y desconsolado fue para nada, y las dolientes noches en vela una especie de maldición de quien habrá de vivir con la pena cáustica de haber entregado un sacrificio a nadie, haber pagado un tributo al vacío tan solo por que alguien, que no ha escuchado a Antonio Flores, quiere ganar las próximas elecciones. Tiene que haber canción. Si no hay canción no hay nada.
jueves, abril 20, 2006
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