miércoles, abril 12, 2006

La naturaleza del escorpion

jueves 13 de abril de 2006
La naturaleza del escorpión
Ignacio San Miguel
P ARECE que volvemos a tener que referirnos al célebre apólogo. Y es que hay personas que, fundándose en las grandes concesiones que para Cataluña supone el nuevo Estatuto ya aprobado, apuntan la idea de que los nacionalistas catalanes, por mor de su pragmatismo, han de permanecer en buena armonía con el resto de España durante muchísimo tiempo, sin importunarnos con nuevas reivindicaciones. Es tal el deseo de paz, de que las cosas se encaucen de una vez satisfactoriamente para todos, que agarrarse a un clavo ardiendo puede resultar comprensible. Pero precisamente este es el máximo problema del país, el incoercible deseo de gran parte del pueblo de seguir dormitando. Un grave problema, porque mientras unos dormitan, otros actúan, dado que saben que esta es su hora. Es la época de las grandes concesiones que llegan a su ápice tras cuatro décadas de sucesivas entregas. “Bueno, tomad esto y dejadnos en paz”, decimos con desmayo, ilusionándonos con que resolvemos el problema. Sí, lo resolvemos por un tiempo, por un tiempo que cada vez será más breve, porque la gente activa que trabaja sin descanso sabe que tiene que aprovechar las épocas favorables. Conviene, pues, salir del sopor y entrar en la realidad. La primera vez que oí la fábula del escorpión y la rana fue en la película “Mr. Arkadin”, de Orson Welles. Arkadin, interpretado por el mismo Welles, durante una fiesta fastuosa de disfraces en su palacio, y rodeado de selecta concurrencia, narró la fábula por algún motivo que no recuerdo: -Una rana saltó al río para cruzarlo y, en el momento de comenzar a nadar, notó que un escorpión se montaba en sus espaldas. Sintiendo el terror a la picadura moral, mientras nadaba pretendió razonar con el escorpión: -Ya sabes que no debes picarme, le dijo, pues si lo haces, moriré y me iré al fondo, y, como no sabes nadar, tú también morirás. -El escorpión no le hizo caso y, un instante después, ejecutó su mortífera picadura. -Pero ¿estás loco?, gritó, desesperada, la rana, ¿no sabes que ahora moriremos los dos? -Sí, lo sé, contestó el escorpión. -Entonces ¿por qué lo has hecho? -Porque esa es mi naturaleza, contestó el escorpión antes de hundirse. Arkadin concluía con una silenciosa risa burlona que dilataba su faz homérica y estremecía su corpulencia. Cometen un error quienes piensan que a los nacionalistas se les puede aplacar con concesiones y razonamientos. Las concesiones son expresión de debilidad y ¿en qué cabeza cabe que los nacionalistas no se aprovechen de la debilidad para alcanzar más y más concesiones? En cuanto a los razonamientos, suelen consistir mayormente en la exposición pormenorizada de los perjuicios económicos que la independencia habría de traer a los territorios separados. Es otro craso error. Nadie debería pensar que a un nacionalista le vayan a hacer desistir de sus propósitos unos u otros inconvenientes de carácter material. ¡Tener la independencia cada vez más cerca y desistir precisamente ahora, simplemente ante el temor de un cierto grado de empobrecimiento! ¡Qué absurdo! Aquellos que utilizan estos inútiles argumentos parecen desconocer la fuerza indomeñable que prestan los ideales aunque éstos sean equivocados. Y si lo desconocen es porque carecen de ellos. En efecto, en España el nacionalismo español es prácticamente inexistente, y el patriotismo es muy modesto. Se trata de la nación menos patriota de Europa, según encuestas. Si a esto añadimos el adormilamiento citado, la situación ofrece campo abonado para el triunfo de aquellos que no descansan y a quienes importan una higa las severas advertencias de quienes torpemente enfocan el problema desde un ángulo económico porque piensan que eso es lo más importante. Carod-Rovira no ha podido ser más claro: “Aquellos que niegan a Cataluña su condición de nación, al cabo de unos años se encontrarán con que, además de nación, es un Estado.” El resto de políticos catalanes nacionalistas ha sido más prudente y no ha hecho comentarios similares, pero ¿quién puede dudar de que piensan lo mismo? Pues el objetivo último de todo buen nacionalista tiene que ser ese, lógicamente. Sólo no lo verán así los ya citados comodones, amantes fanáticos del “dolce far niente” en el campo político. Claro está que no todo el pueblo es así, y ahí están las ya numerosas manifestaciones multitudinarias, efectuadas contra el Gobierno por diversos motivos, para demostrarlo, pero el problema se expresa en esta pregunta: ¿No serán muchos más los indiferentes que los que se sienten corcernidos (asistentes o no a las manifestaciones)? Las cartas están sobre la mesa. Cataluña ha dado un gran paso en el camino de la independencia. Ahora le toca al País Vasco. Más tarde, a Galicia, Canarias, etcétera. Es un proceso que está en marcha y a buena velocidad. Las últimas declaraciones de Alfonso Guerra así lo confirman, al compararlo, tranquilamente, con el curso de la disolución de la Unión Soviética. Con la misma tranquilidad, comentó la inconveniencia del artículo 150.2 de la Constitución que permite transferencias ilimitadas a las Comunidades autónomas. Y no creo que sea superfluo incidir en una determinada circunstancia que ha condicionado el desarrollo de los acontecimientos. Porque lo cierto es que este desarrollo se habría visto detenido en seco en el Congreso si las leyes hubiesen exigido para la aprobación de los Estatutos de Autonomía los dos tercios de los votos de los diputados, como ocurre con los cambios constitucionales. Los nuevos Estatutos de Autonomía tendrían, si tal hubiera sido el caso, que ser necesariamente consensuados entre los grandes partidos, algo de lo que tanto se ha hablado últimamente por parte del Partido Popular con quejas y lamentos inútiles. ¿Cómo se pudo tener tal falta de previsión a la hora de redactar las leyes? ¿A nadie se le ocurrió lo que podía ocurrir? Quizás sí. Quizás bastantes lo previeron para un futuro más o menos lejano, pero una vez más se impusieron las naturalezas fuertes, las que persiguen implacablemente sus objetivos; aquellas que vieron que era muy interesante tener medio abierto un portillo que facilitara cambios sustanciales. No parece que el hecho de que los Estatutos sean leyes de rango inferior a la Constitución, haya de exigir para su cambio o sustitución únicamente la mayoría simple y no la cualificada de dos tercios. Hay que rendirse a la evidencia. La fuerza que surge de la pasión, de cualquier índole que ésta sea, es más poderosa que la simple fuerza de la razón. Ésta sólo puede vencer si va acompañada también del fuego de un ideal que exalte la potencia del espíritu. En caso contrario, tras los frios y pedestres razonamientos, vienen las concesiones y las claudicaciones como manifestaciones previsibles de su debilidad.

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