domingo, abril 16, 2006

Una semana aburruda, llamada "santa"

lunes 17 de abril de 2006
Una semana aburrida, llamada ‘santa’
Félix Arbolí

C ONTEMPLO el desolador aspecto de unas calles solitarias, ausentes de ruidos, sin llantos y protestas de pequeños sublevándose a las imposiciones del adulto que les acompaña, ni la incesante hilera de vehículos y molestos bocinazos de los impacientes, que saben la inutilidad de sus exigencias y desagradables efectos al oído del sufrido prójimo, que ha de soportarlos. Falta ese bullicio de locos y estresados , ese hormigueo humano incesante, que se mueve en todas direcciones, dando la impresión de que no van hacia ninguna parte, con una prisa incomprensible y absurda. Se nota en el amanecer del alma de la ciudad, esa falta de actividad cuando tras una noche de letargo y sueño, más o menos respetado, se despereza e inicia un nuevo ciclo tan lleno de ruidos como de incertidumbres. Estamos en Viernes Santo y en esta fecha tan aciaga en el calendario cristiano, todo parece detenerse y nada tiene ocasión de realizarse, porque aunque uno quiera saltarse ese no hacer nada en absoluto, no encuentra quien pueda ayudarle a superar tan absoluta inactividad. Recuerdo que en mis tiempos de infancia y adolescencia, allá en mis tierras andaluzas, este día era el más aburrido, temido y horrorosamente vivido de todos cuantos figuran en el año. La radio, aún no existía la “caja tonta”, estaba machacando durante todo el día música sacra, los bares cerraban media puerta de su entrada, en señal de duelo y desaparecían las mesas y sillas de las terrazas. Estaba mal visto que en un día de tan fúnebre y trágica conmemoración, se fuera uno tranquilamente a tomar un café, cerveza o copa con algún amigo. Por eso los que lo hacíamos debíamos tener mucho cuidado para que nuestra permanencia en ese local, fuese lo más oculta posible, con el fin de evitar el cotilleo y escándalo de las chismosas cotorras de” velo y misal en ristre”, que iban espiando y aireando con exageradas exposiciones a los que advertían en el interior de esos bares donde, a su juicio, debería tener su feudo el diablo. No comprendían en su cínica y farisáica fe que con un café, una copa o una charla amistosa, no se ofendía a nadie. Mucho menos ese día en el que ni Dios figuraba en el Sagrario de las iglesias, pues desde la tarde del día anterior, Jueves Santo, hasta la mañana del Domingo de Resurrección, los templos presentaban, ignoro si continuarán actualmente, un aspecto desolador y de desorden absoluto, ocultando todo vestigio sagrado. Hasta las pilas del agua bendita se encontraban totalmente secas. Sin olvidar el detalle de que las imágenes que ocupaban altares y hornacinas se ocultaban a la vista del visitante tras unos velos oscuros, normalmente morados. La visita al templo ese día era desoladora y daba la impresión de que Dios había abandonado la tierra y se había marchado cansado de tanta pantomima e hipocresía a los etéreos confines donde dicen tener su morada. Era como si en esa fecha no existiera nada sagrado que nos uniera al Más Allá. Las pocas personas que en ese día entraban a la iglesia, normalmente las limpiadoras y personal de servicio, para aprovechar la circunstancia y dejar todo preparado para la apoteosis del Domingo de Resurrección, hablaban entre sí a viva voz, sin recogimiento alguno, como podrían hacerlo en cualquier patio de vecinos de la época. Tampoco se podía ir al cine, teatro, ni a cualquier otro tipo de espectáculo, aunque su contenido fuera respetuoso y de acuerdo con la tradición cristiana. Hasta el inocente detalle de canturrear o tararear en casa, como simple distracción, sin darte cuenta de lo que hacía, era severamente corregido por la familia como si estuviera uno realizando un auténtico sacrilegio. Comidas extrañas y poco apetitosas, con un ayuno extra sumado al que por circunstancias de la pasada guerra civil debíamos padecer, encierros en los hogares, conversaciones donde no tuvieran cabidas chistes y ocurrencias que pudieran resultar jocosas y otras normas excesivamente estrictas que, con el tiempo y el enfriamiento del fanatismo religioso, han ido suavizándose en nuestras vidas y procedimientos, hasta llegar a la actual jornada donde el que puede aprovecha para poner kilómetros de por medio, buscando playa, montaña y sierra o los más diversos alicientes que puedan ofrecernos, y los que no podemos por una u otra razón, ajena a nuestros deseos, nos tenemos que conformar con sentarnos ante ese “machacado artilugio” en el que se ofrecen una y otra vez, año tras año, las mismas películas sobre los consabidos temas de judíos y romanos, donde la figura de Jesús se presta a las más diversas caracterizaciones. Nos lo ofrecen como una figura mística, atormentada y torturada en aras de nuestra salvación y su inmensa capacidad de amar, junto a las que intentan imponernos a un ser enamorado, pasional y acometido por los mismos errores, debilidades y sentimientos del hombre. Una forma muy sutil y hasta efectiva de desmitificar a un Ser que para muchos millones de personas es la personificación más lograda de la sublimidad en grado superlativo. Y tantas repeticiones sobre el mismo tema, a pesar de sus diferentes maneras de enfoque, han logrado que dejen de interesarnos como materia que nos debería servir de reflexión y examen de nuestras propias conciencias. De todas formas, tengo una especial forma de sentir y expresar el dolor . Soy un enemigo acérrimo de los lutos en el vestir; el cierre absoluto de todo tipo de aparatos que sirvan para entretener y suavizar esos momentos tan duros y difíciles; las escenas y demostraciones externas de reflejar pesares por ausencias indefinidas y hasta el detalle de enclaustrarme en ese oscuro y solitario rincón la casa, con el decidido propósito de obtener una incomunicación total de personas y ambientes. No lo he hecho ni con la desaparición definitiva de los seres más queridos que me han precedido en ese camino que todos debemos emprender, antes o después. Lo considero algo tan absurdo, como inútil. Ya que a nadie puede beneficiar esta renuncia absoluta, durante el tiempo que determina esta sociedad, que nos maneja como si fuéramos marionetas, pasado el cual la vida vuelve a su normalidad y el muerto ha podido descansar “más tranquilo y confortado”.! Lo que le importará al pobre que nos dejó lo que hagamos quienes nos quedamos. ¡ Tampoco creo y me explico que debamos esperar la llegada del Viernes Santo, para sentir la tragedia de Cristo. Es un sentimiento que debe acompañar al cristiano todos los días. Una triste recordación que hemos de sobrellevar a lo largo de nuestra existencia, aunque sin traumatizarnos. Nunca un acontecimiento que enturbie continuamente nuestras ilusiones, goces, alegrías y gratas jornadas. Ni aún siquiera ese día que, a juicio de algunos, pudiera ser el más a propósito para dedicarle un tiempo extra a la oración y a la meditación, pero sin tener que soportar durante toda la jornada y en esa fecha, todo el dolor que la conmemoración milenaria de la Pasión de Cristo pueda producirle. Mañana la vida volverá a sus cauces habituales y las calles, tiendas y transportes recuperarán sus normales aspectos y funciones. Ya nadie querrá acordarse de la tragedia y la muerte en el Gólgota. Será una efeméride que tendrá que esperar todo un año para recuperar su actualidad y vigencia, sus pesares y remordimientos. Las iglesias volverán a estar con sus santos libres de moradas ocultaciones, llenas de flores, iluminadas con cientos de velas y adornadas con paños recién lavados y planchados, pero vacía de fieles, porque han quedado saturados de tanta procesión, tanto silencio en el ambiente y tanta aventura religiosa y pasional en la “tele” que, libre de normas y tradiciones, regresará a sus programas basuras mal llamados del corazón, ya que en realidad su protagonismo se encuentra mucho más abajo de esta víscera, en ese recóndito lugar origen del oficio más antiguo y lucrativo del mundo.

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