jueves 20 de abril de 2006
Y después de judas, ¿qué?
VALENTÍPUIG
ENTRE los asistentes a la Santa Cena se está rifando el protagonismo de un futuro «bestseller» y la transfiguración de su pasado evangélico en cualquier intriga de capa y espada o en una saga psicoanalítica en la que se pasa de ser un pobre apóstol a andar por Tierra Santa con los complejos y personalidad del ama de llaves de «Rebeca». Judas ha sido el de más recién metamorfosis de la mano de aquel «National Geographic» cuyos números atrasados se han guardado como tesoro en desvanes de todo el mundo. Descúbrase un evangelio gnóstico -uno más- y de repente va a tener más audiencia crédula que los evangelios escritos siglos antes, considerados como canónicos y por eso parte del Nuevo Testamento. Ahora resulta que Judas no fue lo que cuentan los cuatro evangelios: la verdad es que era el discípulo favorito de aquel sujeto extraño que iba, entre palmas, por los pueblos de la polvorienta Palestina. De un secreto que el maestro infunde al apóstol hasta ahora traidor se deriva un cumplimiento de las profecías. Como decía un sabio, se comienza no creyendo en nada y se acaba por creer cualquier cosa.Al pobre Judas cuyo arrepentimiento habíamos revivido Semana Santa tras Semana Santa le niegan ahora el puñado de monedas de plata por él que traicionó a su líder: otro relato apócrifo entre mil le sube al podio de la revelación superior. Tantos otros personajes de los cuatro evangelios esperan verse redimidos de su pasado por mano del «National Geographic» o de un escritor de «bestsellers» como Dan Brown: profetas por un día, redentores a horas perdidas, protagonistas de la más grande historia contada que Cecil B de Mille nunca osó cambiar tanto. Todo eso pasa por no preferir -por ejemplo- la lectura de las «Figuras de la Pasión del Señor» de Gabriel Miró o «Setmana Santa» de Salvador Espriu. Pero si para eso estaban, cómo no, aquellos evangelios concordados que todas las familias guardaban en algún anaquel, por despoblada de libros que fuera la casa.Si el tiempo posmoderno quema los rostros de los presentadores de televisión y los iconos de cada temporada, también todo el personal secundario del evangelio de Lucas o Marcos requiere de un «lifting» para reaproximarse a la verdad de esta época y no de todas. Es un tributo a la banalidad, cruel y explícito. Claro está que Judas no va a asomar por entre las palmeras del decorado para reclamar su pasado y rechazar la biografía que le adjudica el evangelista gnóstico. Siempre en busca de la novedad, pronto haremos que los leprosos de aquella Tierra Santa sean víctimas «a posteriori» de Chernobil y que la célebre higuera que no daba higos sea una consecuencia del calentamiento global del planeta. En un par de días, los Reyes de Oriente serán agentes de Wall Street comisionados para explotar bolsas de petróleo detectadas en Belén.Siempre hubo leyendas para la credulidad y la sobremesa, pero nunca se habían transmitido a tanta velocidad ni con el brío mediático que -por ejemplo- ha tenido «El Código da Vinci», la mayor conspiración de los últimos dos mil años, según dice el eslogan. Como sabe todo el mundo, ahí Jesucristo se casa con María Magdalena y tiene descendencia, seguramente en virtud de las políticas natalistas de Poncio Pilatos. Luego, las huestes tenebrosas del Opus Dei rematan el encargo oponiéndose, cueste lo que cueste, a la verdad. Es la verdad de Dan Brown contra unos evangelistas bastante analfabetos, tan analfabetos que no fueron advertidos de que dos mil años más tarde existirían Hollywood, la sociedad del desperdicio, la verdad del todo a cien. Ni tan siquiera extraña que -como publicó «The Guardian» hace unos meses- Jacques Chirac influyera cuanto pudo para que una actriz amiga de su hija tuviera su papel en la adaptación cinematográfica de «El Código da Vinci», aprovechando que los productores necesitaban permiso para filmar en las salas del Louvre. Otra versión de los mercaderes del templo.vpuig@abc.es
miércoles, abril 19, 2006
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