miercoles 12 de abril de 2006
“Monsieur je suis devenue la solitude même”, contestó Melissa
Carmen Planchuelo
H ACE unos cuantos días leí en uno de los muchos libros que pasan por mis manos, algo que me llamó a atención. Era un comentario sobre que el dolor es más creativo y solidario que la felicidad, que los estados carenciales del alma, el desamor, la nostalgia, agudizan nuestros sentidos para captar y conectar de forma más profunda y acertada, con los sentires ajenos. Probablemente así sea, la experiencia me dice que la maravillosa “Felicidad” (no la felicidad) me ha hecho vivir con gran intensidad, mis sentidos han estado más despiertos para absorber y ser más receptiva con las bellas cosas puestas en mi camino, mis fibras se han conmovido a la menor sensación pero casi siempre en una única dirección: yo y lo que me ha hecho sentir plena; y de alguna manera me he sentido como algo que aunque mezclada con el resto del mundo, lo sobrevolaba. Siendo feliz he sabido reflejar mi alma con emoción y precisión… pero sólo la mía. Interesada por lo que en estas páginas se decía, seguí adelante con la lectura. El autor comentaba que el dolor propio despierta una vía de comunicación sin palabras que circula entre los heridos, entre aquellos tocados por el ala de la sombra y la tristeza; son miradas, son gestos, son cosas a veces leves que solo se perciben cuando la araña del dolor va tejiendo su tela y atrapando, atrapando… Confieso que me enganché a la lectura, que algo en mí hizo un clic que despertó ciertos sentimientos y el recuerdo de una pequeña historia ocurrida no hacia demasiado tiempo y que permanecía muy viva en mi poro la emoción que despertó. No estoy viviendo los momentos mejores de mi vida, los motivos no vienen al caso, pues este pequeño relato no tiene como objeto hablar de mí, bueno no hay que engañarse, uno siempre habla de sí mismo, aunque sea por persona o personaje interpuesto, pues ¿qué es más importante para uno mismo que su propio acontecer?, ¿qué conoce uno mejor que su propio cofre? Así que no os engaño, hablaré de mi pero tan sólo como la voz narradora que en algún momento reclamará un poco de protagonismo. Esta sencilla historia cuanta algo que me ocurrió un Jueves Santo, y si tuviera que definirla de alguna manera, lo haría como “encuentro de soledades”. Era un día de sol, de ésos de primavera recién estrenada, no hacía calor y a la hora de comer la ciudad estaba medio vacía. La Semana Santa se ha convertido en unas vacaciones de primavera, el primer contacto con el mar, una escapadita en busca de exotismo o simplemente la oportunidad de romper con la rutina, con lo cotidiano (con lo de todos los días) y darse la oportunidad de la sorpresa, de lo distinto, a veces hasta tienes la suerte de poder vivir por unos pocos días “al revés” como Alicia en su espejo. Estábamos aparcando el coche, mi mirada vagaba sin punto fijo, mi mente perdida, cuando mis ojos repararon en una figura de mujer. Me llamó la atención y observé; estaba sentada en la parada del autobús, bajo la marquesina de cristal, pero de una extraña forma, sentada/inclinada/medio caída hacia la derecha. La miré con cierta atención, no, dormida no estaba, se hubiera caído en semejante postura. Noté que la mujer no estaba bien; desde donde yo me encontraba podía ver que “algo” le pasaba ¿enferma?, ¿drogada? un impulso me hizo salir del coche; crucé la calle y llegué hasta ella. Seguía en la misma postura, me siento incapaz de calcular su edad pero joven, el pelo oscuro y muy limpio le caía sobre la cara morena del mismo tono que la mía; llevaba unos pantalones negros de lana gastados, ajustados que le marcaban las rodillas y los muslos (entradita en carnes), zapatillas blancas de deporte de ésas de lona barata y un anorak rosa brillante completaba su indumentaria. Me puse en cuclillas delante de ella y le pregunté con la voz más cariñosa que encontré en mi interior : “¿qué te pasa? ¿estás enferma?”. Levantó un poco la cabeza, entreabrió los ojos, una mirada perdida, turbia, inexpresiva, se encontró con la mía curiosa y algo húmeda, le retiré el pelo de la cara, un pelo tan suave…y volví a preguntarle “¿seguro que no estás enferma?” –“No”- “¿quieres que te lleve a un médico?” –“No”- me volvió a decir, su voz era opaca, sin vida y tan adormilada como sus ojos. Apenas si estuve unos pocos minutos con ella; me fijé en sus manos morenas, regordetas y con pupas que brillaban al sol como joyas de miseria. No es la primera vez que veo mujeres en esas condiciones, esta zona de la ciudad que une la parte viaja y la nueva, está frecuentada por muchas, de diferente edad y aspecto, casi todas a la espera de que alguien quiera pasar un rato con ellas y así sacar un poco de dinero con el que comprar la dosis del día, parece que ya han pasado los tiempos en los que a la calle solo llagaban las mujeres “por una mala partida”2un mal paso” “un desliz”. La mayor parte están flacas y desdentadas, tienen la piel apergaminada, seca de estar a la intemperie y por pocos años que tengan, la juventud les cae muy lejos. Nunca se me ha ocurrido acercarme a ninguna, pero la muchacha del anorak rosa emitía una señal, un reclamo de tristeza, de soledad, que al verla en la distancia pensé: “está hecha polvo, más sola que la una y quizás lo que se haya metido es lo único que le permite sobrevivir al día de hoy y aguantar lo que la vida le depare”. Sentí que no era casualidad que nos hubiéramos encontrado, que tenía que haber un porqué en ese encuentro. Aún no sé cuál es, pero sí sé que por motivos seguramente muy distintos estabamos viviendo -ambas- un momento de vacío, soledad y pena…y me sentí muy cerca de ella. No sabría explicar por qué me sentí tan próxima a esa ramerilla callejera, ciega de heroína mil veces cortada o cocaína adulterada, pero sentí el eco de su soledad y de su tristeza de una forma tan clara y penetrante en mi interior como si de mi propia pena se tratara. Cuando me marchaba – volví la cabeza- vi que un hombre se le acercaba y juntos se metían en un bar próximo. Yo caminaba con los míos en busca de un restaurante donde celebrar la comida de Jueves Santo. *** Ese Jueves Santo parecía estar llamado a poner en práctica la tan manida frase del “amor fraterno”. Comíamos tranquilamente en un restaurante de la parte elegante de la ciudad, alegremente disfrutábamos de la comida, del vino –yo aparte del vino había tomado algo más y notaba que la mezcla me iba afectando. ¿Cómo? haciéndome más observadora, imaginativa y quizás más disparatada de lo usual (mi pena es muy creativa). La mesa vacía más cercana a la nuestra fue ocupada por una señora de unos ¿70 años? Podría tener muchos menos pero el aspecto no era de “señora bien conservada”. Me resultó familiar y me dediqué a observar –la conversación en mi mesa me permitía estar a dos bandas sin grandes problemas para mantener un comportamiento correcto. La mujer llevaba ropa buena, cara, elegante pero se notaba que se había puesto lo primero que había encontrado; bonitas joyas y en su mano derecha dos alianzas juntas –viuda- pensé, pues si fuera separada o divorciada las habría fundido en cualquier otra cosa; el pelo teñido de color zanahoria estaba mal peinado y se adivinaban las raíces blancas, daba la sensación de que acababa de levantarse y tan sólo se había pasado el peine sin mirarse al espejo. Pero en lo que más me fije fue en su cara abotargada, hinchada y –que Dios me perdone- como si se hubiese desayunado una botella de coñac. Su aspecto era de una tristeza total y una enorme sensación de abandono y desesperanza, la envolvía como un halo maléfico. Todo esto no hizo más que despertar mi curiosidad y no sé por qué la imagen de la muchacha del anorak rosa volvió a mi mente… tristeza, soledad, abandono. La señora saludó a los camareros (sólo a ellos), ordenó el menú y comenzó con su almuerzo; discretamente yo no quitaba ojo y vi cómo hablaba sola o consigo misma o con un interlocutor invisible para el resto de los comensales…y de repente “la reconocí”. Sí, era la misma mujer que unos meses atrás había descubierto en un balneario cercano mientras pasaba unos días de relajo total con una amiga. Recuerdo que mientras cenábamos y rememorábamos tiempos pesadas, comentábamos nuestra vida de ahora, las ilusiones perdidas, las recobradas, las que acababan de nacer, yo dejaba vagar mis ojos por el coqueto comedor, y como siempre iba viviendo dos vidas, la mía del momento en la conversación con mi amiga, y esa otra interior que iba fabulando historias sobre las gentes que solas o en compañía estaban allí aquella noche. Las dos imágenes se unieron. Por supuesto que era ella, la misma buena ropa, la misma tristeza en el rostro, la misma impresión de que compartía su soledad con la botella, y lo que ya me sacó de cualquier duda posible fue la charla consigo misma o con quién sabe quién. Recuerdo que aquello nos llamó la atención. En aquel momento mi amiga y yo hicimos algún comentario sobre “lo solos que estamos todos”, supongo que yo, que en ese momento era muy feliz y me sentía a gusto con la vida y conmigo misma, dije algo así como “sí, unos más que otros”. Ni por un momento se nos ocurrió entablar charla con la “dama solitaria” pero como decía antes, las propias tristezas nos hacen más sensibles ante las penas de los demás, y de la misma forma que un impulso me llevó a acercarme a la muchacha callejera, otro nació en mí y cuando terminé el postre, me levanté, me acerqué, con la mejor de mis sonrisas y mis aires más cálidos y desenvueltos, a la mesa de la solitaria mujer para preguntarle si en determinadas fechas habíamos coincidido en cierta estación termal. Me miró sin cambiar su expresión sin expresión y me dijo que sí. Compartimos unos minutos de conversación termal sobre la maravilla del lugar, el placer de las aguas, vapores y masajes, la tranquilidad que en aquel balneario se respiraba…Al despedirme le di la mano, le dije mi nombre y ella con cierto ánimo y una chispita de luz en las pupilas, no sólo me dijo el suyo sino que me indicó con su enjoyada mano dónde vivía y me ofreció su casa, una de las mejores y más caras de la ciudad. El hablar con esta mujer no fue nada más que para que escuchara otra voz distinta a la suya, a la de los camareros o a la del invisible personaje sentado frente a ella. Quise y sentí la necesidad de que oyera una voz totalmente desconocida y cálida que por unos minutos la sacara de su mundo, que presentí dolorido y no feliz. Al final del día, cuando a uno le pasan a modo de fotos las cosas que ha vivido, o se le han ocurrido, pensé en esos dos encuentros tan insólitos y en como yo había tenido el privilegio de compartir algo de lo que se movía por el corazón de esas mujeres. Pensé ¿qué puede haber de común entre una acaudalada señora mayor de provincias “de toda la vida,” a la que seguro no le falta familia, ni ninguna comodidad material; una joven de la calle posiblemente desprovista de todo y cuyo negocio es ella misma, y una mujer como yo, rodeada de cariño, con una situación material sin problemas, sana, de buen ver, que despierta deseos, goza del valor de la amistad, tiene por delante mucha vida que vivir, muchos placeres de los que gozar y mucho que soñar? Mirando un poco por dentro de mi alma y en los ojos inexpresivos y tan sin vida de esas pobres mujeres, encontré el hilo que a las tres nos unía: un enorme vacío ocupado por la tristeza, la soledad y el dolor… posiblemente causados por motivos muy distintos y seguramente también con soluciones diferentes para remediar el abatimiento que a las tres ese día nos embargaba. Quizás, en ese Jueves Santo, yo fui la única persona que se les acercó a decirles algo (independientemente de los tratos comerciales de ambas) y lo que yo les dije –ellas no lo saben, ni lo supieron ni lo sabrán- es que yo también estaba mal y que mi interés y mis sonrisas hacia ellas para que por un momento se sintieran menos solas, un poco menos perdidas y yo de paso mejor, era una forma de compartir algo inexplicable con ellas que se cruzaron en mi vida (o yo en las suyas) un día de Jueves Santo en que estaba viviendo mi particular Vía Crucis. A la chica del anorak rosa la he vuelto a ver en alguna que otra ocasión por la misma zona, casi siempre adormilada, recostada en un banco y cómo en su propio mundo, pero yo ya no he vuelto a pararme con ella. A la otra también, con sus mismas bonitas joyas, ropa cara y la desolación pintada en el rostro
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