martes, abril 11, 2006

100, Los circulos del tronco

miercoles 12 de abril de 2006
100: Los círculos del tronco
Óscar Molina
C OMO es bien sabido, cuando se tala un árbol aparecen en su tronco una serie de círculos concéntricos que determinan su edad. Esos círculos representan etapas del crecimiento y engrosamiento del tronco, y en la simplificación popular se hacen corresponder con años de vida. Las marcas en cuestión, lo que nos podrían enseñar es la necesidad de añadir nuevas capas leñosas al tronco como condición de que el árbol crezca, medre y se haga más fuerte. Y bien mirados, vienen a ser su historia. El tronco de España es de circunferencias abundantes, como corresponde a una Nación antigua, y está jalonado por trazas para todos los gustos; de alguna de ellas nos sentimos justamente orgullosos, mientras otras entran en el apartado de las vergüenzas del bosque de la raza humana, cosa que por cierto, no es ajena a ningún árbol de nuestros alrededores. En cualquier caso, el árbol es el que es, y tal y como hoy lo contemplamos es el resultado de todos los círculos que constituyen su estructura El árbol está en peligro, y además los maniobreros de injertos imposibles han comenzado a no ocultar sus intenciones. Al cuidado de la planta se encuentra hoy quien ha declarado ser heredero de tan sólo uno de los círculos de su tronco, y ha manifestado su intención de devolverle la corteza que presentaba en la etapa en que se formó aquella marca. Zapatero nos habla de la II República con una nostalgia extraña en quien no la vivió más que por batallas de abuelos cebolleta que hoy, justifican olvidos del sufrimiento de presentes. El intento no es sólo suicida, sino además imposible. La pretensión es la de extraer del tronco una marca vieja en toda su longitud y hacer de ella nuevo revestimiento que determine su crecimiento, apariencia, y régimen de reparto de flores y frutos. No es únicamente absurdo, es descabellado. La corteza que admira Zapatero se corresponde con una circunferencia cuya redondez no fue precisamente ejemplar. La ingeniería botánica, vulgo manipulación histórica, puede hacer lo imposible por certificar la perfecta geometría esférica de aquello, pero la realidad nos dice que lo que se está haciendo tiene mucho más que ver con intentar cuadrar el círculo. No es muy aconsejable, además, retornar a una cuadratura que hizo clamar el famoso “No es esto, no es esto” a quien tenía una visión de las cosas más amplia, fundamentada y coherente que el abuelo del Presidente. Y no conviene olvidar, que durante la vigencia de aquella marca, los habitantes del árbol llegaron a cotas de división y enfrentamiento nunca alcanzadas en su Historia, hasta el punto de terminar por matarse entre ellos. El círculo se practicó en el pino de extraña manera: a base de un tajo que se llevaba por delante las expectativas, valores y principios del tronco que alimentaban a media España, con la sola pretensión de que la otra media aprovechara la hemorragia, que no fue sólo resinosa. Venir ahora a decirnos que los círculos que hemos venido sumando a la fortaleza de la planta han de ser pulidos para retornar a la corteza que acabó con la muerte de hermanos a manos de hermanos es un disparate. En esas marcas, hay mil y una llagas, hay centenares de miles de historias de injusticia, sectarismo y crueldad que no nos aprovechan nada. Millones de sufrimientos que fueron tapados por capas posteriores que, éstas sí, contaron con el respaldo de la mayoría de los inquilinos del árbol, y lo convirtieron a muchos efectos en la admiración del monte. La vía, ya descaradamente emprendida, para el apartamiento de media España es tan patente que únicamente nos faltaba un reconocimiento expreso para constatar que lo que hoy tenemos es el desprecio por todos los círculos del árbol, a excepción del aludido. Las maniobras que hoy se llevan a cabo recuerdan demasiado a aquella etapa en la que sólo cupimos la mitad, aquel periodo fecundo al que alude el Presidente de todos el de Gobiernos presididos por quienes no tenían el menor recato en proclamar su sectarismo, plagados de lumbreras que decían abiertamente que la República no era democrática si no la gobernaban ellos; aquella etapa de nuestra Historia en la que el triunfo en las urnas de la Derecha se contestó de manera desproporcionada. El “Prestige”, el Yak-42, el “pásalo” y las caceroladas de entonces fueron más cruentas, y se llamaron Asturias, Revolución Libertaria o Checas. Pero fueron por la arraigada creencia de que el régimen alumbrado sólo era posible bajo la dirección de una concreta clase política que ni ejercía la representación de todos, ni gobernaba para todos, ni aspiraba a integrar a todos en el proyecto por la convicción, sino por la imposición. Una negra marca en la corteza del árbol provocada por el fuego que la tiznó de intolerancia, que la manchó del hollín del odio, que la marcó de la ceniza siempre ardiente de la revancha. Esto, este complejo histórico de un ignorante cuya estulticia sólo es capaz de entender las cosas a dos bandas, cuyo sorprendente resentimiento por lo no vivido es causa suficiente para obrar y cuyo concepto de sí mismo es infinitamente más grande que su cultura y longitud de miras es el árbol en el que habremos de vivir. Es una triste reiteración histórica: la de algo que acabó con sangre y que ha empezado con sangre casi sesenta años después, con un cero en medio.Capicúa. NOTA: Este artículo hace el número 100, entre los míos, en Vistazo a la Prensa; 100 desde que por Abril del 2004 José Luis Navas me invitarse a escribir en la publicación que dirige. No puedo ocultar mi orgullo, ni el tremendo agradecimiento que siento hacia él y mis lectores cuando, cada semana, me pongo delante del ordenador a alumbrar mi colaboración. A José Luis y a quienes me siguen, mi más efusivo abrazo, lleno de gratitud.

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