miércoles, abril 12, 2006

Maestro

jueves 13 de abril de 2006
Maestro
Juan Urrutia
S E llamaba, y espero que aún se llame José Luis. Era un pequeño gran hombre. De escasa estatura, lucía cabello y barba entre gris y blanco. Vestido siempre con un sencillo traje marrón daba clase de dibujo a un grupo de haraganes insufribles de dieciséis años entre los que por fortuna me hallaba. José Luis fue uno de los pocos profesores que forjaron mi adolescencia y a los que pude llamar maestro. Enseñaba dibujo artístico entre otras cosas, pero pocos alumnos se hacían a si mismos el favor de escucharle. Su mente no sólo era una enciclopedia —de esos hay muchos— sino el cuerno de la abundancia rebosante de arte, de sensibilidad, de preocupación por sus ingratos discípulos. Oírle hablar resultaba similar a escuchar un recital de poesía. Entre enseñanza y enseñanza se colaban sentimientos, como él decía de “esa melancolía cómplice, buscada” que eran apreciados por pocos de nosotros. Un día, tras leer la breve explicación de uno de mis trabajos, repitió en voz baja cierta frase y me dijo con un brillo hasta entonces ausente en su mirada “has buscado la forma más bonita de decirlo”. Comenzó a partir de ahí una mutua simpatía, que con el tiempo, se transformó en admiración por mi parte. Crecida ya la confianza me enseñó dos fotografías de sus obras. Un autorretrato y la increíble representación pictórica de su hija. Miré con atención ambos cuadros, esos ojos rezumaban vida y a pesar de no poder contemplarlos más que a través de las estampas llegué a la conclusión de que deberían estar en una galería de arte y su autor exponiendo en lugar de sufriendo el desdén de semejante panda de cernícalos. Sin embargo él seguía enseñando a cualquiera susceptible de ser enseñado, infatigable ante la adversidad. Ojalá leas este pequeño homenaje, José Luis, insuficiente agradecimiento por cuanto me enseñaste, expresión del cariño que aún pasados los años me inspira tu figura. Gracias maestro

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