lunes 17 de abril de 2006
Los tiempos de la crisis
José A. Baonza
N O parece probable que la pasada crisis ministerial, tan insólita en su escenificación y tan inocua en su perspectiva, vaya a significar un hito espectacular en el desarrollo profético de su máximo agente para descubrir la pólvora a la sombra de las acacias en flor, en esta primavera anticipada. Sí recuerda, en su gestación y ensamblaje, a las que antaño se proyectaban como lógica expresión del “desgaste” en los equipos de Gobierno, sin que por ello se viese alterada la sustantiva “continuidad” de acción en el marco de los valores convencionales de la situación, que permitían –y, al parecer, permiten— una “diversidad” de enfoques coyunturales, siempre y cuando queden asegurados os piares indestructibles del principio jerárquico. Lo corrobora el hecho de que, en las diferentes tomas de posesión de los ministros entrantes, se haya hecho especial hincapié sobre las altas dotes ejecutivas y acrisolada brillantez en la gestión de los ministros cesados. La pregunta inmediata, sin embargo, es de meridiana simplicidad: ¿por qué, entonces, la crisis? Si el señor Bono ha batido todos los records inimaginables como ministro de Defensa, hasta superar las virtudes del propio Azaña en eficacia normativa, valor testimonial y capacidad de liderazgo, no resulta demasiado convincente la explicación del cansancio almacenado, a tan solo dos años de su triunfal aparición en la sede de Castellana; nada digamos del pueril argumento inicial sobre la vocación paterno-sentimental que adorna al interesado. Y, por similares razones de reconocimiento, si la señora San Segundo ha sido ejemplo paradigmático donde ubicar el mérito “excelente de la LOE” y la proeza ingente de superar el ambicioso nivel de consenso en la mitad mas uno de su tramitación parlamentaria, se hace perfectamente descriptible el entusiasmo de la vicepresidenta del Gobierno por acudir al recurso de la renovación de los “equipos” para que la próxima foto de portada en “Vogue” no pierda la calidez numérica de los inicios. Porque, puestas las cosas en su estricta dimensión operativa, muchas mas razones de “desgaste” habría en el “relevo” de ministros y ministras, como Moratinos y Trujillo, como Montilla y Calvo Poyato, como Caldera y Salgado, como Sevilla y Álvarez, como López Aguilar y Narbona, como Solbes y Espinosa; incuso se podría concluir que, si la referencia por parejas es demasiado elocuente para la asignación del “desgaste” en el “relevo” de los equipos, el presidente del Gobierno debiera haber acudido a otras fórmulas mas habituales y de mayor arraigo en la historia constitucional española para la solución de las “crisis”: presentar ante el Congreso la cuestión de confianza o propiciar la convocatoria de elecciones anticipadas. Ambas, sin duda, más eficaces en el tratamiento propagandístico que quiere proyectar Rodríguez Zapatero en el desarrollo de su “hoja de ruta”, después de ser aprobado el estatuto de Cataluña por el pleno de la Cámara, justo el día anterior al comunicado de ETA sobre un “alto el fuego permanente” en sus heroicas acciones militares hacia la victoria final de sus objetivos programáticos. Esa hubiera sido la lógica aplicable en el supuesto de pretender el concurso mayoritario de la ciudadanía para dar solidez testifical al nuevo escenario de sus aspiraciones constructivistas. Porque, si lo que se ha querido transmitir como normalidad institucional en la solución de la crisis ha necesitado acudir a la nocturnidad del “viernes de dolores”, a la descortesía de su ausencia en la cena de gala del Jefe de Estado y a la inusual convocatoria informativa en las horas previas a un Consejo de Ministros ordinario, el “cambio” de Bono por Alonso, de éste por Rubalcaba y de San Segundo por Cabrera, no habría merecido las muestras de excepcionalidad aplicadas; ahora bien, si lo que aflora al exterior de la parafernalia discursiva en la que se entretienen los portavoces áulicos del Gobierno y el partido que le sustenta, junto a la nada desdeñable predisposición de los “media” simpatizantes y/o adheridos, es la constatación de que las “conversaciones de paz” pasan por asegurar “como sea” una acrisolada fidelidad de los agentes proyectados, la explícita y reconocida dimisión de Bono es pieza esencial para el cambio estratégico que se avecina; las presencias urgentes de Rubalcaba, en Interior, y la de Alonso, en Defensa, confirman la rigidez de los esquemas presidenciales para evitar cualquier resquicio de disparidad en el monolitismo del proyecto. Queda en el relevo de Educación, como guinda del pastel o como florero del ambiente en la paridad de géneros, la mas que asumida certeza de que la trayectoria reglamentaria de la LOE no va a circular por senderos de normalidad práctica, cuando se produzca su indefectible contacto con las realidades cotidianas de la comunidad educativa. Claro que, con todos estos ingredientes, los españoles habrán adquirido un alto nivel de conocimientos en la interpretación auténtica de la normalidad, la continuidad, la fortaleza, el desinterés, el patriotismo y la responsabilidad de nuestros gobernantes, a mayor honra de su vocación ejemplar de servicio y a mejor utilidad en el disfrute de la púrpura: no tendremos necesidad de acudir a la “intrahistoria” para conocer como se fraguó la primera crisis de Zapatero, al frente –por accidente— del Ejecutivo.
domingo, abril 16, 2006
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