miércoles, abril 19, 2006

La piedra en el pozo

jueves 20 de abril de 2006
La piedra en el pozo

IGNACIOCAMACHO

DESDE que ganó las elecciones en Irán -la democracia tiene esos riesgos-, ese fanático de calcetines blancos llamado Mahmud Ahmadineyad no ha dejado de reconstruir en su retórica el belicoso imaginario musulmán que tiene como meta última arrojar a los judíos al mar. Para darle consistencia a ese delirio de agresividad expansiva se ha empeñado en un programa de desarrollo atómico sin que la apaciguadora mediación de Naciones Unidas parezca conmoverlo demasiado a través de sus bienintencionados métodos persuasivos. Pese a ello, Kofi Annan decía el domingo en este periódico que «no ve» los beneficios de una eventual intervención armada. Si no ve tampoco los cohetes que Ahmadineyad saca de paseo en sus arengas, quizá Annan necesite pronto una visita al oftalmólogo.La cuestión esencial no reside en determinar los beneficios de una intervención militar en Irán, sino en comprobar la capacidad de Naciones Unidas para evitarla. Las proclamas iraníes sobre la necesidad de reforzar con desarrollo nuclear su autonomía energética serían bastante más creíbles si el teócrata radical que preside el país no las acompañase con bravatas de rearme de su Ejército de los Monoteístas (sic) y soflamas sobre la destrucción de Israel. La obligación de Annan es persuadir a este extremista para que cese en su programa y lo demuestre de un modo transparente. Lo demás es buenismo paliativo, bastante difícil de sostener ante un exaltado armado de una bomba atómica.Es obvio que la desgraciada experiencia iraquí debe servir de motivo de reflexión para tentarse la ropa ante cualquier impulso aventurero, pero una república dirigida por fundamentalistas religiosos y provista de armas de devastación en mitad de una región de extremo riesgo resulta un fenómeno mucho menos tranquilizador que aquella evanescente, y finalmente falaz, crecida armamentista de Sadam Husein. Si acaso, se trata de una amenaza mucho más evidente. La ONU tuvo razón entonces, pero ello no implica que la haya de tener ahora.Otra cosa es que esa hipotética intervención pudiese servir para algo en el plano estrictamente práctico. Es decir, que garantizase la destrucción «limpia» de las instalaciones de riesgo e impidiese de forma eficaz el rearme atómico de Irán. Los expertos lo dudan porque creen que se trata de tecnología móvil, ligera e inaccesible, y advierten de que un fracaso convertiría el asunto en el prólogo del Apocalipsis. El embajador iraní, un hombre moderado y sentencioso, me ilustró una vez la complejidad del problema con un proverbio persa: un loco tira una piedra a un pozo y cien sabios no son capaces de sacarla. La incógnita consiste en determinar quién es el loco de esta historia -probablemente no el que pensaba el bueno del embajador- y, sobre todo, en dilucidar para qué sirve una piedra en el fondo de un pozo.

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