miercoles 12 de abril de 2006
La castidad del pícaro Pereda
Antonio Parra
E N estos tiempos de tribulaciones y de corrupciones – leer los magníficos articulos de Félix Arboli y del gran Raúl del Pozo- no tengo más remedio para refrescar la pestaña que entregarme a la relectura de un español genuino y castizo. Sus obras son como una brisa refrescante cuando es tanta la carga de aire viciado y el estiércol o basura moral llega hasta los cumbrales de la telera del carro patrio. Gimen los sufridos bueyes que arrea el mudo auriga Juan Español en los labios una tonada: “No hay carretera sin barro ni prao que no tenga hierba” o la otra otra “Esta noche ha llovido mañana hay barro pobre del carretero se atranca el carro”. Los libros de Pereda poseen la musicalidad de un rabel que pide vino y las cuerdas aguardientes y el “mozuco” que las toca niñas de quince a veinte. Asimismo, la sorna de los cazurros de las aldeas o la astucia de los pasiegos. Son un canto en prosa a la naturaleza de la cordillera. El alto Campóo. Los valles de Transmera y del Pas. Manos arriba y Peñas Arriba a la caza del oso que mató a Favila siempre en demanda y procura del ideal. Fortius. Citius. Altius. Y su arte es el resultado de ese esfuerzo “a la recherche du temps perdu” de Proust pero también muy presente el lema horaciano del “beatus ille” de la descansada vida de Fray Luis o del “villano en su rincón” de Tirso. Un objetivo que no se alcanza nunca. La vita bona. Creía como creo yo y unos cuantos más que España es la cultura perfecta. Pero en su querencia de desprecio de corte y de alabanza de aldea (el titulo de una obra del obispo de Mondoñedo) iba a trompicarnes con las suciedades de la política española venal y llena de arrequives imponderables lo que resultaba difícil para un hombre puro honrado y de una sola pieza como era José Maria de Pereda. Un soltero impenitente. Algunos la castidad de su escritura interpretarán seguramente tomando el rábano por las hojas como misoginia. Y por esa misoginia han quemado efigie por un ukase de una dominatrix mandamás y de la Cuerpa aunque no sé si es escritora a su buen amigo Marcelino M. Pelayo sacándole al jardín de la Biblioteca. Cuando le veía al subir las escaleras de entrada a la Biblioteca Nacional donde iba a ver a don Hipólito sentado reflexivo, e imponente yo pensaba inmediatamente en la estatua gigantesca del presidente Lincoln que tutela el vestíbulo del Congreso. Tal profanación no se le ocurriría a un norteamericano con su presidente pero aquí a uno de los mayores escritores y polígrafos del idioma castellano le han echado al corral. El centenario de Pereda está pasando sin pena ni gloria. España no sólo está renunciando a su historia. Está renegando de sí misma mientras todo cruje. ¿Qué le pasa a estas mujeres de la Cuerpa? ¿Qué mosca les ha picado? ¿Cómo es posible tanta insolencia? El primero de marzo de 1906 fallecía en su solar de Polanco de una angina de pecho a los ochenta y dos años. Sus libros a mucha gente de nuestra generación nos traen el recuerdo de las fantasías de infancia, las utopías montañesas, la vida libre y perfecta en comunión con la naturaleza. Su nombre conjura en mi memoria melodías olvidadas antiguos sones viejas tonadas que proyectaban un género de vida que no fui capaz de conseguir. Era el programa de una existencia orgiástica. Un libro y un amigo quiero yo en mis lares. Chascarrillos y romanzas al amor del fuego del llar. Vino que no falte. Siempre busque esa nemorosa rinconada al pie de monte y un vivir sin codicia ni envidioso ni olvidado. El paso de las estaciones. El discurrir del sol por los santos de la epacta. Los curas de misa y olla que plasma Pereda en sus libros son francamente deliciosos. Él también como ellos era una almina de Dios. Tuvo una juventud bullanguera y la corrió como los señores de entonces. Era tertuliano junto con Valera y don Marcelino de un club de alterne donde no faltaban las alquilonas y busconas de lujo sito en la calle Barquillo. También frecuentaban la Cervecería Inglesa y el Bilis Club madrileños y salieron a sartenazos más de una noche con alguna cliente. Travesuras de juventud; pero un desengaño amoroso o el desencanto de las trifulcas políticas le hicieron desistir de la Corte y volverse para sus montes. A su casona de Polanco. Su prosa tiene la consistencia del roble y pocos escritores españoles han mostrado tanto alarde en el cultivo de la descripción. Lo que llamaban, antiguamente los retóricos, corografía (descripción de un país, de una provincia, de una región) es una categoría suprema de su arte novelístico. Hasta Pereda en la literatura española no había prácticamente paisaje. Nuestros clásicos siguiendo la norma del estilo es el hombro atraviesan de pasada nuestros ríos y nuestros valles y no se paran a contemplar el espectáculo. Su perspectiva se constriñe a los personajes. El medio no importa tanto. Por esto mismo retiene un amplio valor ecológico y léxico. Pocos autores han sabido darnos noticias no sólo de decorados tan impresionantes como el de los valles de Santander c 1878. Últimos del XIX ni referencias al nombre de las cosas, los aperos, las costumbres, los giros dialectales. Existen dos Asturias dos hablas aunque acaso muchos bables (uno en cada valle) La de los que nombran a una herramienta zoqueta y la de los que la llaman zapico. Estas dos Asturias saben muy buen cantar. Pereda es el representante de la primera que se extiende desde Laredo hasta San Vicente de la Barquera. Son las Asturias de Santillana del Mar. Por las otras, las de Oviedo, que se dilatan de Junquera a Vegadeo son Clarín y Palacio Valdés seguidos de cerca por López de Ayala los que portan el estandarte de la manga parroquial. La historia de la literatura es como una larga procesión de disciplinantes en Miércoles Santo. Son autores cuya prosa expresa gran belleza, mucho sentimiento y sobre todo una gran musicalidad pues ya digo Cantabria siempre supo cantar. Al cruzar la raya de Pajares y el Escudo nos topamos con la España Verde mitológica. Es el mundo del bosque de las xanas los nuberus y culiebre y donde todavía hacen corro y aquelarre las brujas como las de Taramundi que es la correspondiente asturiana a la de Zarramurdi navarra. El de las bacantes que corrían por las gargantas con una corona de hiedra y de zarzaparrilla por diadema seguidas de los sátiros coronados de lemnisco. El triunfo de la vida. Acaso no vayan descaminados los que presumen que por estos tesos estuviera sitiado el paraíso. Un paraíso que estamos perdiendo gracias a los capos de la mafia, la droga y el ladrillo. Primero fue Levante. Ahora le toca el turno al Cantábrico. No lo permita Dios. Aunque estoy seguro de que detrás de los independistas vascos está alguien. El que nunca da la cara. Dicen que el Capital es muy cobarde. En ellos es también rasgo común el amor al paisaje. El poder descriptivo. El sentimiento por la naturaleza. Así verbigracia empieza “El sabor de la Tierruca”: “La cajiga aquella era un soberbio ejemplar de su especie: grueso, duro y sano como una peña el tronco, de retorcida veta como la filástica de un cable… crece con mucha lentitud y donde le parece” En verdad el estilo de Pereda es como el quejigo que describe. Duro como el sílex pero tierno, algo católico y sentimental no exento de la ironía del campesino. La descripción por esa linde de una iglesuca de aldea resulta magistral: “Ya estamos en el porche de la iglesia. ¿Te llama la atención el pórtico? Es bizantino: hay muchos como el en la Montaña. Lo restante del templo es trasmerano puro y a retazos y por obra de misericordia. Entremos en él. Pobreza como afuera y el mal gusto propio de la rustiquez de estas gentes. La Virgen con bata, lazos y papalina; un santo Cristo con zaragüelles (La intención ve dios mas que las obras) Un coro postizo, labrado a hachazos y una mala escalera para subir a el; Desde el coro, otra, de dos tramos, para subir al campanario. Valor... ¡y arriba! Ya llegamos” Millares de pequeñas ermitas y humilladeros con su torre enhiesta se encuentran esparcidas a lo largo de la España Húmeda allá donde precisamente triunfo el cristianismo y el símbolo de la cruz se encuentra muy encepada en los fundamentos del alma y el sentir de las gentes. Vuelo hacia mi aldea perdida. Busco la querencia de mis mayores y huyendo de los textos sandios de los escritores de moda y los recomendados en las listas de superventas o los en candelero (al perulero Vargas Llosa que debe de ser de la Cuerpa y en torno al cual toda una cla de aduladores hace corro no hay por donde cogerlo, los libros del homenajeado Ayala, tan homenajeado por ser rojo, son tristes tigres y así sucesivamente) y me hundo en los magníficos panoramas del autor montañés. Dicho con frase suya saquemos la perezosa. La perezosa era la mesa de nogal o de roble que en las casas de labranza en Castilla se reservaba para las ocasiones. La función, el ágape, las comilonas de curas y bodas, bautizos y entierros. La obra de José Maria de Pereda es un lujo: Los arriba señalados “Sutileza”, “De tal palo tal astilla”, “El buey suelto”, “Tipos y paisajes” y “Don Gonzalo González de la Gonzalera” una obra en su argumento relacionada con el viejo mito del corregidor y la molinera donde sale a relucir todo el genio picarón del escritor. La leí un verano cuando tenía catorce años y creo que desde entonces la estoy saboreando. Les invito a mis lectores a un festín. No era Pereda tan carca ni tan beato como lo pusieron. Le entusiasma el paisaje de su tierra pero siente una cierta decepción ante el paisanaje y hace en sus novelas, sobre todo en las marineras, una critica social. Lucha contra el clasismo de los “callealteros” y ese privilegio de casta del que todavía se resiente nuestra patria, denuncia la pobreza y la miseria en que viven los pescadores del puerto. Retrata también la brutalidad de las pasiones humanas: la lujuria, el soborno, el caciquismo, el adulterio. No. No era tan de derechas como dijeron los que le colgaron sambenitos y la prueba de que todos sus amigos eran liberales como Galdós, Clarín o Valera y sentía aunque de índole carlista cierto aborrecimiento por los meapilas. Católico, apostólico, romano, su fe no era timorata ni enclenque sino del genero macho al igual que sus libros.
martes, abril 11, 2006
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