martes, abril 11, 2006

El vuelco de las encuestas

miercoles 12 de abril de 2006
El vuelco de las encuestas
José Meléndez
H A bastado que ETA anunciase una tregua permanente para que el partido del gobierno, que iba perdiendo terreno metro a metro por su desafortunada gestión en muchos aspectos, tanto sociales como políticos, diera un vuelco espectacular a las encuestas sobre intención de voto y pase en un soplo de estar a un punto porcentual por debajo del Partido Popular a una diferencia a su favor de cerca de ocho puntos. Con todas las reservas con que hay que acoger los vaticinios de las encuestas –sobre todo en España, donde parece que mucha gente esconde sus verdaderas intenciones- el hecho tiene una gran importancia y merece una detenida consideración, no solamente porque refleja una euforia colectiva por el posible fin de la violencia terrorista, cosa perfectamente explicable en una ciudadanía que lleva cerca de cuarenta años sintiendo el azote del terror, sino por sus propias dimensiones y sus posibles consecuencias. La gobernación de un país, sea una nación soberana, una nación de naciones o una de las naciones dentro de la nación –y no es un trabalenguas- requiere la atención, el discernimiento y la buena gestión en muchos aspectos que componen el bienestar, la seguridad y la libertad de los ciudadanos y la forma como el gobierno encara cada uno de ellos es lo que conduce al balance final para calificar su gestión de acertada o errónea. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha ido perdiendo la estimación popular porque en su manera de gobernar ha venido acumulando más errores que aciertos en la primera mitad de la legislatura. Por eso extraña que un solo acierto, por importante que sea, haga olvidar de golpe las equivocaciones –que, por mucho que afirmen los incondicionales, las ha habido- y que han afectado a cosas tan fundamentales como son la unidad territorial del Estado, la familia y las creencias tradicionales, poniendo trabas al derecho de una sociedad mayoritariamente católica a educar a sus hijos en ese sentido y desvirtuando instituciones tan arraigadas como son el matrimonio y el derecho a la vida de los nonnatos. El agresivo laicismo de Rodríguez Zapatero, su peculiar manera de entender los valores morales que deben regir a la sociedad y su cada vez más abierta intención de cambiar el modelo de Estado constitucional que nos dimos los españoles –puesta ahora de manifiesto con ese sorpresivo, de alcances indefinibles, elogio de la II Répública- ha tenido mucho que ver en esa lenta y continuada pérdida de la estimación popular. Sin embargo, un detenido examen de la encuesta de Metroscopia, que fue la primera empresa que hizo públicas sus investigaciones, revela que la euforia por el “alto el fuego” de ETA se ha extendido como una incontenible marea sobre otros temas con los que el electorado era muy crítico hasta el momento del comunicado etarra. Por ejemplo, ahora y de golpe, se considera la situación política buena o muy buena y la económica igual, en porcentajes que no dejan de producir asombro. Y es inevitable ligar este vuelco del potencial electorado, con el ocurrido el 14M, precisamente después de la tragedia terrorista de las mochilas asesinas en los trenes. ¿Quiere esto decir que España es un país de asustadizos, que salen corriendo al primer tiro? Aunque alguno pueda pensarlo, rotundamente no. Ni el carácter español ni la historia de nuestro país son así. Un cambio tan brusco en las preferencias del electorado solamente puede tener como explicación una reacción visceral y poco meditada o que, después del tremendo trauma que supuso la Guerra Civil -y que ahora se quiere resucitar, temeraria o vergonzosamente- y los muchos años posteriores de anquilosamiento, ese electorado todavía no sabe bien ejercer sus derechos democráticos y se mueve en el concepto simplista de blanco o negro, azul o rojo. Las cosas tienen un valor intrínseco, pero, muchas veces, por encima de este se encuentra el valor que se les da. Y por la inercia de la repetición éste es el que se acaba imponiendo y acostumbrado a los demás. Tenemos un palpable ejemplo de ello con el polémico Estatuto de Cataluña. Lo que salió del Parlamento catalán era, sencillamente, la ruptura del Estado constitucional español. Después, en el período de secretas negociaciones y en la tramitación parlamentaria, se maquilló con una serie de malabarismos semánticos y jurídicos y se ha aprobado para satisfacción del PSOE y éxtasis de los nacionalistas catalanes, que no cesan de repetir machaconamente que Cataluña es una nación y así consta en su Estatut. Y es verdad. A partir de ahora, nadie hará el distingo de que si está en el preámbulo o el articulado. Cataluña es una nación porque lo dicen Maragall, Carod Rovira, Mas y Durán y Lleida y sus respectivos coros. Y el idioma oficial de Cataluña es el catalán, las decisiones judiciales serán catalanas, el Consejo Audiovisual se encargará de imponer la censura a los que vayan contra la corriente nacionalista y los puertos y aeropuertos de Cataluña terminarán siendo tan catalanes como la butifarra. En el País Vasco terminará ocurriendo igual y en un futuro no muy lejano, en Galicia y en las Islas Canarias. Y los electores, acostumbrados sus oídos a la misma cantinela, lo aceptarán, hasta que no quede de España nada más que Madrid y, paradójicamente, las dos ciudades autónomas que no quieren dejar de ser españolas, Ceuta y Melilla. Algo es algo. La euforia desatada por el “alto el fuego” etarra está justificada porque, lo repito una vez más como ya lo dije en anteriores artículos, todo ser bien nacido debe alegrarse ante las posibilidades de paz. Hasta el Papa Benedicto XVI acaba de sumarse al deseo general de que la paz que ahora se insinúa acabe siendo una realidad y pide a los españoles que secunden los esfuerzos del gobierno por lograrla. Pero sería peligroso desorbitar esa alegría por algo que no ha hecho más que comenzar y que ya se ha producido otras veces, con anteriores gobiernos y con el fracaso como broche final por la obcecación de los terroristas. Ahora parece que las circunstancias son distintas. ETA no llega a la negociación poniendo muertos encima de la mesa y se encuentra en el peor momento de su larga y triste historia delictiva. Y a pesar de ello, sus reivindicaciones son las mismas de siempre. Por tanto, tendrá que dar un giro copernicano a sus pretensiones y aceptar su derrota si el gobierno se mantiene firme en la postura a que le obliga la dignidad nacional, el respeto a las víctimas y los preceptos que rigen en todo Estado de derecho. En la medida que una y otra parte cedan en sus posiciones tan encontradas podrá contabilizarse el éxito o el fracaso de la negociación y podrá decirse que la violencia se ha erradicado o no. Hasta la aparición del terrorismo islamista, que es un fenómeno nuevo y terrible, los Estados de derecho han podido siempre con el terrorismo usando las armas de la acción policial y jurídica. Eso ocurrió en Italia con las Brigadas Rojas, con la banda alemana de Baden Meinhof e, incluso, con el IRA norirlandés, porque en ese inexistente paralelismo que se quiere establecer entre el Ulster y el País Vasco, hay que diferenciar que lo que ETA y el entorno nacionalista radical pretenden al invocar la “solución irlandesa”, -como acertadamente afirma el profesor Stanley G. Payne en un reciente artículo,- no es la solución del Ulster del presente siglo, sino la del Estado Libre de Irlanda negociada con el gobierno británico en 1.922, de la que nació la República de Irlanda. El Irish Republican Army de Michael Collins y Eamon de Valera no era una organización terrorista sino una guerrilla en lucha contra el colonialismo británico y nada tenía que ver con el IRA actual, el cual tampoco tiene más parangón con ETA que el uso del terror. Y este IRA, tras más de cuarenta años de derramamiento indiscriminado de sangre, ha tenido que claudicar y ha depuesto las armas para que su brazo político, el Sinn Fein, pueda sentarse a la mesa de negociación con un gobierno firme que todavía tiene suspendida la autonomía del Ulster. Estamos en el inicio del principio del fin, como señaló Rodríguez Zapatero. El inicio de un laberinto en el que hay demasiados caminos sin salida y será difícil encontrar el verdadero y el principio de unas negociaciones que, junto a su cara de esperanza, esconden un trasfondo de intenciones y objetivos impredecibles, porque son muchos los que van a tratar de sacar fruto en su propio provecho. Y en cuanto al fin, nadie se atreve a predecirlo, aunque todos convengamos en que será a largo plazo. Por lo menos, hasta la cita electoral del 2.008 si tenemos en cuenta la reacción de las encuestas y lo rentable que le ha resultado al gobierno de Zapatero el anuncio de la tregua.

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