viernes 21 de abril de 2006
Apuntaciones en torno a los guiris
Antonio Castro Villacañas
S IEMPRE me han impresionado la vida y la historia de las ciudades y las palabras. Con dejar que pase el tiempo pronto podremos contemplar la huella que tanto en unas como en otras producen esta y aquella faceta humana. Ahora, por ejemplo, que no vivo en Madrid y sólo bajo a la capital de vez en cuando, me asombran los cambios que encuentro en sus calles, edificios, barrios y actividades, en algunos casos merecedores de alabanza y de reproche en otros. Sin embargo nunca los censuro del todo, porque pienso que cuantos defectos e inconvenientes puedan encontrárseles no estorban a su principal virtud: la de con su mera existencia mostrar que la ciudad está viva y sigue siendo apta para dar satisfacción a su finalidad última; esto es, ayudar a que unos cuantos hombres convivan entre sí y hagan algo en favor de quienes habrán de sucederlos... Con las palabras siempre me sucede lo mismo y todo lo contrario. Disfruto tanto al conocer la historia,peripecias y significados de las diferentes voces yvocablos, como siento el que por malos usos o abusos más de una palabra desaparezca del hablar corriente o pierda en todo o en parte su razón de ser, que siempre ha sido y será el facilitar a hombres diferentes e incluso contrarios la posibilidad de comprenderse y estimarse. Todo esto viene a cuento de que en una de mis diarias y diversas lecturas he tropezado con "guiri", palabra que yo creía original y propia de una jerga juvenil, alegre -e incluso fastuosa- de los tiempos modernos, por lo que me ha llamado la atención el dar con ella, y como de uso corriente en ciertos lugares de España,--muy alejados de los por mí tenidos como originarios suyos- desde hace más de 150 años, según dice un autor digno de toda confianza, como podrán comprobar quienes me sigan leyendo por sentir curiosidad de saber dónde quiero ir a parar con este relato. Hasta ahora, guiri era para mí el nombre que jóvenes y gitanos usaban para designar a los extranjeros que como simples turistas o residentes venían poblando Andalucía en mayor número cada año, casi todos suecos, ingleses o alemanes. Tan desdeñoso calificativo, pues iba añadido con una cierta dosis de conmiseración al entender que los guiris son por naturaleza despistados o atontados, hizo a mi parecer fortuna, y por ello salvo que se me demuestre lo contrario seguiré pensando que la mayoría de los españoles tenemos por guiris a cuantos viven entre nosotros sin ser de los nuestros y con frecuencia demuestran por sus hechos el haber llegado aquí a base de tener pocas luces y algo de dinero. No son guiris, pues, los emigrantes que han venido en busca de trabajo y sueldo, ni los artistas o estudiantes que encontramos en aulas, escenarios, salones o calles. En mi relectura de Galdós, donde busco cuanto él sabía de cosas gastronómicas y similares, tropecé esta semana con la palabra guiri, concretamente en el V capítulo de "Zumalacárregui", Episodio Nacional que Galdós escribió desde abril a septiembre de 1898 para contar los usos y las costumbres que sirvieron como escenario de la I Guerra Carlista, y muy en concreto a los hechos de armas que tuvieron lugar en la Ribera de Navarra durante el otoño de 1834. En dicho capítulo, la soldadera Saloma dice que en Zaragoza conoció "a un chicarrón de infantería de la Guardia Real, ya sabe, los primeros que vinieron hace dos años (en 1832, por tanto) a sofocar la facción, lo cual no la sofocaron. Era el tal de junto a Tarazona, bueno como el pan; pero muy cuitadico, en fín, "de los que no encuentran agua en el Ebro". Con su casaca abrochadica, el correaje en cruz y la estaba como un sol. A los de la Guardia se les llamó entonces "guiris", porque llevaban las tres letras, G., R., I., en la gorra y la cartuchera, y "guiris" se les llama todavía (en 1834)."Tenemos ya, por tanto, a mi juicio y para lo que más conviene a mi intento, tres de las notas definitorias o características de los guiris primarios: fueron monárquicos, guardianes del rey, buenas personas, pero cuitadas, de las que no saben sacar el adecuado provecho a las circunstancias aunque sí relucir al sol, por lo que ajustan su vestimenta a lo que la moda aconseja o manda... Por ello no tiene nada de raro que el apelativo guiri se utilizara después entre los carlistas para designar a los cristinos y acabara siendo -en sentido político- sinónimo de liberal, ni que con posterioridad se empleara como modo familiar y vulgar de referirse a los números de la Guardia Civil. Sólo muchos años después, ya en nuestros días, pasó a calificarse como guiris a los turistas. Creo que ha llegado el momento de recuperar el sentido político de la voz guiri. Estoy seguro de que cuantos me conozcan en persona o a través de mis escritos ya saben o se han imaginado hacia donde apuntan mis tiros de hoy. De todos modos, quizás convenga explicitarlos. Son guiris, a mi juicio, todos los monárquicos, y de manera especial cuantos guardan o defienden al rey, etc., etc. Se hicieron políticos para implantar una Constitución nueva, y siguen siéndolo para impedir que la cambien, destrocen o falseen las partidas que andan por esas facciones autoproclamadas nacionalidades o históricas. No lo hicieron ni lo están haciendo bien, quizá porque son gente, por lo general, de buena fe, y no saben combatir con la mala intención y la malaleche que tienen y utilizan sus enemigos, los socioslistos demócratas... En definitiva: guiris son muchos de los pepes y pepinos que siguen a Rajoy y sus compañeros de partida.
jueves, abril 20, 2006
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