jueves 3 de abril de 2008
España y la OTAN militar o policial
Pablo Sebastián
Todo apunta a que el presidente Bush se va a despedir de la Casa Blanca sin haber recibido oficialmente en Washington al presidente Zapatero, al que ha vuelto a saludar de una manera escueta en la cumbre atlántica de Bucarest. Y puede que, a estas alturas y de cara a sus votantes, al jefe del gobierno español no le aporte nada positivo semejante encuentro con Bush, aunque es una mala señal que, en cuatro años, el gobierno español no haya tenido una relación buena y directa con la primera potencia del mundo, por más que nadie echará de menos a Bush cuando se vaya, y menos aún en su propio país.
Pero el presidente americano es una cosa y los Estados Unidos son otra y lo seguirán siendo, sin Bush, o con McCain, Obama o Hillary. Y cierto es que Bush, en el nombre de su país, insistió en Rumanía en dos asuntos de gran importancia: en presentar a la OTAN más como una organización policial, como si fuera el gendarme de Occidente en la lucha contra el terrorismo, que como una organización militar que garantice la defensa y seguridad de sus socios. Y para ello el presidente americano ha utilizando la guerra de Afganistán como argumento y, de paso, para justificar la ilegal guerra de Irak que siempre consideró como una guerra contra el terrorismo islámico internacional. Otra de las cuestiones planteadas por Bush, ha sido su pulso directo a Rusia de Putin (aunque sea disfrazado de primer ministro) en tres frentes: la incorporación de Ukrania y Georgia a la OTAN; el escudo anti misiles que Washington va a instalar en Polonia y Chequia; y en el caso de la independencia de Kosovo.
Al fondo de todo ello permanece, entre otras cosas, la crisis de identidad de la OTAN que sigue sin definir sus objetivos, su estructura y su campo de actuación, o límites territoriales de alcance. Una crisis que dura desde el fin de la guerra fría y la unificación de Alemania y en la que España deambula sin saber dónde ubicarse ni qué hacer, como se ha visto en el problema de Kosovo. Actuando de una manera aislada y, como nación de segundo nivel, tras la estela de Francia. Algo parecido a lo que le ha ocurrido a España en el ámbito de la Unión Europea, otra organización que, como la OTAN, no cesa de crecer antes de consolidar estructuras e instituciones, lo que está favoreciendo la creación de núcleos duros, de los países más poderosos, tanto a nivel atlántico como europeo, entre los que España no encuentra un justo y cómodo lugar.
Como tampoco ha sido capaz España de liderar y coordinar a otro grupo de naciones medianas, o de nuestro entorno mediterráneo (que no se sabe bien por qué lo controlan Sarkozy y Merkel), lo que daría a Madrid capacidad de maniobra y de influencia, presentándonos, al menos, como “cabeza de ratón”, en vez de cómo eterna “cola de león”.
Al fondo de todo esto emerge una indefinición de la diplomacia y política exterior de Zapatero que, por una parte, estuvo marcada por su tensión con los Estados Unidos y, por la otra, con ocurrencias como lo de la Alianza de Civilizaciones, o aquel pretendido plan de paz para Oriente Próximo que en su día Zapatero presentó a Chirac, y del que nunca más se supo. Y todo ello sin olvidar tensiones intermitentes con Argelia y Marruecos, o con naciones como Venezuela y Cuba, entre otras.
Y no se entiende bien que España sea requerida para enviar tropas a Irak, Líbano o Afganistán, y luego quede excluida de los centros neurálgicos de decisión política. Aznar se equivocó implicando a España en la guerra de Irak pero, al menos, tenía interlocución directa y de privilegio con las más destacadas potencias del conflicto, mientras que a Zapatero solo lo llaman para pedirle más tropas y más dinero, pero luego lo excluyen de la cumbre de Londres donde se habla de la crisis financiera internacional.
En cuanto a la OTAN —cuyos países miembros andan enredados en varias guerras, los turcos, por ejemplo y por su cuenta, en Irak, con el argumento de la lucha contra el terrorismo, que esgrime Bush—, poco hay que decir que tenga sentido, porque esta organización (en la que Aznar pretende incluir a Japón e Israel, camino de una Santa Alianza) no sabe ni lo que es, ni lo que quiere ser, ni a donde va. Y, para colmo, está perdiendo la larga guerra de Afganistán —donde España, en actos de servicio y accidentes ha sacrificado casi un centenar de soldados—, y no ha sido capaz de capturar a Ben Laden, si a su plana mayor, por la sencilla razón de que es muy difícil matar a los guerrilleros perdidos en las montañas a cañonazos, y con bombardeos de la más sofisticada tecnología y capacidad de destrucción. Están combatiendo avispas criminales a cañonazos.
Se entiende que los Estados Unidos quieran compartir gastos de la OTAN con sus aliados, y ampliar sus fronteras, mal que le pese a Putin, para que el Pentágono —que es el que más paga— tenga su particular fuerza occidental de intervención militar y policial en todo el planeta, evitando de paso como han hecho siempre que la Unión Europea tenga, como debiera, su política para la defensa y seguridad, y su propia coordinación militar.
Y ese debería ser uno de los objetivos y la prioridad de España, como lo fue de Francia, antes de la llegada al Elíseo de Sarkozy. Pero todo eso es mucho imaginar, sobre todo ahora que parece que a Zapatero se le acabó el entusiasmo internacional después de aquella retirada, de urgencia, de las tropas españolas desplegadas en Irak, y de su fallida propuesta de Alianza de Civilizaciones, entre países civilizados y los que aún están por civilizar.
Para empezar nos conformaríamos con que el gobierno de Zapatero, en esta legislatura, estrenara una política exterior, que todavía está por estrenar. Lo que no es fácil que ocurra, con Moratinos, López Garrido, Jiménez y Pajín, ese póker de sotas con el que es difícil jugar en el tablero internacional.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=03/04/2008&name=manantial
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Breve encuentro en Bucarest
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