jueves, abril 10, 2008

Oscar Molina, Hoy, como hace 200 años

jueves 10 de abril de 2008
Hoy, como hace 200 años
Óscar Molina
H ACE unos días hablaba con un amigo acerca de nuestra Guerra de la Independencia. A su modo de ver la Historia se ha tergiversado mucho en todo lo referente a ella. Opina que, a fin de cuentas, lo que Napoleón trataba de hacer era exportar por la fuerza de sus bayonetas las avanzadas ideas enciclopédicas y revolucionarias de la Francia dieciochesca a esta tierra de curas siniestros y terratenientes tiranos. Mi amigo, francófilo declarado, es de buena familia, estudió en el Liceo francés y no se aparta ideológicamente ni un milímetro de lo que conocemos como pensamiento progresista. Naturalmente, le parece absolutamente rechazable la idea de que en Irak nadie pretenda imponer la Democracia por la fuerza. Es decir, que defiende para la España del XIX aquello de lo que abomina para la Mesopotamia del XXI. Ya se sabe, cosas del doble rasero. Yo soy de la opinión de que no se debe imponer por la fuerza la Democracia a nadie. Por eso, y más allá del componente patriótico y subjetivo, no comparto aquellas supuestas intenciones de Napoleón. Sin embargo apoyé, y a día de hoy apoyo, la intervención en Irak. Porque creo que en su democratización, y en la operación militar que la sostiene va implícito algo más: va implícita nuestra seguridad, y hasta nuestra supervivencia. La guerra ha cambiado mucho. No estamos en el siglo XVII, cuando el casi invencible ejército sueco podía ser retado en público por nuestro Cuarto Felipe a enfrentarse en el campo de batalla, encontrarse con la temible infantería española en Nordlingen y ser aplastado. Hoy, la guerra se libra en escenarios más próximos al corazón de lo que la sociedad occidental valora por encima de todo: su Seguridad y la conservación de todo aquello que su progreso ha conseguido. Vivimos, eso sí, el enésimo capítulo de un cuento muy viejo: la lucha de la civilización contra la barbarie. Al-Qaeda constituye una especie de sentimiento nada pasivo que agrupa a quienes, ya sean simpatizantes o activistas, consideran la suya como la única y cierta Religión, califican de infieles a los que no la seguimos, y están convencidos de que su condición de musulmanes les otorga la legitimidad para guiar al Mundo por el camino de la verdadera fe, a un decorado en el que la dominación musulmana sea global por Derecho Divino, por naturaleza celestial emanada del único y auténtico Dios. Es por eso que sus líderes evocan épocas pasadas de expansión y gloria como ejemplo a seguir, como paradigma del acertado veredicto de Alá sobre la Historia de los hombres. Su deseo de sometimiento al resto de la Humanidad se configura como algo a lo que están llamados en virtud de un encargo divino. Un fin tan alto que hace buenos los medios que se puedan llegar a emplear. El ecumenismo llevado a su más horrendo límite. Este creciente torrente de fanáticos ha comprendido muy bien cuál es el edificio que ha de ser derribado si sus aspiraciones han de tener la mínima posibilidad de éxito. La muralla que les separa de ese anhelado reino donde no caben Bibliotecas de Alejandría está edificada a base del respeto al otro, construida a través de la inveterada lucha del hombre para conseguir la Libertad. Esa muralla tiene un nombre, se llama Occidente. La voluntad del islamismo radical de poner a Occidente de rodillas no repara en medios, y una de las vías más apetecibles de doblegar al mundo libre es la asfixia económica por la vía del encarecimiento de sus fuentes de energía. El petróleo, cimiento de primera importancia sobre la que se edifica nuestra economía libre, es una pieza de caza mayor. Su producción en la zona del Golfo Pérsico es de una magnitud capaz de condicionar decisivamente nuestra mínima supervivencia económica. No hablo de multinacionales y negocios jugosos, no hablo de halcones sedientos de oro negro, hablo de mí, hablo de Vd. Hablo de que si eventualmente los amigos de Ben Laden tomaran al asalto Arabia Saudí y las monarquías del Golfo (hipótesis nada desdeñable) el precio que hoy pagamos por el barril de petróleo nos parecería una ganga. Eso cuando nos lo vendieran. Si el islamismo radical controlase algún día la producción de crudo del Golfo nuestro horizonte de miseria sería tal que nos veríamos abocados a aceptar todo aquello que nos pudiesen querer imponer, o bien a emprender una guerra a mayor escala en condiciones infinitamente peores que las que vivimos ahora, con un nutrido ejército en el corazón del problema. Ocurre que es ciertamente difícil justificar una guerra por un futurible, más aún en una sociedad como la nuestra que, para ciertas y muy escogidas cosas, exige un respaldo ético sin perfiles. Es más difícil aún el pedir a la gente que mande a sus hijos a morir por algo que no pasa de ser un juicio estratégico y absolutamente imposible mostrar las consecuencias que podría haber tenido el no actuar cuando ya se ha actuado. Creo que nos encontramos ante algo de una trascendencia tan grande que no puede juzgarse sin la perspectiva histórica de los años que han de pasar, pero estoy convencido de que la Historia acabará otorgando a esta guerra la comprensión que le niega el presente. Sería de ingenuos o de malintencionados creer que Al-Qaeda iba a entregar la cuchara sin regar de muertos el lugar. El fundamentalismo islámico sabe que si pierde esta partida, habrá perdido la guerra, y tendrá que soportar que a medio plazo se consolide un sistema político en Irak que ponga en cuestión todos los dogmas que fundamentan su asquerosa lucha. Si le ganamos este partido fuera de casa, y aparecen los más tímidos signos de aceptación de un sistema de libertades en un entorno musulmán, sus días estarán contados. La Democracia no es incompatible con la sociedad musulmana, no es incompatible con nada porque, a pesar de sus defectos evidentes, aporta al ser humano algo de lo que es difícil desprenderse una vez se prueba: La Libertad. Los iraquíes, todos los musulmanes, pueden hacer de ello algo suyo tarde o temprano, y esa sería la mayor derrota de Al-Qaeda. Lo que no es de recibo es cómo se nos metió en todo esto. No es aceptable que se nos llevara a Irak sin hablar a las claras, y poniendo como excusa el ántrax. Se nos trató como a niños pequeños que han de preocuparse de que el coco pueda algún día gasearlos cuando era evidente que el coco no podía apuntar tan alto. Se equivocaron quienes no se atrevieron a poner a una sociedad ante la realidad de los hechos, ante la explícita constancia de que la decadencia moral y ética de esta Roma que arde, exige el compromiso de todos. Los que no nos cuentan que en los campos de batalla de esta guerra hay quienes están dejando su vida para que nadie nos robe nuestras libertades, incluida la de escupir periódicamente al sistema político y social en el que vivimos. Se equivocaron, porque no se atrevieron a recordarnos que un día fue necesario morir en Las Ardenas, en Bastogne o en las playas de Normandía, a miles de kilómetros del hogar y no son capaces de decirnos que si aquello no fue en vano, lo de hoy podía igualmente tener su justificación tan sólo con hacerlo con la misma convicción de entonces. Quien dimitió de su responsabilidad de hacernos ver que todo lo que hoy tenemos costó un montón de sangre, sudor y lágrimas que de vez cuando nos vuelven a pasar la letra del precio que hay que pagar para mantenerlo, cuando alguien trata de destruir todo aquello que lo ha hecho posible: Libertad, pluralismo y tolerancia, e igualdad ante la Ley. Es difícil justificar guerras, yo las detesto como el que más. Pero tengo claro que ésta no la empecé yo. Y tengo más claro aún que ningún entusiasta de la Utopía fracasada, nadie que justifica una invasión de hace doscientos años para convertirme a la modernidad, va a convencerme de que la culpa es mía. Se quedaron sin alimento ideológico que llevarse a la boca del pensamiento, y ahora han decidido engancharse a la bandera de la Bestia, invitarnos a comprender sus supuestos razonamientos, culpar a la Libertad por no dejarse sobornar, y señalar como responsables a quienes sí estamos dispuestos a defenderla. Lo siento en el alma. Me declaró la guerra quien me considera infiel, pecador e indigno de vivir. Y esa guerra, que yo no pedí, la tengo que ganar. Exactamente igual que aquella, la de hace doscientos años.


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